Sábado largo (demasiado, eterno, interminable) el pasado en el CSO La Papa. Sábado de retorno al escenario. Sábado de volver a prender la mecha. Sábado de volver a ver la llama recorrer el suelo entre silbidos. Y entre acoples. Y entre redobles, gritos e insultos. Sábado de sudor. De heridas. De cervezas. De droga. De rocanrol. Sábado de esos que no os podría expilcar, y mucho menos resumir. Sábado de esos que se han de vivir en primera persona. Asumiendo todos los posibles riesgos que ello conlleve. Todo lo que os puedo dejar aquí colgado, con chinchetas de color rojo, son docena y media de estampas congeladas. Retazos sudorosos. Filetes de ira. Jirones de nosotros. Bolitas de mercurio y trocitos de realidad.
miércoles, 28 de noviembre de 2007
viernes, 23 de noviembre de 2007
Mentira (Premisa Mayor)
Hoy he tenido una visión reveladora. Una de esas obviedades que nos suelen pasar por alto. A mí, en concreto, me ha pasado desapercibida durante algo más de 36 años.
Resulta que siempre he escuchado decir que no hacer nada es perder el tiempo. Y hasta hoy no me he dado cuenta que es mentira. Así, transcrito en medio renglón, puede parece muy obvio. Pero no lo es tanto. ¿Tú eres consciente de ello?
Yo creo que los que manejan los hilos atados a nuestras muñecas y pies nos la han metido doblada. Doblada y hasta el fondo. En su empeño en hacer de nosotros un bien para su propio provecho, se han salido conla suya. Nos han convertido en autómatas que somos capaces de caer en la más profunda de las depresiones si no nos sentimos productivos. Si no hacemos nada no somos nadie. Sólo se puede llegar a ser alguien dedicando nuestro tiempo a hacer algo.
Pero eso es mentira. Es mentira que si no haces nada acabarás por aburrirte. Es mentira que si no haces nada estás tirando tu porvenir por la borda. Es mentira que si dedicas tu tiempo a hacer algo de provecho serás alguien en esta vida. Todo es mentira. Porque tu vida les pertenece. Porque ellos dictan las normas. Porque son ellos lo que deciden lo que resulta provechoso, y lo que resulta pernicioso. Y lo que resulta inútil para ellos te lo atribuyen a ti. Tuya es la culpa. Suyo el rédito.
Yo hoy me he dado cuenta de todo. Y hoy, desde mi posición de parásito social, he sentido arcadas al entrever su larga sombra. Hoy empiezo una nueva vida al margen de sus caprichos. Y hoy, tras varios días de ausencia, traigo otra pequeña joyita musical de esas que considero imprescindibles en algún agujerito del corazón. De esas que explican con más sabias palabras lo que vine a contaros.
Rage Against The Machine - Sleep Now In The Fire
Resulta que siempre he escuchado decir que no hacer nada es perder el tiempo. Y hasta hoy no me he dado cuenta que es mentira. Así, transcrito en medio renglón, puede parece muy obvio. Pero no lo es tanto. ¿Tú eres consciente de ello?
Yo creo que los que manejan los hilos atados a nuestras muñecas y pies nos la han metido doblada. Doblada y hasta el fondo. En su empeño en hacer de nosotros un bien para su propio provecho, se han salido conla suya. Nos han convertido en autómatas que somos capaces de caer en la más profunda de las depresiones si no nos sentimos productivos. Si no hacemos nada no somos nadie. Sólo se puede llegar a ser alguien dedicando nuestro tiempo a hacer algo.
Pero eso es mentira. Es mentira que si no haces nada acabarás por aburrirte. Es mentira que si no haces nada estás tirando tu porvenir por la borda. Es mentira que si dedicas tu tiempo a hacer algo de provecho serás alguien en esta vida. Todo es mentira. Porque tu vida les pertenece. Porque ellos dictan las normas. Porque son ellos lo que deciden lo que resulta provechoso, y lo que resulta pernicioso. Y lo que resulta inútil para ellos te lo atribuyen a ti. Tuya es la culpa. Suyo el rédito.
Yo hoy me he dado cuenta de todo. Y hoy, desde mi posición de parásito social, he sentido arcadas al entrever su larga sombra. Hoy empiezo una nueva vida al margen de sus caprichos. Y hoy, tras varios días de ausencia, traigo otra pequeña joyita musical de esas que considero imprescindibles en algún agujerito del corazón. De esas que explican con más sabias palabras lo que vine a contaros.
Rage Against The Machine - Sleep Now In The Fire
Vivo en un Tanatorio
Cada vez soy más consciente de ello. Y, ahora que el frío mueve sus caderas por mi barrio, lo noto con más fuerza.
Resulta que vivo desde hace poco más de diez años en uno de esos edificios gigantes de cemento. Un edificio que le saca dos cabezas a los que le rodean. Como ese chico tan alto que siempre se te ponde delante en un concierto. Una especie de rascacielos adaptado al estilo ye-ye predominante en la Barcelona de hace unas cuatro décadas.
Mi barrio fue el encargado de ausmir el mayor flujo de inmigración por aquellos tiempos. Españoles que se desplazaban a Barcelona para trabajar a cambio de un mísero salario. De hecho, mi barrio no fue el indicado para asumir ese flujo, sino que más bien mi barrio fue construido con esa intención. Antaño, cuando entrabas a trabajar en una gran empresa, se te adjudicaba una vivienda a bajo precio. Por ese motivo este edificio en el que vivo estaba habitado enteramente por trabajadores de la SEAT. El edificio en el que me crié por trabajadores de Telefónica. Y así pasaba con todos los edificios colindantes.
¿Y esta información era necesaria? A todas luces, no. Pero ya que me dedico poco a este blog, al menos cuando lohaga que sea de una forma un poco extensa, ¿no os parece?
El caso es que mi edificio está poblado, en su gran mayoría, por gente de muy avanzada edad. Muy mucho. Seguro que soy el propietario más joven de toda la finca. Yo no lo sé, porque no voy nunca a las reuniones de vecinos. Pero seguro que soy yo, sí. Y debido a esa media de edad más bien alta, es una constante que cada quince días alguien cuelgue medio folio escrito con Word en el que se nos propone una cita en la iglesia del barrio para rezar por el alma de algún/a vecino/a.
Siempre que leo con atención uno de esos flyers gótico-siniestros pienso que no tengo ni la más remota idea de quién es el finado. No conozco a nadie por su nombre. Por lo qu eno me queda otra opción que situarlo, semanas después, calculando a qué personaje no me cruzo en el ascensor desde hace tiempo. Y, hasta la fecha, aún no he sido capaz de relacionar ningún nombre con ningún señor que ya no está.
Lo peor de este asunto, en mis tribulaciones mentales, es que a este ritmo se va a quedar la finca sin afincados. Van a ir muriendo todos, uno tras otro. Y, a consecuencia de ello, se irá renovando el personal que ocupa la sinfimas viviendas a uno y otro lado del ascensor. Cuando eso suceda, yo seré sin duda el viejales del lugar. Con el miedo a vivir en un tanatorio y a ser consciente de ello. Con el filo de la guadaña rondando por el portal. Y viendo pasar a jovencitas por la calle entrando y saliendo del ascensor. No me parece un mal plan.
Resulta que vivo desde hace poco más de diez años en uno de esos edificios gigantes de cemento. Un edificio que le saca dos cabezas a los que le rodean. Como ese chico tan alto que siempre se te ponde delante en un concierto. Una especie de rascacielos adaptado al estilo ye-ye predominante en la Barcelona de hace unas cuatro décadas.
Mi barrio fue el encargado de ausmir el mayor flujo de inmigración por aquellos tiempos. Españoles que se desplazaban a Barcelona para trabajar a cambio de un mísero salario. De hecho, mi barrio no fue el indicado para asumir ese flujo, sino que más bien mi barrio fue construido con esa intención. Antaño, cuando entrabas a trabajar en una gran empresa, se te adjudicaba una vivienda a bajo precio. Por ese motivo este edificio en el que vivo estaba habitado enteramente por trabajadores de la SEAT. El edificio en el que me crié por trabajadores de Telefónica. Y así pasaba con todos los edificios colindantes.
¿Y esta información era necesaria? A todas luces, no. Pero ya que me dedico poco a este blog, al menos cuando lohaga que sea de una forma un poco extensa, ¿no os parece?
El caso es que mi edificio está poblado, en su gran mayoría, por gente de muy avanzada edad. Muy mucho. Seguro que soy el propietario más joven de toda la finca. Yo no lo sé, porque no voy nunca a las reuniones de vecinos. Pero seguro que soy yo, sí. Y debido a esa media de edad más bien alta, es una constante que cada quince días alguien cuelgue medio folio escrito con Word en el que se nos propone una cita en la iglesia del barrio para rezar por el alma de algún/a vecino/a.
Siempre que leo con atención uno de esos flyers gótico-siniestros pienso que no tengo ni la más remota idea de quién es el finado. No conozco a nadie por su nombre. Por lo qu eno me queda otra opción que situarlo, semanas después, calculando a qué personaje no me cruzo en el ascensor desde hace tiempo. Y, hasta la fecha, aún no he sido capaz de relacionar ningún nombre con ningún señor que ya no está.
Lo peor de este asunto, en mis tribulaciones mentales, es que a este ritmo se va a quedar la finca sin afincados. Van a ir muriendo todos, uno tras otro. Y, a consecuencia de ello, se irá renovando el personal que ocupa la sinfimas viviendas a uno y otro lado del ascensor. Cuando eso suceda, yo seré sin duda el viejales del lugar. Con el miedo a vivir en un tanatorio y a ser consciente de ello. Con el filo de la guadaña rondando por el portal. Y viendo pasar a jovencitas por la calle entrando y saliendo del ascensor. No me parece un mal plan.
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