viernes, 23 de noviembre de 2007

Vivo en un Tanatorio

Cada vez soy más consciente de ello. Y, ahora que el frío mueve sus caderas por mi barrio, lo noto con más fuerza.

Resulta que vivo desde hace poco más de diez años en uno de esos edificios gigantes de cemento. Un edificio que le saca dos cabezas a los que le rodean. Como ese chico tan alto que siempre se te ponde delante en un concierto. Una especie de rascacielos adaptado al estilo ye-ye predominante en la Barcelona de hace unas cuatro décadas.

Mi barrio fue el encargado de ausmir el mayor flujo de inmigración por aquellos tiempos. Españoles que se desplazaban a Barcelona para trabajar a cambio de un mísero salario. De hecho, mi barrio no fue el indicado para asumir ese flujo, sino que más bien mi barrio fue construido con esa intención. Antaño, cuando entrabas a trabajar en una gran empresa, se te adjudicaba una vivienda a bajo precio. Por ese motivo este edificio en el que vivo estaba habitado enteramente por trabajadores de la SEAT. El edificio en el que me crié por trabajadores de Telefónica. Y así pasaba con todos los edificios colindantes.

¿Y esta información era necesaria? A todas luces, no. Pero ya que me dedico poco a este blog, al menos cuando lohaga que sea de una forma un poco extensa, ¿no os parece?

El caso es que mi edificio está poblado, en su gran mayoría, por gente de muy avanzada edad. Muy mucho. Seguro que soy el propietario más joven de toda la finca. Yo no lo sé, porque no voy nunca a las reuniones de vecinos. Pero seguro que soy yo, sí. Y debido a esa media de edad más bien alta, es una constante que cada quince días alguien cuelgue medio folio escrito con Word en el que se nos propone una cita en la iglesia del barrio para rezar por el alma de algún/a vecino/a.

Siempre que leo con atención uno de esos flyers gótico-siniestros pienso que no tengo ni la más remota idea de quién es el finado. No conozco a nadie por su nombre. Por lo qu eno me queda otra opción que situarlo, semanas después, calculando a qué personaje no me cruzo en el ascensor desde hace tiempo. Y, hasta la fecha, aún no he sido capaz de relacionar ningún nombre con ningún señor que ya no está.

Lo peor de este asunto, en mis tribulaciones mentales, es que a este ritmo se va a quedar la finca sin afincados. Van a ir muriendo todos, uno tras otro. Y, a consecuencia de ello, se irá renovando el personal que ocupa la sinfimas viviendas a uno y otro lado del ascensor. Cuando eso suceda, yo seré sin duda el viejales del lugar. Con el miedo a vivir en un tanatorio y a ser consciente de ello. Con el filo de la guadaña rondando por el portal. Y viendo pasar a jovencitas por la calle entrando y saliendo del ascensor. No me parece un mal plan.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Esta reflexión me ha llevado a la conclusión de que la vida es una espiral absorbente y sin fondo. Los seres humanos pasamos por este mundo pensando que somos el centro del universo, pero cada individuo solo es importante para si mismo, el tiempo nos borrará del mapa y otros vendrán que se sentirán igual de importantes que nosotros nos creímos un día. Flora

ArritmiA dijo...

Gracias por sus renglones, Señorita.
Creo que somos tan importantes como creamos. Tan importantes como luchemos. Tan importantes como seams capaces de eludir el tedio. Tan importantes como queramos. Como sepamos. Como soñemos. Tan importantes como nosotros.
Lo que dejemos como legado lo gestionarán gentes tan importantes como el futuro. Que, dicho sea todo de paso, puede que no sea lo esperado.