martes, 31 de julio de 2007

Mi salón lleno de cejas (perfiladas)

Sí, damas y caballeros. Lo he vuelto a hacer. Con mi piel empapada en agua fría, y tras reciente ducha a mis espaldas, me he sentado en mi sofá rojo borgogna. He cogido el mando a distancia con mi mano derecha, porque la izquierda sostenía un Marlboro humeante. He ido pasando canales de televisión. Todos huecos. Nada interesante. Hasta llegar al número seis. Que, en Catalunya, suele ocultar tras de sí a Antena 3. Sí, damas y caballeros, nuevamente ante mis ojos El Delirio de Patrizia.

Hoy han empezado por una señora. Madurita ella ya. Que resulta se ha enamorado de un señor. De su quinta aproximadamente. Las cosas del cibernovio y la misma cantinela de siempre. Ella entusiasmada. Expone sus anhelos, le ríen las gracias y la invitan a que abandone el plató. Hacen pasar al afortunado. Segurata. A la par que poeta (dicen). Muy romántico él empuñando la porra, intuyo. Van intercalando planos de una tercera persona cada vez más compungida. Interrogan al romántico portador de cejas perfildísimas. Cuando lo tienen a punto hacen pasar a la cibernovia. Cara de "tierra, trágame". El hombre justifica sus mentiras como buenamente puede. Ella, catalana juraría por su acento, dice que no pasa nada. Que es lo habitual. Que se ve que en esto del Internet lo normal es la mentira. Bueno saberlo. Luego abren pantalla con la cara de la pareja del segurata shakespeariano. Ella dice que ni aparece por plató. Que se acabó lo que se daba. Que no se esperaba eso de un segurata tan poéticamente humano. Y que adiós muy buenas. La presentadora le dice el impertérrito segurata que acaba de perder a dos mujeres un un santiamén. El público ríe y aplaude. ¿Siguiente?

Hacen pasar a un chico. Sevillano. Habla como un Electroduende. Muchos "tela". Muchos "digo". Y poco más. Eso sí, las cejas como pocas he visto en mi vida. Que viene porque resulta que es peluquero y, además, está enamorado de la mejor amiga de su madre. Unos 26 añitos de diferencia. Y que le encantaría pasársela por la piedra. (NdR: Es que el romántico era el segurata. Este es de los tradicionalistas) La presentadora lo ve fabuloso. Le pide se pire un rato, que va a entrar la susodicha. Y entra. Madurita ella. Luciendo palmito. Ojos claros. Uno de ellos, el izquierdo para más señas, se le va solo como a la Señorita Selastraga en South Park. Tiene autonomía propia (el ojo, la señora lo ignoro) como el de un camaleón. Charlan amistosamente presentadora e iguana. Hacen pasar al mancebo. Flores en mano. Le dije que a ver si hay lala, o a ver si hay poco lerele. La señora dice, en principio, que no. Que le ha cambiado los pañales y le da como cosa. Luego cambia y dice que sí. Que le da una oportunidad. Luego entra al teléfono la madre. Le dice a la presentadora que le diga al niño que haga el puto favor de volver a Sevilla. Que lleva todo el día fuera de casa. Y a otra cosa, mariposa.

Entra señora. Explica que tiene una hija tímida. Luego veremos que no es tímida, sino una freakie de mucho cuidado. Que no sale nunca de casa, porque es muy tímida. Y que los chats son su unión con el exterior, porque es muy tímida. Y, en estas, resulta que el otro día llegó de trabajar la señora a su casa (que dice que ella es de las que trabajan por la mañana y por la tarde, y puede que por ello se sienta especial) y se encontró a su hija (la tímida, ¿recuerdan?) hecha un mar de lágrimas. Nada, no se preocupen, que lo que le pasa a la niña tímida es que había discutido por primera vez con su cibernovio. Entonces, al ver a su hija tímida así, tuvo la brillante idea de llamar ella a su ciberyerno (¿se llama así al novio virtual de una hija tímida?). Dicho todo eso hacen pasar al ciberyerno, que no sabe quién es esa señora que hay sentada a su vera. Le interrogan solapadamente, hasta que la madre mustra el pulgar hacia abajo como hacía Nerón en las batallas de los gladiadores. La señora dice que no le mola un ápice ese chico para su hija tímida. Que nanay. Dicho eso le piden al ciberyerno salga de plató un momentito de nada. Obedece. Ignoro si han firmado algo que les impide salir del país en ese momento augurando la que se te puede avecinar. Pero, sea como sea, el ciberyerno sale de plano luciendo sus perfiladas cejitas. Entra la hija tímida. Acabáramos... No es tímida. Es fea. Muy fea. Le preguntan cosas. Pero como es una hija tímida responde sonriendo y mirando al suelo. La presentadora, sagaz ella, ve que de ahí no sacan tajada. Por tanto: Que entre el ciberyerno. Y entra. Va el tío y entra. El chico le dice que se niega a mantener una relación con una chica que se pasa el día encerrada en su habitación. Que nanay. La madre le dice a su hija tímida que no le conviene. Que es un mentiroso. Que ella merece más. La hija tímida mira al suelo haciendo un mohín. Es que es tímida la niña...

Y eso es todo. Se les echa el tiempo encima, dice la presentadora. Y musiquita de fin de programa. Y nada más. Yo he apagado la tele y he pensado que creo voy a dejar de flirtear a través del PC. Que una emboscada de esas y salgo en los periódicos. Que me da mucho miedo. Y que me niego a ir a un programa en el que se me han de perfilar las cejas de esa forma. Ruego también a las personas con las que haya flirteado, que no les den mi móvil a sus madres. Gracias por su atención. Seguiremos informando.

domingo, 29 de julio de 2007

Caer en Combate

Era viernes de Fiesta Mayor. En Monistrol de Montserrat. Era viernes y me apetecía que así fuese. Viernes noche. Noche de rocanrol. Procuré pasar los previos de la mejor forma posible. Sin estresarme demasiado, porque esas cosas luego me suelen pasar factura en el escenario. Y, efectivamente, así de calmadas transcurrieron las horas previas (que siempre son muchas por lo laborioso de montar un escenario y probar sonido y todos esos engorros). Unas cervezas por un lado. Una leve cenita por otro. Un vaso y medio de gazpacho, que temí se me repitiera toda la noche pero se portó de fábula con mi estómago y me sentó de lujo. Unos saludos por aquí. Otros por allá. Unas risas aquí. Otras con ese de allí. Contemplar a las señoritas del lugar. Volverlas a contemplar. Por delante y por detrás. Disfrutar la apertura del concierto con los 13 Pikas. Y subir a las tablas. Era nuestro momento.

Parece mentira que sólo seis precarios focos puedan inflingir tanto calor. Demencial. Fue pisar las tablas y notar una nube de fuego a la altura de las cejas. Me pasee por las tablas, de un lado a otro, mientras mis tres secuaces ponían en solfa sus instrumentos (esta frase puede parecer indicar lo que no es, malpensados/as).

Ahora sí. Todo preparado. Una escueta presentación. Un demandar un vodka con naranaja para mí. Y cervezas para el resto. Un mirar a los ojos al X. Y a Sergei. Y a Armando. Y un regalar nuestros Dos Minutos de Odio para abrir fuego.

Buena acogida, de entrada. Movimiento en las primeras filas. Rostros ojipláticos por la retaguardia. Siempre me pasa lo mismo tal y como arrancamos. Tengo la sensación de percibir fuera una mezcla de mieod y sorpresa a partes iguales. Y me gusta así. Me deja un buen margen de maniobra moverme entre esas dos cortinas.

Seguimos ahondando en el reperotrio previsto. El ambiente se iba animando. Bajar a liarla entre el público. Sembrar más miedo y más sorpresa. Que, a veces esa sorpresa se torna recíproca y por eso me vi berreando Plou Plom con el casco de Darth Vader en mi cabeza, supongo.

Así fue evolucionando el monstruo sobre el escenario. Así iba todo hasta que nos arrancamos el último jirón de la noche. Sobre las tablas al borde de la extenuación. Abajo la gente en pleno desmadre. Presenté, como la ocasión lo merece, el Kaos de R.I.P. y, como suele ser habitual, la gente lo recibe con ansia. Aceleramos la primera estrofa al máximo. Y al llegar al estribillo, la tragedia. Un chaval, en medio del pogo, recibe un fuerte impacto en su cara, y cae redondo al suelo. Aún estaba de pie y ya pude ver salir un chorro de sangre de su nariz y de su boca. Desde el golpe lo vi todo en cámara lenta. El chico quedó estirado en el suelo sin moverse ni un centímetro. Knock Out en toda regla. Espere unos cinco segundos a que se restableciese, pero no se movía. Cinco segundos que se me antojaron horas. Grité un "F-U-E-R-A" y se hizo el silencio a mi espalda. Silencio generalizado. Pedí a través del micrófono agua fría al Correa en la barra. Creo pedí el agua unas doce veces en diez segundos. Vi un remolino de gente atendiendo al chaval en el suelo, aún inconsciente. Vi a Lolo con las manos cubiertas de sangre tras darle la vuelta al chaval. Y me llevé la mano a los ojos para no ver nada durante un rato. No quería ver más.

Tiré el micro al suelo y bajé del escenario a coger aire que fuese un poquito menos impuro. Momento que aprovechó la gente para venir a felicitarme. Para decirme que eso de tirarme por el suelo les parece fenomenal. Para preguntarme si a una ambulancia se la llama en el 112. Para invitarme a una cerveza. No sé, yo tan sólo precisaba engullir aire fresco. Y un leve sentimiento de culpabilidad, muy leve, dormía sobre mis hombros tras lo ocurrido. En el paseo volví a acercarme al chaval. Ya había recuperado la conciencia. Aparté a tres o cutaro curiosos que se estaba fumando plácidamente su cigarrito a escasos palmos de su cara. Seguí deambulando. Charlando con unos y con otros. Recuperando la sonrisa poco a poco. Llegó la ambulancia. Lo atendieron in situ. Se lo llevaron con sus luces parpadeantes al hospital más cercano.

Correa nos pidió que acabasemos lo que habíamos empezado. Y así procedimos. Faltaban tres canciones por desparramar. Unos cinco minutos de actuación. Que procuraríamos vomitar en tres. La versión de R.I.P., La Balada del Mercurio y Los Lobos (Están Hambrientos). Fin del recital apoteósico en el escenario. Abajo un enorme vacío y un charco de sangre. Luego vinieron las felicitaciones. Las invitaciones a todo. El reposo del guerrero.

Valga decir, a modo de puntualización final, que a eso de las 3am volvió el chico. Puntos en los labios. Moratones por toda la cara. Pero bien por dentro. Esbozando la diminuta sonrisa que su maltrecha boca le permitía. Nos pidió disculpas. Le pedimos las nuestras. Le regalamos el CD, la samarra y la txapa. Abrazos. Y todo quedó en un susto. Y en un charco de sangre.

lunes, 16 de julio de 2007

Domingo, me vienes grande, chaval...

Domingo aterrador. Domingo de recoger el campamento y vuelta a casa. Domingo de coger al Willie e ir ambos a comprar unos croissants y desayunar bajo un árbol con sus ardillas y todo. Domingo de pactar parada técnica para comer en Logroño. Domingo de tapear en la Calle Laurel. Domingo de vuelta al coche y conducir con miedo a caer dormido en cualquier momento. Domingo de área de servicio de autopista. De comprar una lata de Burn. De beberla de dos tragos. De ojos abiertos como platos desde ese momento. Domingo de Willie con un ruido raro en los frenos. Domingo de decidir usar el acelerador y obviar el uso del freno hasta llegar a Bracelona. Domingo de entrar en la garganta del parking a las 7pm. Domingo de 1500 kilómetros en un fin de semana inolvidable. Domingo de ducha. Y pantalón de pijama. Domingo de tumbarme en el sofá y dormirme. Domingo de... Domingo... Eres un plasta, Domingo. Que lo sepas. Pero he sido terriblemente feliz estos días. Ahora ya puedes hacer lo que te dé la gana, Domingo. Me da igual. Nadie me quita lo que llevo tatuado en el paladar.


Björk - Earth Intruders

¿Ya estás aquí, Sábado?

Sábado de "todavía no hemos acabado". Sábado de "sal de la cama, date una ducha y vuelve al tajo". Säbado de "ya voy, coño, ya voy, sin empujar...".

Me levanté el sábado destrozado. Muy cansado. Salí a la calle. Me tomé un café en el mismo bar de los escudos de fútbol. Salí con todo mi equipaje imprescindible con la intención de ir a casa de Ira. Pero me perdí por el camino. Iba pensando en mis cosas. Y había delegado tanto esos días que no tenía ni la más reomota idea de hacia donde debía caminar. Llamadita de teléfono a Ira. Le dije las coordenadas dende me hallaba perdido. Vino a recogerme. Desayuno en un bar. Una lonchita de jamón ibérico durmiendo sobre una rebanada de pan. Y una tirita de pimiento verde asado a modo de edredón. Y energías recuperdas. Y coger un autobús, que sería el tres mil y pico también seguro, porque no estábamos para paseítos bajo un Sol de justicia.

Llegamos a casa de Ira. Pasamos las fotos de Björk de mi cámara a su portátil. Las miramos junto a Jone. Recogí mi chiringuito y vuelta al lado de Willie. Despedida de Ira. Abrazos. Muchos. Besos. Más. He pasado a su lado un par de días inolvidables. Le dejo en el bolsillo sin que se dé cuenta un trozo de mí. Y le robo un trocito de ella para llevármelo conmigo. A ver si la puedo convencer de que se venga al concierto que damos a finales de mes. Ya tengo ganas de volver a verla. Te Quiero, Ira.

Le pido a Willie que me lleve a Villarcayo. Que esta es una noche de rock and roll, como dirían los Barricada. Viajecito placentero. Con el mal rollito de despedirme de Ira en contraposición con las ganas de encontrarme con Adicto y familia. En una horita y media me planto en Villarcayo. A la misma hora exacta llega Adicto. Nos llamamos. Nos citamos en un parking con cesped. Abrazos. Besos a Eva (que luce brazo en cabestrillo). Sillas plegables. Bocadillos de atún. De queso. De jamón. Foie-Gras Mina. Un paraje cojonudo. Un café con hielo en el bar más cercano. Unas risas. Muchas.

Nos acercamos al recinto del concierto. Adquirimos la entrada. Nos ponen la pulserita del Morcilla Rock. Llamamos a los The Capaces. Aún en la carretera, dicen. Volvemos al césped. Me pongo el bañador. Nos tumbamos en lo que los lugareños llaman la playa. Me doy un bañito rejuvenecedor. Me sabe a gloria. A estas alturas del festival llevo el pelo como Pumuki pero me importa bien poco. Apalanque en la toalla. Medio dormido. Observo las púberes generaciones del entorno. La chavalada ya no se amenaza como antes. Antes con un "o paras o te parto la boca" quedaba más que aclarado el asunto en disputa. Ahora se dicen "o paras o te hago una foto y la culego en Internet". Igual de contundente y amenazante, cierto.

Horas más tarde nos acercamos al recinto. Y entramos. Ni rastro del olor a Morcilla. Por lo que no dudamos y pedimos las primeras cervezas del festival. Dentro nos encontramos a Francesc. Y luego a los Capaces. Saludos. Encaje de manos. Abrazo y besos a Martillo. Risas. Más cervezas. Muchas más. Más. Un no parar...

Retahila de conciertos con más bien poco interés. La fiesta la portábamos en nuestros vasos. Grupos de rock and roll más bien cansinos uno tras otro. No hay mejor definición que la dada por Adicto a esas alturas: "No se veía una txapa igual desde Woodstock". Y nosotros a lo nuestro, que eran cervezas ilimitadas, correrías al lavabo, volver, beber, volver al baño... Así hasta que a eso de la una de la madrugada subieron al escenario los Capaces. Nos acercamos vasos en mano a primera fila. Un conciertazo como suelen ellos. Brutales. Pero no tocaron "Born To Punk" y se lo tuve que reciminar al acabar. Ntchs. Ahí les va una foto conmemorativa.



Rondando las 4am, y a mitad de actuación de los Muletrain, despedidas y regreso a dormitar un ratito. Me tocó dormir en el techo de la furgo de Adicto. Se oía un jaleo en el exterior de la misma que no me dejaba conciliar el sueño. Habría salido a regalar dos bofetones, pero el sueño se acabó apoderando de mí.

Viernes, que te quiero viernes...

Despertar en cama extraña. Higiene personal. Interna y externa. Abro la nevera de la abuela y le robo un zumo, que me entero más tarde que era de Ibai (perdona tío, yo no sabía... ¿Eh?). Me recoge Ira y nos vamos a desayunar a un bar que luce un escudo del Athletic en una pared y otro del Real Madrid en la otra pared. Me pongo a mitad de camino de ambos. Café con la leche fría. Un par de cigarros. Le pido a Ira que me lleve al cementerio de Santurtzi, que tengo una asignatura pendiente desde hace muchos años.

Llegamos al cementerio. Damos un garbeo por su interior. Quiero visitar las tumbas de Josu y Jualma de Eskorbuto. Preguntamos a un señor y nos dice que ya se imaginaba que hacíamos por aquellos andurriales. Que todo el mundo viene a lo mismo. Que nadie recibe más visitas que ellos dos. Y nos acompaña. Josu Eskorbuto primero. Jualma Eskorbuto después. Me siento muy bien. Siempre les idolatré. Y me siguen pareciendo dos tipos sin igual. La columna vertebral de la banda más honrada que ha pisado la Tierra en millones de años. Ambos dos tras su losa de mármol. Que grandes fueron... Que grandes son...



De allí nos vamos a Algorta. A almorzar como Dios manda. Pintxo de tortilla de patatas y bonito. Ira dice que pasa, que las tortillas están hechas de huevina, que no es buena cosa comer ese tipo de historias... Por lo que ella se pide un pastel de arroz que, curiosamente, lleva de todo menos arroz. ¿Les dije que estamos en Bilbo, no? Ellos son así... De allí a Berango a darle la sorpresa de rigor a Yuka. Entro en su trabajo y me fundo en un enorme abrazo con ella. Adoro a esa cría. Nos contamos nuestras cosas en cinco minutos. Más abrazos. Y más besos. Y a tomar una caña, que hace mucho calor y tememos que nos dé un mareo o similar.

De allí a Getxo. Que Ira me prometió un chuletón y hemos de dar cuenta de ello. Antes otra caña para abrir el apetito. Desde la terraza avistamos un par de féminas que según Ira son dos pibones. Le advierto que tienen más pinta de travelos que de pibones. Se nubla un poco el cielo en Euskal Herria, y nos metemos en el Asador.

Nos atiende una chica de Donosti (dato que me invento) que se llama Amaia (dato que también me invento) que parece quedar fascinada con mi melena (este dato se lo inventa Ira). Muy guapa. Rubia. Guapa. En la mesa de detrás están sentadas las pibones que avistó Ira y que ahora se viene a mi terreno: Dos Travelos. Pedimos chuletón de buey para mí y solomillo para Ira. Charlamos. Nos reímos. Traen los platos. Madre del Amor Hermoso... Un palmo cuadrado de chuletón. Casi tres dedos de gordo. Delicioso. En su punto. Creo que debería haber sido cirujano. Apuro a mordiscos hasta llegar al hueso. Precisa disección. Delicioso. Tremendo. Luego compartimos una tarta de queso. Creo que en ese punto Amaia ve que compartimos la cuchara y deja de hacerme caso. Un café con hielo. Y vuelta a casa de Ira, que dice que se tiene que cambiar.

Allí recogemos de paso a Jone, prima de Ira. Señorita vasca por los cuatro costados. Cara de vasca. Risa de vasca. Yo, para mí, que debe ser vasca. Tremendamente agradable. Ponemos rumbo a Bilbo. Que hay concierto de la esquimal más célebre del mundo. Y por allí han de andar los amigos de Ira (de ella, míos no, y dice Jone que de ella tampoco). Yendo hacia allí me planteo la posibilidad de plantearles una disyuntiva muy de freakie: ¿Qué coño pintaban C3P0 y R2D2 en la Guerra de las Galaxias? Si sólo hacían que perderse por el maldito desierto y escacharrarse cada dos por tres... Tienen toda la cara de ser fans de ese tipo de elocubraciones, pero temo se me contagie algo si hablo muy cerca de ellos y dejo el tema en el tintero.

Llegamos al Guggenheim. Y aquello es un caos de los buenos. Todo en obras. Una especie de Operación Malaya aplicada al carácter euskaldún. La organización es de todo menos eso. Me envían de ventanilla en ventanilla. A un edificio azul. A una puerta. Que me pase por la Araña. Que mira el perrito de mierda ese de flores. Que otra vez arriba. Que no, que abajo. Que me espere. Que me siga esperando. Hasta que llega un momento en el que me preguntan si llevo una cámara de fotos. Respondo que sí. Y me dicen, pues entra y espera allí. Con lo cual deduzco que si en Bilbo te compras una cámara de fotos tienes acceso a todos los conciertos que desees sin pasar por taquilla. Tomen buena nota de ese consejo. Allí esperando Jone dedica su tiempo libre a organizar la cola de espera en los lavabos. Me acreditan. Y accedo a al zona VIP.

Tras un par de fotos al telonero más efímero del mundo (yo diría estuvo en el escenario algo menos de cinco minutos) que era el hermano o el primo o algo así del Farruquito; llega el momento de la actuación de Björk. Pero no voy a dejar aquí constancia de lo que aconteció sobre esas tablas. No es el lugar adecuado. Hice un centenar de fotos, se me pusieron los pelos como escarpias. Salí del foso a acurrucarme junto a Ira y Jone. Y disfrutamos como tres enanos dels espectáculo. Aunque no haya comentarios del concierto de Björk si os dejo un puñado de instantáneas. Todas vuestras.



Al acabar el concierto, y tras llamadita de móvil, corrí a fundirme en un abrazo con Root. Con mi querida Root. Con ese trocito de mí que vive en Sevilla y deambula por el mundo. Mi mundo. El nuestro. La adoro. En sus brazos podría fundirme si me reencarnase en cubito de hielo. Unas risas. Otras más. Y volvimos a bifurcar nuestros caminos con la certeza de que se volverán a cruzar mil veces más. Seguro. Tomo nota de tu invitación a Sevilla. Ya me muero de ganas de volver a verte, Root. Te Quiero.

Dejamos atrás el Guggenheim. Por un lado el reencuentro con los amigos de Ira (sí, tuyos, Ira, tuyos...). Si el chico de las dos cejas ya de serie porta el flequillo de cartón piedra, no les quiero hacer saber a ustedes el aspecto tras la sudada de un concierto. Me quise hacer foto con él, pero me corté. Por otro lado Jone dando la brasa con cenar algo. Yo tenía aún el chuletón a mitad de camino de su digestión. Por lo que mientras cenaba, Ira y servidor nos fuimos a tomar algo al bar más cercano. Una hora después reunión de tres de nuevo. Coger el tren. Rumbo a Santurtzi. En fiestas. Una Heineken sentados en un portal. Y de allí a la cama. Agotado. Una ampolla en un pie. Duchazo. Cigarrillo de rigor. Y dormir. Con el reloj y su tic-tac demoníaco en la otra punta de la casa.

Jueves, ya no eres un día cualquiera...

Nunca en mi vida había abortado misión con tanta celeridad. Salí de mi casa poco antes de las 10am. Un café en el bar de siempre. Un llenar el maletero con lo imprescindible. Un sacar a Willie de las tripas de mi parking. Un meterme en la Ronda de Dalt y verme atrapado en la telaraña de los que viven empecinados en ir a trabajar. Un salir de la Ronda de Dalt en la siguiente salida. Y abortar misión, de momento, engullendo el segundo café con hielo de la mañana.

Ahora sí. Serían las 10.30am aproximadamente. Subo a la grupa de Willie y ponemos rumbo al Norte. Táfico fluido. Acelerando. El iPod desgranando clásicos encadenados. Acelerando más. A sabiendas del asco que me produce España, y que me suele mermar la salud, opto por llenar el depósito en la última gasolinera de Catalunya. Y vuelta a acelerar. Y canturrear unas, y berrear otras. Y en poco menos de cinco horas Willie apoya su cabecita en la acera. Estamos en Santurtzi.

Llamar a Ira. Besar a Ira. Abrazar a Ira. Acompañar a Ira al cole a buscar a Ibai. Recoger a Ibai. Intuir que el pelo largo con barba en las guarderías causa un impacto demoledor. Sentarnos los tres a tomar algo. Un par de pinchos para mí. Ira, que vacila de entrada más de lo debido, no me trae una guindilla sino tres ensartadas en un palillo. Me veo obligado a demostrar mi hombría. Me como también, de refilón, un pintxo de tortilla. El café con hielo de Ira lleva en su interior una rodaja de naranja tamaño euskaldun y una de limón tamaño común. Son raros los vascos, muy raros... Ibai me sigue escrutando con sus dos ojazos. Le vacilo como suelo. Se me advierte que el vacile se me devolverá multiplicado por ene. Así será, en efecto. Ibai se toma su zumo de piña, que no de pizza, y ponemos rumbo a casa de Ira a dar de comer a un gato.

Hola gato. ¿Eso es un gato? Tiene el tamaño de una oveja. Tiene el pelo más largo que una oveja. Se tumba en el suelo con las patas hacia arriba. Maúlla. Es un gato. Precioso. Es El Gato. E Ibai se saca de la chistera un globo. Bien sabido es el asco que me producen los globos. Me dan dentera. Pero una sonrisa de niño bien merece el esfuerzo. Lo hincho repetidamente. Lo deposito en manos de Ibai. Lo suelta repetidamente. El globo vuela a lo loco repetidamente. Nos reímos repetidamente. Y nos vamos a tomar un café a Portugalete. No, Ibai no. Ibai se toma otro zumo y una bolsa de patatas, tranquilos/as. Ya nos hemos hecho amigos. Los escalofríos del látex en mi boca han valido la pena. El Gato no ha balado, pero no me habría extrañado lo más mínimo.

Camino a Portugalete me recreo en uno de esos detalles absurdos que me fascinan. Una auténtica bilbainada. Los autobuses que deambulan por las calles, lo hacen con el dorsal número 3.333, 3.335, 3.331... ¿Cuántos autobuses hay en Santurtzi? Si tengo toda la impresión de que en Barcelona el número más alto que he utilizado ha sido el 89... Son de lo que no hay. Llegamos a bordo de uno de ellos a Portugalete. Madre mía, lo primero que pienso al pisar sus calles en la cantidad de Speed que consumí en mi adolsecencia cuya Denominación de Origen era precisamente la de aquel lugar. "Tengo Speed de Portugalete, del rosita" decía mi proveedor habitual. Y allí estaba yo.

Fuimos a buscar unas llaves de una habitación de pensión para unos amigos de Ira (amigos suyos, yo no les conozco de nada, luego os cuento...). El hostalero gasta un aliento a Moriles de puta madre. Cojo a Ibai en brazos, pongo cara de atender unas indicaciones de como llegar a la habitación, de como encender las luces, de como activar una alarma; pero no hago mucho caso. Me estoy pegando unas risas con Ibai y delego ese asunto en manos de Ira. Luego se lo tenemos que explicar a los inquilinos. Eso lo delegaré también en ella. Nos tomamos dos cafés por barba. A modo de pintxo me tocó lidiar con los vaciles interminables de Ibai. Tiene la extraña costumbre de responder con un "¿Eh" a todas y cada una de las preguntas que se le formulen. Hasta la extenuación. Con tanta frecuencia que, cuando le preguntas algo, ya oyes en tu mente el "¿Eh?" un segundo antes de que salga de sus labios. Ya sale. Infinitamente. Sale. Seguro. Sí. Sale. Siempre sale. ¿Eh?

Vuelta a casa de Ira a dejar a Ibai en su abrevadero. Procedemos a ello. En el camino de regreso a su casa pasamos por debajo del puente colgante para atravesar la ría. Si coges la barquita te cuesta unos 27 céntimos. Si lo cruzas caminando casi cinco euros. Vascos... De allí a casa de su abuela. Lo que será mi campamento base. Dejo los bártulos. Nos fumamos unos cigarros en el balcón de la dueña de la casa. Y comparto con Ira la charla que nos debíamos desde hace unas semanas. Charla seria. Nos tocaba. Una delicia de charla. Espero que Ira sepa deshacer todos los nudos de su soga. Estoy convencido de que así será. Y de que le va a costar horrores también estoy seguro.

Vuelta a Portugalete. A recibir a los amigos de Ira (que míos no son, repito). Pueblo moribundo donde los haya un jueves por la noche. Cenamos un kebab cada uno. No está mal, pero comer un kebab en Bilbo no debe ser ni medio legal... Ntchs. Justo después llegan los amigos de Ira. Dios mío... Menuda banda de freakies se baja de la furgoneta que los transporta... Aspecto de jugadores de rol empedernidos. De esos que en Japón dicen tener el síndrome de hikikomori y viven parapetados en sus habitaciones con el ratón del ordenador en una mano y el mando de la Play en la otra. Dos de ellos se quedan en la habitación de la Pensión Moriles. El que tiene dos cejas luce un flequillo acartonado por el sudor. El que luce una ceja no quiero ni mirarlo de cerca. Banda...

Camino de regreso. Dirección cama. Una Heineken en terracita. La mar de agradable. Le comento a Ira que mañana compre una Tranchetes por si los dos que duermen en la Pensión Moriles se niegan a salir y hay que alimentarlos por debajo de la puerta. Y tras la caña, la charlita y las risas nos vamos a dormir. Subo a mi habitación. Me ducho. Me fumo un piti en el balcón de la abuela. Hago balance del día vivido. Me es favorable. Me meto en la cama. Acompañado por un tic-tac de reloj que no me permite dormitar. Echo de menos a Benito. Me gustaría tenerle en las mano para apretarle la tripita llena de serrín. Al final sí. Caigo dormido como un bebé. Suelto todas las zetas que guardaba en mis pulmones.

lunes, 9 de julio de 2007

Vidas Ejemplares: Abstemio Ruidrobos

Dejó la copa sobre la barra y dejó escapar un trago de aliento con olor a desinfectante. Cogió su bastón. Se clavó la gorra dando dos vueltas de tornillo sobre su frente. Y salió a la calle con la garganta en llamas. Y con su traje de los domingos.

Abstemio, ese era su nombre de pila. Toda una broma paterna que él, a lo largo de su vida, se había encargado de desacreditar. Y no sólo eso. También se había encargado él mismo de perpetuar. Bautizó a su primogénita con el nombre de Enfermedad. Y a la segundogénita como Congénita. Todos ellos formaban una familia de lo más peculiar. La madre se llamaba Sequoia. Y digo se llamaba porque se fue de casa hace casi quince años ya. No podía aguantar más las burlas del vecindario. Cada vez que leía la placa del buzón se venía abajo por dentro. Pobre mujer.

Abstemio gustaba de pasar las mañanas de su vida jubilada sentado al Sol. Con la solapa de su abrigo subida hasta las orejas. Por ese preciso motivo lo único que tenía un tono moreno en su piel era su frente. O, mejor dicho, el espacio que queda entre la gorra y las cejas. De lejos daba le impresión de que lucía sobre sus ojos un trozo de tela como el de Eva Nasarre. Pero eso es otra historia. No divaguemos.

Abstemio hoy no se sentó a tomar el Sol en el banco de siempre. Abstemio hoy tenía in mente acudir a un miting electoral que tenía lugar en su ciudad de adopción: Guarromán, provincia de Jaén. Los encargados de perpetrar ese miting eran, precisamente, los de la oposición de su partido de toda la vida. Pero eso poco importaba. Estaba seguro de que podría hacerse con un bocadillo de embutido y con un Trinaranjus de lata. Poco importaba el resto.

Y allí le tenemos. Con un trozo de salami entre dos piezas de su dentadura postiza (detalle que molesta harto más que en la dentadura habitual, y mucho menos que en una dentadura de dientes de leche porque de un estirón pueden volar tres piezas dentales con la consiguiente faena acumulada para el Ratoncito Pérez). Con una lata de Trinaranjus de limón en la mano. Sentado en tercera fila.

Uno tras otro los hombres-marioneta iban pasando por el púlpito para desgranar sus arengas. Todo mejoras para una sociedad que margina a hombres como Abstemio, pero que cada cuatro años reclaman su voto y lo defienden con uñas y dientes. Por eso el detalle del bocadillo de salami y el Trinaranjus de limón, ¿si no de qué? ¿eh?

Llovieron globos del techo del pabellón polideportivo. Y llovió confetti. Y Abstemio dejó en el suelo la lata de Trinaranjus de limón. Junto a sus pies. Se calzó la gorra con las dos vueltas de tornillo de rigor. Agarró su bastón. Y salió a la calle.

Abstemio gustaba de dar golpes de bastón al aire cuando pasaba junto a una bandada de palomas de las que picotean sobre el asfalto con la ilusión de que en uno de esos picotazos haya algo más que piedras en su pico. Abstemio pasó por encima de las palomas, que se abrieron a su paso, para cerrarse de nuevo a su espalda. El bastón todavía se movía ralentizado de un lado a otro por aquel entonces.

Al llegar a casa Enfermedad y Congénita le tenían la comida en la mesa. Lentejas. Como cada lunes. Se desnroscó la gorra y la dejó sobre la cómoda. El abrigo raído en el perchero con los hombros llenos de confetti. Se sentó en la mesa. Con la primera cucharada de lentejas encontró algo sólido en su boca. Era una piedra. De las piedras que vienen de serie en las lentejas de toda la vida. Esa piedra que no existe y que se añade a cada bote de Lentejas Cidacos por no perder tradiciones ancestrales. Como el haba en el Roscón de Reyes.

Abstemio se tomó ese acto como una venganza de las palomas. Y, como cada lunes, decidió seguiría molestando el ágape de éstas con su bastón. Abstemio, por culpa de las lentejas, se había convertido en colombocida. A su lado, en la mesa, Enfermedad y Congénita le miraban y movían los labios. Pero todo estaba en el más absoluto de los silencios. Fue justo en ese momento cuando Abstemio se dio cuenta de que se había dejado el sonotone sobre la mesita de noche aquella mañana de Febrero.

Vidas Ejemplares: Eufemia, La Alondra

Eufemia Rodríguez Pita. Así se llamaba ella. Pero todo el barrio la conocía como La Alondra.

La Alondra tenía encomendada una tarea de esas que nadie te encomienda pero que acabas asumiendo como propias. La Alondra esperaba agazapada tras las cortinas de su ventana hasta que dejaba de llover. Justo en ese momento bajaba las escaleras a toda velocidad (bueno, a la velocidad punta que puede coger una señora octogenaria, a no ser que salte desde un ático porque en ese caso su velocidad sería de nosecuantos metros por segundo al cuadrado...) y, gamuza amarilla por un lado y marrón por el otro, dedicaba su tiempo muerto a secar a las palomas que habían permanecido bajo la lluvia.

Se esmeraba en su trabajo. Pasaba su gamuza por todas y cada una de las plumas de las palomas. Ellas se arremolinaban a su alrededor. Incluso algún gorrión, disimulando entre sus saltitos, se ponía a la cola del zafarrancho de limpieza de La Alondra.

Sentada en un taburete de madera, idéntico a los que usan los limpiabotas de Las Ramblas de Barcelona, y con una sonrisa en sus labios se dedicaba a su labor entre gorgoritos y peleas de palomos en celo con el pecho tres tallas más grande de lo debido. Pensaba para si misma que seguro que su vida sería harto más relajada si no viviese en su Vigo natal. Pero así era. Y ya era tarde para lamentarse por ello.

Ese día en concreto era un martes. Un martes negro que empezó con lluvia y acabó con una bandera a media asta y un crespón negro colgando. Mientras La Alondra tarareaba un antiguo cuplé, un vehículo que circulaba a excesiva velocidad le pasó por encima. Un chico demasiado joven para tan magno desaguisado. Para tanta sangre. Era demasiado joven hasta para su edad. Se llevó las manos al rostro. Se encerró en sus lágrimas. No pudo ni oír, en su llanto desconsolado, el abrir de las ventanas del vecindario. Estaba roto por dentro. Y por fuera.

A ese chico, desde ese día, le llamaron El Farru. Pero eso... Eso ya es otra historia.

lunes, 2 de julio de 2007

Sin Noticias de Stup. Episodio I

Jesusito, el de mi vida, me ha regalado esta mañana un catarro. Es la primera vez que alguien me regala algo en la tierra. Me lo he bebido de un trago. He empezado a toser como un endemoniado. Jesusito se ha sonreído. A mí maldita la gracia que me ha hecho. Pero lo prefiero a los regalos que me hacen los cuatro chaperos que montan guardia en las cuatro esquinitas de mi cama que cuida Jesusito.

Sigo sin noticias de Stup. Me levanto de la cama. Me ducho con agua fría. Dejo el sudor perderse por el desagüe. Me materializo en una señora con rulos enfundada en bata de boatiné con kleenex asomando del puño. Y me tumbo ante el televisor.

En el televisor empieza un programa que se llama El Delirio de Patrizia. Es un programa en el que van gentes y les traen a su pareja ideal. Las hay de ambos sexos. Se diferencian en que los varones llevan las cejas mejor perfiladas que las hembras.

Aparecen dos varones. El uno es el ex del otro, y viceversa. Se asustan porque creen los van a liar de nuevo. Se niegan. Pero luego sacan dos varones más. Cejas perfectas. Caben los cuatro en un sofá de dos plazas. Pero ninguno de los cuatro se levanta por no dejar desprotegida su retaguardia. De los cuatro tres se lian entre ellos y el otro asevera que no vuelve al programa.

Sale una hembra. Cejas pintadas con boli. Dice que se ha enamorado de un abuelo que salió en la tele hace un mes. Le dicen que vale, que perfecto, pero que salga del plató cuanto antes. Se va. Entra un viejo. Le dice a la presentadora que era vecino suyo. La presentadora se desentiende. Dice también que llevaba camiones cargados de acero a Jaén. Ese dato nadie lo atiende y se sigue adelante con el programa. Acaba entrando la vieja. El viejo pone su mano en el muslo de ella para comprobar el género. Sorprendentemente dicen de ir a cenar juntos. Se llevan las dentaduras.

Sale una hembra. De buen ver. Que dice buscar novio. Está buena. Pero tiene pinta de fumar Camel Light en algún bar de carretera. Cejas pintadas con boli. Le traen a dos machos. Uno border-line. El otro viste chándal. Le inquieren para que elija uno. Acorralada opta por decir que se queda con los dos. El varón border-line sabe que su madre no le dejará llegar tarde a casa. El del chándal dice tener que arreglar unos papeles al día siguiente en Madrid y que se queda toda la noche de mambo. Dan paso a publicidad. Supongo la hembra pide explicaciones a la dirección del programa.

Entra un chico. Corpulento. Cejas perfiladas a las mil maravillas. Pendientes brillantes en una oreja. Se sienta y cuenta que tuvo una novia, que conoció en ese mismo programa, pero que al cabo de dos meses se le puso a tiro su ex y no pudo sino pasársela por la piedra. Que acto seguido su ex se desntendió del chico corpulento y ahora venía a recuperar a la otra. Tremendamente lógico el caso. Hacen pasar a la chica. Al ver al corpulento se le encoge el alma. Las cejas, eso sí, casi tan bien perfiladas como el varón. La chica escucha lo que le tiene que decir el fuertecito y le dice que fenomenal, pero que de eso nada. Que no. Y punto. Fin del programa.

Yo no sé si volverme a la cama o si hacerme un bocadillo de unas salchichas ahumadas que dejó Stup antes de irse. Temo me traigan recuerdos. Al final opto por lamer la puerta de la nevera. A ver si pierdo unos kilos.

Crónicas desde el sofá (Pt.I)

Desde el sofá el prisma varía un poco. Desde el sofá se rebaja el rasero hasta límites insospechados. Desde el sofá mi única ventana al exterior es mi televisor. ¿No les parece una tragedia? Lo es, se lo aseguro, lo es...

Llevo desde el viernes pasado tosiendo. Sí, no me vengan con la cantinela de siempre, se lo ruego. Ya sé que fumo mucho. Mi madre sabe que fumo mucho. Mi estanquero sabe que fumo mucho. Todo el mundo sabe que fumo mucho. Pero llevo un par de días de casi no fumar. Eso, mucho me temo, mi estanquero también lo debería saber a estas alturas. Y, claro, al fumar tanto, uno es bastante más que sensible a los procesos catarrales. Yo creo éste que nos ocupa hoy me lo traje a rastras desde Zaragoza. Eso de estar sudando la gota gorda en medio de unos millares de melenudos para salir luego al frío desértico de los Monegros con la ropa empapada no puede ser bueno para la salud.

Pero me estoy desviando del tema, creo. Tengo tos. Y punto. Es lo que hay. Y por eso de la tos fumo menos. Y por eso de la fiebre me ducho más. Hoy llevo ya tres duchas en lo que llevamos de día. Me vuelvo a desviar...

El caso es que asomado a mi única ventana, medio dormido o medio despierto, las noticias que me llegan del exterior hacen que las ganas de recuperarme sean más bien nulas. Me aportan más bien nada. Porque me importa bien poco lo que veo a través de mi ventana. Cada ratito despierto lo culmino con un parpadeo largo. Con un efecto secundario de las medicinas que ingiero. Con un sopor irrefrenable. Y despierto violentamente cuando en un plató se lian todos a gritar al unísono. Ya sea porque la ex de Julián Muñoz fuese puta en un pasado más o menos lejano. Ya sea porque finalice el juicio del 11-M. Ya sea por lo que sea. Porque sea como sea todos acaban gritando. Incluyendo la gaviota que atemoriza a todas las bestias de mi tejado. Ya me informará Bárbara Chimenea de cuanto acontezca allí.