Hay noches más largas que otras. No nos damos cuenta de ese detalle porque la mayoría de las veces aprovechamos para dormir un ratito. Esas pasan volando todas. Nos las perdemos. Ésta de estos precisos momentos es de las otras. De las largas. De las en vela. De esas que siempre me llevan a pensar que me gustaría estar en mi paraíso pirenaico para oler a pan recién hecho. Para, con este frío, ver salir bocanadas de vaho de entre mis labios. Y bocanadas de humo de la chimenea del horno.
Ha sido el primer guiño de este 2mil7 con sabor de 2mil6. Ha sido tumbrame en el sofá y sentirme como un fakir. Tumbarme un momento en mi cama y sentirme como si se hubiesen metido entre las sábanas mil erizos de mar. Hoy era noche de no dormir. La secuela lógica a un día con quebraderos de cabeza. Día de volver a fumar mucho. Día de centrifugado. De lanzamientos de boomerangs. De lanzar contra la pared una pelota de goma y cubrirme el rostro con las manos para prevenirme de un posible impacto. Día de contraer los músculos del vientre para vomitar sin nada en el estómago. Nervios.
Lo único positivo del día que yace a mis espaldas es que me he dado cuenta que me he desacostumbrado a esas sensaciones. Que me son extrañas. Cuando, sé a ciencia cierta, que antaño me fueron tan y tan familiares. Eso me alegra. Y si no sonrío hoy es porque no me apetece, pero me parece un motivo digno de descorchar la botella de cava que duerme en mi nevera. Pero no lo haré. Lo haré cuando ella llegue. Es lo mínimo que puedo hacer porque es ella la que me ha iluminado el camino que ha hecho borrar esos recuerdos del ayer.
He decidido tras todas estas elocubraciones internas que hoy no dormiré. He llegado hasta aquí y no me pienso detener. Este guiño de 2mil6 será debidamente eliminado y luego vaciaré la papelera de reciclaje. Me voy a fumar un cigarro en mi balcón junto a mi Lluna. Me voy a duchar con agua caliente. Me haré una mascarilla en el pelo. Cuando amanezca subiré al asiento que siempre guarda para mí Willie. Le llevaré conmigo cerca del mar. Le dejaré descansar mientras me tomo un café con leche con aroma torrefacto y de salitre. Y, cuando vea el fondo de la taza, lanzaré ese guiño maldito al fondo del mar. También lanzaré allí dentro todos los erizos que ahora campan a sus anchas por mi cama. Y a ese día, si no os importa, lo llamaremos Domingo.
Me pregunto cuando desaparecerán esos recuerdos que no me gustan. Me pregunto cuantas patas tiene esa araña. Y si su telaraña es muy pegajosa o no. Me pregunto muchas cosas de esas que la pereza hace que uno no busque ni las respuestas. La pereza por un lado, y lo innecesario de malgastar neuronas en esa dirección por otro. Sé de sobras que cuantas más luces iluminan un objeto más sombras generan. Siempre ha sido una imagen muy gráfica tatuada en mi cerebro. Una imagen que Los Piratas definieron muy bien con su encender la luz para ver las sombras de Fecha Caducada.
domingo, 4 de febrero de 2007
Don Diablo sigue sobrevolando el Infierno
Otra defunción. Otra resurrección. Otro picadillo de mi alma desparramado por un escenario de tablones resbaladizos a causa del sudor y la cerveza. Otro vacíarme por dentro para volver a llenarme al completo. Otro reciclaje de mí. Otro dolor. Otro concierto.
Empezó mal la cosa. Todo muy profesional. Todo muy controlado. Pretensiones de grabar el concierto en audio. Y en video. Y todo debía regirse por los parámetros que más odiamos. No somos músicos. Ni queremos serlo. Y ampararnos en esos patrones profesionales se convierte en una jaula de barrotes acústicos. Y no nos gusta estar encerrados. Nunca. Y nada sonaba como tenía que sonar. Y eso nos incomoda. Mucho. Demasiado. Ni la guitarra aúlla. Ni el bajo zumba. Y en la prueba de sonido ambos vomitaron su rabia en el escenario en el que yo me tenia que retorcer en escasos minutos. Cogí mi cerveza y me desentendí del problema. Es mi única forma de no contagiarme de malos humores ajenos. Juegan en mi contra.
Cena a base de bocadillo de chorizo y caña. Cena con The Capaces. Risas. Muchas risas. Mucha camaradería. Como pez en el agua. Como cubito en el whisky. Y después la llegada de todo el mundo. De mi mundo. De mis gentes. De mis muletas. De las cremalleras que blindan mi corazón.
Subimos al escenario. Yo sorprendentemente tranquilo. Muy calmado. Intentando las tensiones de la prueba de sonido se esfumasen. No era fácil. Cogí mi micro y me dediqué a los presentes. Que serían, calculo, un centenar y medio de ellos. Cantidad más que ideal para la sala. Bona Nit, somos La Pantorrilla de Irene Villa, y venimos de Alcorcón. Y empezó el repertorio.
Durante todo el concierto me sentí al cien por cien. Con mucha seguridad. Con la garganta funcionando a pleno rendimiento. Con todo de nuestra parte para volver a conmocionar a los asistentes. Y, por las palabras del post concierto, así fue. Por enésima vez. Tras la primera bajada, micro en mano, a liarla abajo ya me di cuenta que ese público no era el acostumbrado a ese tipo de excesos. Y al volver a subir al escenario pude contemplar que mi bajada había generado un enorme agujero en el público. Opté por desmelenarme sobre las tablas para que todo el mundo recuperase la tranquilidad. Cuando eso sucedió, volví a bajar. Por última vez esa noche.
Tras nuestro sudor, vino el de The Capaces. Inconmensurables. Como siempre. Una de las mejores bandas que me he tirado a la cara en mi vida. No entiendo como nadie les brinda el apoyo que merecen. Maldito país. Nunca lo entenderé...
Fin de fiesta en compañía de los míos. En compañía de los suyos. En compañía de otros a los que desconozco. Visitas para ingerir golosinas en backstage. Risas con Martillo. Y con Adicto. Y con Snfuer. Y con Mò. Y con Mo. Y con Slauka. Y sentirme vivo. Más vivo que nunca. Poco me faltó la noche de ayer. Sólo Laü. Y Ultra. Y David. Y poco más.
Creo que me he enamorado de ti, 2mil7.

Empezó mal la cosa. Todo muy profesional. Todo muy controlado. Pretensiones de grabar el concierto en audio. Y en video. Y todo debía regirse por los parámetros que más odiamos. No somos músicos. Ni queremos serlo. Y ampararnos en esos patrones profesionales se convierte en una jaula de barrotes acústicos. Y no nos gusta estar encerrados. Nunca. Y nada sonaba como tenía que sonar. Y eso nos incomoda. Mucho. Demasiado. Ni la guitarra aúlla. Ni el bajo zumba. Y en la prueba de sonido ambos vomitaron su rabia en el escenario en el que yo me tenia que retorcer en escasos minutos. Cogí mi cerveza y me desentendí del problema. Es mi única forma de no contagiarme de malos humores ajenos. Juegan en mi contra.
Cena a base de bocadillo de chorizo y caña. Cena con The Capaces. Risas. Muchas risas. Mucha camaradería. Como pez en el agua. Como cubito en el whisky. Y después la llegada de todo el mundo. De mi mundo. De mis gentes. De mis muletas. De las cremalleras que blindan mi corazón.
Subimos al escenario. Yo sorprendentemente tranquilo. Muy calmado. Intentando las tensiones de la prueba de sonido se esfumasen. No era fácil. Cogí mi micro y me dediqué a los presentes. Que serían, calculo, un centenar y medio de ellos. Cantidad más que ideal para la sala. Bona Nit, somos La Pantorrilla de Irene Villa, y venimos de Alcorcón. Y empezó el repertorio.
Durante todo el concierto me sentí al cien por cien. Con mucha seguridad. Con la garganta funcionando a pleno rendimiento. Con todo de nuestra parte para volver a conmocionar a los asistentes. Y, por las palabras del post concierto, así fue. Por enésima vez. Tras la primera bajada, micro en mano, a liarla abajo ya me di cuenta que ese público no era el acostumbrado a ese tipo de excesos. Y al volver a subir al escenario pude contemplar que mi bajada había generado un enorme agujero en el público. Opté por desmelenarme sobre las tablas para que todo el mundo recuperase la tranquilidad. Cuando eso sucedió, volví a bajar. Por última vez esa noche.
Tras nuestro sudor, vino el de The Capaces. Inconmensurables. Como siempre. Una de las mejores bandas que me he tirado a la cara en mi vida. No entiendo como nadie les brinda el apoyo que merecen. Maldito país. Nunca lo entenderé...
Fin de fiesta en compañía de los míos. En compañía de los suyos. En compañía de otros a los que desconozco. Visitas para ingerir golosinas en backstage. Risas con Martillo. Y con Adicto. Y con Snfuer. Y con Mò. Y con Mo. Y con Slauka. Y sentirme vivo. Más vivo que nunca. Poco me faltó la noche de ayer. Sólo Laü. Y Ultra. Y David. Y poco más.
Creo que me he enamorado de ti, 2mil7.

sábado, 3 de febrero de 2007
Adoquines...
Nada me hace más feliz que gozar de la flexibilidad necesaria para dibujar fines de semana en mi calendario a mi antojo. Pinto los días negros de rojo. Y los rojos de gris. Y así pasan los días. bajo mi estricta batuta.
Este último fin de semana, que empezó el jueves y acabó el viernes a altas horas de la madrugada ha sido una verdadera delicia.
El primer evento social del mismo fue un recorrido de Barcelona a Zaragoza en coche. Ya con mi iPod funcionando a pleno rendimiento. Cantando a gritos cientos de canciones. Engullendo cada kilómetro hasta que se me hinchó la papada como la de un hámster que come más de lo que precisa. Con los bolsillos llenos de gula. Como a mí más me gusta.
Llegar, ver y vencer. Perderme en un abrazo sin fin. Dejar de respirar durante un par de minutos a través de mis pulmones. Hacerlo con los de ella. Mucho más saludables que los míos. Y más dulces. Menos alquitranados y con ese aroma que desprenden mis amapolas (y sólo las mías). Todo bañado en ese rojo que sólo puedo ver yo. Son esos momentos en los que mi daltonismo deja de ser una tara visual para convertirse en una delicia impregnada de mis colores distorsionados. Borrosos, pero tan míos...
Y como ambos somos un poco gafapastas, aunque nos empeñemos en disimularlo a ojos externos, empezamos un día especial (de esos de ventisiete horas y media) almorzando unos bocadillos de autor. Y, de postre, una negativa del Sieso. Y un hotel nuevo. Sin [Magic]. Ni gel de baño. Pero con Petit Suisse. Y con mucho A-M-O-R. Más que suficiente para subsistir en ese mundo que pretende engullirnos y que es del todo incapaz de conseguirlo. Y, tras el A-M-O-R, la siesta.
Y unas cañas desperdigadas en una ciudad imantada que siempre te arrastra al mismo sitio. Por eso de los imanes hicimos la última en La Casa Magnética. De allí al hotel de nuevo. A ver La Casa De Tu Vida. A limpiar bien los restos de amargura en el espejo para ver bien su reflejo. A sumirnos en un estado de agustera cuasi indescriptible. Nadie lo podría definir mejor que Kike Babas: Hay que acariciar los vicios...
Al amanecer ducha. Y volver a comer pizza en Il Principale. Y un carajillo de Bayley's junto al Willie. Y un abrazo de los fuertes. De los que se te corta la respiración durante unos segundos. Los que tardas en hallar los pulmones del otro para poder respirar a través de ellos. Y un hasta pronto. Un hasta la semana que viene. Un te llevo dentro todo el rato. Y, enfrente, un lo sé. Y un yo también.
Deshacer el camino gritando canciones aleatorias. Regalitos sorpresa que me brinda mi iPod cuando estamos contentos. De Piratas a Discharge. De Gotam Project a Motörhead. De HHH a Björk.
Este último fin de semana, que empezó el jueves y acabó el viernes a altas horas de la madrugada ha sido una verdadera delicia.
El primer evento social del mismo fue un recorrido de Barcelona a Zaragoza en coche. Ya con mi iPod funcionando a pleno rendimiento. Cantando a gritos cientos de canciones. Engullendo cada kilómetro hasta que se me hinchó la papada como la de un hámster que come más de lo que precisa. Con los bolsillos llenos de gula. Como a mí más me gusta.
Llegar, ver y vencer. Perderme en un abrazo sin fin. Dejar de respirar durante un par de minutos a través de mis pulmones. Hacerlo con los de ella. Mucho más saludables que los míos. Y más dulces. Menos alquitranados y con ese aroma que desprenden mis amapolas (y sólo las mías). Todo bañado en ese rojo que sólo puedo ver yo. Son esos momentos en los que mi daltonismo deja de ser una tara visual para convertirse en una delicia impregnada de mis colores distorsionados. Borrosos, pero tan míos...
Y como ambos somos un poco gafapastas, aunque nos empeñemos en disimularlo a ojos externos, empezamos un día especial (de esos de ventisiete horas y media) almorzando unos bocadillos de autor. Y, de postre, una negativa del Sieso. Y un hotel nuevo. Sin [Magic]. Ni gel de baño. Pero con Petit Suisse. Y con mucho A-M-O-R. Más que suficiente para subsistir en ese mundo que pretende engullirnos y que es del todo incapaz de conseguirlo. Y, tras el A-M-O-R, la siesta.
Y unas cañas desperdigadas en una ciudad imantada que siempre te arrastra al mismo sitio. Por eso de los imanes hicimos la última en La Casa Magnética. De allí al hotel de nuevo. A ver La Casa De Tu Vida. A limpiar bien los restos de amargura en el espejo para ver bien su reflejo. A sumirnos en un estado de agustera cuasi indescriptible. Nadie lo podría definir mejor que Kike Babas: Hay que acariciar los vicios...
Al amanecer ducha. Y volver a comer pizza en Il Principale. Y un carajillo de Bayley's junto al Willie. Y un abrazo de los fuertes. De los que se te corta la respiración durante unos segundos. Los que tardas en hallar los pulmones del otro para poder respirar a través de ellos. Y un hasta pronto. Un hasta la semana que viene. Un te llevo dentro todo el rato. Y, enfrente, un lo sé. Y un yo también.
Deshacer el camino gritando canciones aleatorias. Regalitos sorpresa que me brinda mi iPod cuando estamos contentos. De Piratas a Discharge. De Gotam Project a Motörhead. De HHH a Björk.
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