viernes, 1 de febrero de 2008

Mi rollo es el rock

Poca gente lo sabe hasta ahora, pero el último vuelo de Don Diablo pudo acabar en tragedia. Poca gente sabe que off the record se planteó ese concierto como el posible último aterrizaje del demonio sobre los escenarios. Pero no ha sido así. No de momento.

Lo vivido, sudado, odiado y empapado en el Gruta 77 hace escasos días ha sido un regreso emotivo hacia los primeros días de nuestras breve existencia. Ha sido un renacer de las cenizas y, de paso, robar el cenicero en un área de servicio para tener un sitio donde depositar las colillas en nuestro local. Ha sido un reencuentro con lo que perdimos por el camino sin la necesidad de recorrer hacia atrás los pasos ya dados buscando en nuestras propias cunetas.

La pasada noche en Madrid no sólo fue un desparrame de felicidad de cara a la galería, sino que en nuestro interior se volvió a encender la llama que prendimos hace poco más de cuatro años. Y a mí, que el rocanrol me pierde, me hace jodidamente feliz contemplar el fuego desde este peldaño. Me hace jodidamente feliz este pestazo a gasolina que dejamos a nuestro rebufo.

Si alguien albergaba la esperanza de ver caer a las tinieblas al ángel caído, he de hacerle saber que no es el actual el mejor de los momentos. Sobrevuela nuestras cabezas arreando dentelladas a diestro y siniestro. Recorre las esquinas la más flamígera de sus miradas. Y no parece dispuesto a torcer el brazo más que para mostrar erguidos sus dedos índice y meñique.

Dejamos nuestro reguero de sudor en el Gruta 77 para volver al local con las manos vacías y los bolsillos llenos. La tarde de hoy en nuestro zulo de ensayo ha sido como las tardes de nuestros primeros pasos. Hemos sido capaces de confeccionar dos canciones de principio a final en algo menos de tres horas. Porque a nosotros nos gusta así. Tal como surge acelerar y saltar al vacío en cuatro tiempos de batería.

No volvemos porque jamás nos fuimos. Pero Don Diablo muestra la más fiera de sus muecas. Quedan ustedes avisados.