miércoles, 27 de junio de 2007

Dinamita (de dentro a fuera)

Amaneció el día en mi planeta nublado. No esperaba menos de él. Amaneció mi tejado con un charco en su corazón. Y mi piel desnuda, sobre mi cama, con el vello erizado. Abrí los ojos. Los dos. Cogí el móvil para cerciorarme de en que hora terrestre nos encontrábamos. Y justo en ese preciso instante sonó la alarma que había diseñado para mí la noche previa a la de mis cristales rotos.

Un escueto paseíto hasta mi cocina. Un abrir la nevera con mi mano derecha. Un coger una botella de agua de su interior. Un engullir dos tragos de agua gélida. Un sentarme en mi sofá. Un encender un Marlboro. Un pensar en que estoy harto de fumar. Un pensar en no fumar nunca más engullendo humo. Un contrasentido más de los que campan a sus anchar por mi humilde morada. Un levantarme para clavar mis codos en mi ventana. Un sentir el frío en mi pecho desnudo. Un par de toses mal administradas. Un seguir tragando humo. Un pensar en ayer. Un borrar con la mano sobre la pizarra. Un sacudirme la mano contra mi muslo. Un ya no querer saber. Un no darle más vueltas ya a la misma canción. Un pensar en la canción de mi verano. Un apurar el cigarro hasta ahogarlo, como hace él conmigo. Un volver a la cama. Un desnudarme. Un meterme bajo la ducha. Un enjabonar mi piel como si me hubiesen violado. Un secarme a latigazos de toalla. Un enjabonar mi dentadura. Unas gárgaras y un escupir sobre el desagüe. Un vestirme. Un meter las llaves del coche en un bolsillo y la radio en otro. Un entrar al parking con el segundo cigarro colgando de mis labios. Unas gafas de sol grapadas a mis orejas en un día no tan soleado como merezco. Un arrancar. Un empezar a sonar The Dwarves. Un conducir a través de mi ciudad de mierda hasta llegar a mi mar. Un pedirle a un camarero un café con leche. Y un camarero que ya lo sabía sin que se lo dijese. Un sorber mi café con diminutos sorbos. Un entremezclar el aroma torrefacto con el olor a salitre. Una playa desierta. Un señor que pasea a su perro. Y un perro que pasea a su señor. Un ojear la prensa sin prestar atención a ninguna noticia. Un no saber si el periódico es el de hoy o el de ayer. Una firme convicción de que las noticias habitan en un bombo del que van saliendo aleatoriamente y de forma cíclica. Un pensar que siempre es la misma canción. Una radiofórmula informativa sin sentido alguno. Unos soldados abanderados. Y unas banderas soldadas. Y una nube de mentiras que no deja asomar sus mejillas sonrojadas a mi Sol. Un vacío enorme en el pecho. Una sensación de alivio. Una propina no demasiado generosa. Y un volver al coche. Un descaminar el camino para volver al punto de partida sin pasar por la salida y sin cobrar 20.000 pesetas del Monopoly. Un fumar con el codo en la ventanilla del coche. Un pie derecho acelerando y un pie izquierdo marcando el bombo de The Dwarves. Un entrar en casa y vaciar mis bolsillos sobre el mueblecito del salón. Un sentarme a escribir. Un no saber qué decir. Una duda respecto a si todo está ya dicho. Un no encontrar respuesta a mis preguntas. Un arrugar mis preguntas y lanzarlas a mi papelera de Ikea. Un encender otro cigarro y volver a pensar que fumo demasiado.

Amanecer con un reloj entre las manos. Un tic-tac y dinamita. Mala combinación. Una explosión de dentro a fuera. Un muro de hormigón que permanece en silencio ante mis ojos. Destruido. Derruido. Defenestrado. Roto. Por fin soy libre. Por fin he salido de la jaula. Y sigo viendo barrotes bailando por todas partes. Creo que seguiré rompiendo jaulas. Una tras otra. Y, creo también, que seguiré fumando.


The Dwarves - Over You

Enésima Resurrección

Procedimiento rutinario. Me acabo de bajar el nuevo disco de uno de los grupos que más me gusta saborear en directo. Es un directo en Oslo de los The (International) Noise Conspiracy. Me enciendo un Marlboro. Y ahora toca engullir con la nariz tapada un día como el pasado.

Me he vuelto a estrellar contra la misma pared de siempre. Contra el mismo muro de hormigón en el que ya se dibuja, sanguinolenta, mi silueta. Pero hoy no ha sido como el resto de las veces. Hoy ha sido la más dura de todas ellas. Hoy, Camaradas, he atravesado el muro de mis lamentos. Como en los dibujos animados en los que me abstraía de pequeño con un bocata de Nocilla bicolor entre las manos. Hoy el muro se ha partido en mil. Y ahora permanezco arrodillado al otro lado de lo que, hasta hoy, desconocía.

Hoy, ella, ha pasado del bolsillo izquierdo al derecho. Ha vertido mentiras y calumnias (que no creo ni que piense, si soy del todo sincero) sobre mi persona. Ha dicho cosas del todo denunciables. Ha olvidado quién soy. Y, lo que es peor, ha olvidado quién es. Pero ya no me atañe. Ya ha caído por el agujero de mi bolsillo derecho, y ahora repta entre los charcos a los que nunca miro. Entre los charcos donde me gusta chapotear. Hoy ha caído en el océano del olvido. Para siempre. Eso, ella, también lo sabe. Este es su último renglón. También lo sabe.

¿Y dónde estoy yo ahora? Nadie me dijo que ese muro de hormigón se podía desplomar. Nadie me dijo que a este otro lado también había un enorme campo de amapolas. Y, durmiendo encima, otro campo aún más grande. Nadie me dijo que a este otro lado todo era del color rojo que sólo yo puedo ver. Nadie me dijo que si lo rompía Clàudia montaría una fiesta. Una fiesta de esas en las que Guirlatxe y Benito bailan hasta caer rendidos entre lágrimas de risa. Una fiesta de esas en las que todos mis pelutxes saltan sobre mi cama.

Puede que nadie me lo dijese porque debía descubrirlo por mí mismo. Y así ha sido. De momento voy a permanecer aquí sentado. Apoyando sobre mis rodillas todo el peso de mi mundo. No en vano hoy es el primer día de un mañana más dulce. Hoy es el primer día, continuación de mi Nochevieja disléxica. Hoy sigue siendo una porción más de mi 2mil7 del alma. Hoy sigo avanzando hacia dentro de mí. Sigo esbozando una sonrisa en mis labios que me ha prestado mi niña de los cabellos rojizos.

Hoy vuelvo a nacer. Hoy me vuelvo a mecer. Hoy doy media vuelta sobre mi almohada y sigo dormido en mis propios brazos. Me acuno en mi propio regazo. Hoy le doy vueltas al melón que porto sobre mis hombros pensando en un nuevo tesoro que acabo de encontrar.

Y ahora me voy a la cama. A retorcerme de placer. A navegar sobre las arrugas de mis sábanas. Creo de justicia cerrar hoy este regreso con un tema de los anteriormente citados T(I)NC. Su Capitalism Stole My Virginity.