lunes, 22 de octubre de 2007

En mi tejado...

Vivo en una casa totalmente disléxica. Tanto que cuando asomo a mi ventana contemplo mi tejado. De color rojo (creo), con sus antenas y sus conductos del aire acondicionado. A veces, completamente vacío. Y, a veces, lleno de operarios. Hoy, que parece ser que ha llovido, salpicado por docena y media de charcos.

En mi tejado habitan un sinfín de seres descatalogados. Y unas palomas que revolotean. Y otras, las muertas, que no tanto.

Justo bajo mi ventana vive una colonia de palitroques de limpiarse las orejas. Son animalitos silenciosos. Animalitos poco problemáticos. Viven en gettos amontonados. Y cuando nace un nuevo palitroque de limpiarse las orejas en mi tejado, corre a juntarse con sus compañeros, familiares y amigos.

A mano derecha viven dos depredadoras. Dos maquinillas de afeitar desechables. Por eso los palitroques de limpiar la sorejas se amontonan en un rincón. Por miedo. Las dos maquinillas les miran amenazantes. Pero sólo cazan cuando les aprieta la gusa. Y ahora están saciadas de barbas, ingles, piernas y sobacos.

Acaban de llegar a mi tejado dos trozos de fuet. Con su cordel. Con su etiqueta. Cada noche, antes de acostarme, les observo. Y cada mañana veo que han cambiado de posición en mi tejado. Son cabezas de serpientes voraces que acabarán con la colonia de palitroques de limpiar las orejas. Y con las maquinillas de afeitar desechables. Y, si se despistan, con los operarios del aire acondicionado. Y, cuando tengan forma de boa comiéndose un elefante, sabré que se han tragado mi sombrero.

Siguen pasando cosas. Cosas en mi tejado. Siguen durmiendo las bestias. Se esconden del operario. Y yo no sé si acabarán nunca de arreglar ese maldito aire acondicionado. Los palitroques de limpiar los oídos, por si acaso, siguen agazapados. Las maquinillas, glotonas, a escasos pasos.

Como podréis observar todo sigue prácticamente tal y como lo dejamos. Pero han pasado dos cosas que, si bien eran previsibles, hoy se me antojan extrañas. Y es que uno de los dos trozos de fuet ha engullido a su hermano. Ya lo decía yo. Esas voraces alimañas no deparaban nada bueno. Ya sólo queda el cordel, durmiendo junto al hermano. Lo guardará de recuerdo, o como cebo para cuando el hambre haga de ella otra caníbal despiadada.

Un nuevo inquilino ha llegado. A medio camino de palitroques y cabezas de boas constrictor. Es un condón medio roto. Es un condón usado. Espera estirado a que el Sol se pose en us espalda. Ignoro de dónde ha salido. Ignoro cuál es su pasado. Pero seguro jugó a tejer telarañas entre amantes. Y una vez acabó el juego fue destronado. Fue despreciado. Y no lo sabe. Aún no se ha dado cuenta. Y sigue guardando en su vientre la semilla de lo que nunca será. Se abraza a un recuerdo. Y a dos esperanzas. Se abraza a un trozo de vida, la poca que le queda, completamente en vano. Lo que si podemos intuir, a simple vista en mi tejado, es que debían ir, ambos dos, rasurados. Y si me apuran, me jugaría todos los dedos de una de mis manos, a que se bañaron en susurros dentrode oídos inmaculados.

Por otro lado, y sin querer hacerme pesado, os hago saber que no encuentro mi sombrero. Y no me fío un pelo del fuet. No me fío ni un gramo.

Muévete, paloma. Muévete, que me estás preocupando. Que me empiezo a temer lo peor. Que las maquinillas de afeitar desechables te están mirando. Que esta no la cuentas. Que se te acabó eso de tomar el Sol. Y, de paso, se te acabó el pan mojado.

Han llegado al tejado, haciendo el relevo generacional a los dos operarios, dos ladrillos. Emparejados. Uno junto al otro. Con sus seis ojos per cápita. Lo miran todo. Lo escrutan todo. Ojo avizor. Desconfiados. No gustan, parece, del Sol. Se esperan, agazapados, a la sombra de una tubería gigante de esas de los conductos del aire acondicionado.

También ha llegado, como por arte de magia, una raqueta de squash. Partida en dos por algún ataque de rabia. Seguro que una vez rota, que no servía para nada. Optaron por lanzarla hacia el Cielo, y ella solita vino a dormir al tejado.

Muévete, paloma. Muévete, que me estás preocupando.

Algún día tenía que ocurrir. Y hoy ha sido el día hache. Hay revuelta en mi tejado. Está lloviendo. Gritos. Sangres. Y un sinfín de correcalles.

Han venido a pelear, por un mendrugo de pan mojado, una paloma y otro bicho un poco extraño. Yo no sé como se llama. Pero si vuela será un pajaro. Todos se han agazapado. Para no ser vistos. Para no ser engullidos en una guerra que ni les va ni les viene. Para no ser pasto de las llamas un día de lluvia que debería ser soleado.

Las maquinillas desechables ya no están. Prefirieron morder su hambruna a morir en el intento. Seguro se han escondido del batir de alas. Porque siempre es preferible, en mi tejado encharcado, un rugido en el estómago. Porque, al más mínimo descuido, puedes acabar muerto. Los palillos de limpiar los oídos, también han huído. Pensaron, creo yo, que saliendo de su ghetto sería más sencillo pasar desapercibidos. Ahora, en su rincón, ya sólo quedan, moribundos, tres palillos.

Los dos ladrillos, sus doce ojos, no salen de su asombro. Siguen escondidos bajo aquella tubería. Hoy no se protegen del Sol. Hoy, lo que temen, es esa histeria colectiva.

La cabeza de serpiente, que insiste en ser un trozo de fuet, no da crédito a esos gritos. Ella sabe que si el mundo supiese que es una cabeza de serpiente no salía ni uno vivo. Pero prefiere disimular. Hoy no tiene hambre. Todavía guarda restos de su hermano en su barriga. Y, en la boca, el regustillo de su sangre.

El condón sigue abrazado a su última esperanza. A que el líquido que guarda algún día deje de ser una semilla. Que salga alguien de dentro y le ayude a escapar de mi tejado. Sigue austente. Sigue autista. Ni siquiera se da cuenta de que, a escasos pasos, duerme agazapada esa cabeza de serpiente. Ignora por completo que él será su próxima víctima.

Y en medio de ese caos. Entre gritos, sangres y correrías. Permanece inalterable una chimenea de latón. La misma que me cuenta estas historias. Mi más fiel confidente. La que me pone al día. Bárbara Chimenea, dice llamarse. Bárbara por parte de abuela, porque su madre murió en el parto. Chimenea porque, por más que lo intenta, no hay manera, dice ella, de dejar de una puta vez el vicio del tabaco.

Bárbara, estás ahí? Bárbara, no veo nada...

Cuando cae la noche viene a cunarse en mi tejado. Todo se torna oscuro. Ni rastro de las palomas. Ni de los pájaros raros. No se escucha ni un ruido. Nada de nada. Todo en silencio. Todo a oscuras. Todo dormido alrededor del brillo de un charco que sueña con ser océano. Que regala su brillo al tejado.

Hoy todo está engalanado. Hoy luce noche estrellada. Hoy brilla, como pocas veces antes brilló, el charco de mi tejado. Hoy parpadea en el cielo un chorro de luz azul. Hoy puedo ver los doces ojos de los dos ladrillos. Todos los demás se han escondido. Hasta Bárbara mira hacia otro lado. Son las luces serpenteantes de un coche de los Cuerpos y Fuerzas de la Seguridad del Estado.

Y cuando ellos rondan, nadie quiere problemas. Sólo el charco reparte esas luces azules por los cuatro costados. El resto, Bárbara y sus bichejos, miran hacia otro lado.

Esta noche, cuando maulló el primero de los gatos pardos, sentí como me arrancaban, de cuajo, mi columna vertebral. La noche pasada oí bailar, reír y jugar a mis vértebras en mi tejado.

Ha llovido este verano. Y esas lágrimas sin sal arrastraron hasta el mar mis juguetes más preciados. No hay ni rastro del condón. El balón sigue rodando, cuando el viento caprichoso se reboza en esos charcos. Las palomas buscan Sol. Y se acabó la sequía en mi tejado. Los palitos de limpiar los oídos ya no están. Los dos ladrillos sí. Y sus doce ojos observando.

Y yo, ahora, me arrastro como un trapo. Pues mi columna vertebral ha tomado mi tejado. Se retuerze. Caracolea. Nadie mueve una pestaña, nadie dice una palabra, nadie se queja, por si acaso. El eje de mi tejado ha dado un Golpe de Estado. Y tan sólo los ladrillos, escondidos allí al fondo; y Bárbara, temblorosa y asustada; sólo ellos pueden liberar del miedo a mis juguetes más preciados. De momento hurden al Sol, a escondidas de mis vértebras, un plan para conquistar su jardín, que es mi tejado.

Han pasado algunos meses en la azotea de mi tejado. Han pasado días sucios, días rotos, días grises y días claros. He sacado la cabeza, justo después del cigarro, y todo parece estar igual, pero en el fondo, todo parece haber cambiado.

Alguien ha partido en dos a nuestro querido condón usado. La fundita allí tirada y la anilla al otro lado. Ya poca esperanza alberga de dejar algún legado. Anda buscando un culpable arrastrado, cojeando.

Una nueva vecinita se ha instalado en el tejado. Es el papel que algún día enfundó el torso de una magdalena. Dicen de ella que es un papel, y ella altiva se contonea mostrando a todo el mundo su porte. Asegura que hace un tiempo fue la faldita de tablilla de una magdalena adolescente. También maldice su suerte. Y grita por los rincones que fue violada en un café. Y que amaneció llorando junto a un tazón de café con leche.

Cuatro kleenex reotrcidos sobrevuelan el tejado. Inquietos y volátiles cruzan deprisa el tejado. Desde una esquina a la siguiente corretean dando bandazos.

Los aplitos de limpiar losoídos, desde lejos, se regocijan del espectáculo. Por ellos no parece pasar el tiempo. Se reproducen a millares. Y se apretujan en su rincón porque son, y siempre fueron, cobardes.