¿Os lo he dicho, no? Me he ido a París una semanita huyendo de las fiestas navideñas y la familia que me ha tocado en suerte poseer. Y he tomado la firme decisión de, a partir de ahora, pasar esas fechas que me parecen tan absurdas en sitios diferentes. Y, a poder ser, engullendo 12 cosas diferentes coincidiendo con las doce campanadas.
París me ha gustado. Preciosa y recomendable ciudad. Ciudad grande. Ciudad monumental. París es una de esas ciudades en las que te puedes sentar en cualquier banco de cualquier ciudad a contemplar cualquiera de sus calles. Puedes enfocar la pupila y deleitarte contemplando cualquier fachada. Enfocar más y contemplar cualquier balcón. Y cualquiera de sus barrotes. Y las canaletas del agua. Todo lo que perciban tus ojos resulta esplendoroso y convierte tu par de ojos en una auténtica cámara Reflex.
Lo que me resulta harto incómodo de París es el idioma. Soy incapaz de retener ni una sola palabra en esa lengua. Miro el mapa, leo el nombre de la calle por la que debería pasear. Guardo el mapa en el bolsillo posterior del pantalón y justo en ese momento olvido por completo lo que acabo de leer. No puedo. Es superior a mí. Soy un negado en esa lid en concreto...
Salí de Barcelona teniendo tres conceptos muy claros. Sé decir cafe au lait y corissant. Y sé decir entrecotte. Con lo cual mi supervivencia está más que garantizada. El arranque de cada uno de los días no resultó dificultoso. El desayuno era requerido y engullido sin problema alguno. El tema del entrecotte ya fue algo más complicado... Y eso que me tomé la molestia de mirar en Google y tener muy claro que a mí el entrecotte me gusta ben cuit. Y me senté en la mesa del garito. Y pedí mi entrecotte. Y le aclaré que a mí me gusta ben cuit. Y yo confiaba en haber zanjado ese tema y me disponía a empezar a salivar. Pero no. No iba a resultar tan sencillo. Empezaba la retahila de preguntas a cargo de la Amelie de turno... Sólo eran dos preguntas. La salsa que debía sazonar la porción de carne por un lado, y la guarnición por otro. Preguntas, ambas, que no me interesan lo más mínimo. pero preguntas, ambas, que sin responder la niña de la libreta no se aleja de mi lado. Huelga decir que cené entrecotte un día. No volví a repetir la experiencia. A partir de ese día opté por cenar señalando con el dedo la estantería de los tugurios de comidas preparadas.
Pero París es una ciudad bonita. No creo que la vuelva a pisar jamás, pero es bonita. Y, ¿sabéis por qué no creo que la vuelva a pisar? Porque a París le falta el ingrediente que a mí más me gusta encontrar en las ciudades por las que merodeo. Le falta rock and roll. Le falta undergorund. Le falta arte vivo en sus paredes. Sobre su asfalto. París no parece una ciudad viva. No hierve el arte bajo sus adoquines. Y yo eso lo echo de menos en pocas horas de merodear. Por eso no creo que repita la experiencia.
En el punto de mira ya tengo Berlín. Y Lisboa. Y Bruselas. Y, cuando los tatúe en mi retina saltar a los USA. Pero, eso sí, reinciediendo infinitas veces mi paso por Londres. Por el Soho. Por Camden. I miss you...
sábado, 12 de enero de 2008
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