Supe, porque ella me lo dijo, que se apagaría la luz en poco más de venticuatro segundos. Y así fue. Cerró los ojos, relajó sus puños y me dio la espalda. Se llevó la luz para no perderse en su noche y me regaló, por si yo no encontraba el camino de ida, el rastro de su sonrisa.
Utilicé la palma de mis dos manos a modo de almohada. Y clavé mi mirada en el techo que ya no veía. Me aferré a su sonrisa para perderme entre las olas de mi mar de caricias. Y me dispuse a navegar una noche más junto al rumor de altamar. Y, como cada noche, me balanceé en mi balanza trucada para traer mi suerte a mis bolsillos.
Llené mi bolsillo izquierdo, porque el derecho sigue teniendo un agujero, con abrazos y besos. Y con matrículas rotas y pies descalzos sobre la tierra tostada del sur. Y con rotondas eternas disfrazadas de tío-vivo. Y con tomate y sal gorda. Y con encinas. Y con caricias y mimos a cara de perro. Y echar la siesta sin tiempo. Y una cañita en la barra, que sale de viaje ahora mismito en dirección a la terraza. Y me ponga otra señora, que hay tanto que celebrar...
Guardé también un par de tejas, por si acaso. Bañadas en risas y en vino tinto del caro. Y algo de carne (poca) escondida en el interior de un mollete. Y kilómetros hasta hartarme. Kilómetros por todas partes. Y esquivar el frío a saltos en un área de servicio perdida en "Dios sabe dónde...". Y beber, comer y dormir. Y una sombra para resguardarme de todo. Y un exprimidor de naranjas que rodó miles de veces por alquitranes distintos.
Y también coger aire para cruzar la meta con fuerzas. Y gentes que hablan demasiado y que me vienen muy grandes. Y casas nuevas. Y cajas viejas. Y camas nuevas. Y a veces, ni camas ni falta que nos hacen. Y bocadillos de queso corriendo por los rincones. Y... Y tantas cosas... Y un colchón para cuatro. Y abre un poquito la ventana, joder, que hace un calor infernal. Que ya no caben más risas aquí dentro, y que nos vamos a hogar.
Y esas mil cosas y mil cosas más guardadas en mi bolsillo izquierdo. Y noventa grados hacia mi derecha para acariciar una espalda con el dorso de una mano. La otra, la derecha en este caso, sigue disfrazada de almohada.
viernes, 29 de agosto de 2008
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1 comentario:
Qué urgencia más deseable has dejado por la web de CC!
un gusto leerte.
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