domingo, 31 de diciembre de 2006

Jódete! (x3)

¿Creías que tenías el control? ¿De verdad? ¿Creías que esa última hoja del calendario, que no tengo, estaba bien calibrada? Pues no ha sido así. Tan sólo ha sido necesario aplicar mi paradoja idealizada del día de mi muerte a un día cualquiera.

Esparcir regueros de magia en un día mundano.
Aplicar mi daltonismo a los números del calendario.
Pintar un día negro de rojo. Y los rojos, borrarlos.
Y en su lugar desperdigar docena y media de garabatos.

Ayer celebré el cambio de año. Ayer ya no te podía sufrir más, Señor 2mil6. Y me importa bien poco si hay que seguir ciertos protocolos. No me interesan tus reglas. Ni tan siquiera me pareces un Señor. Ahora ya tan sólo me pareces un cadáver. Como aquel de aquella foto que vi que me causó tanto impacto en el que se veía, dentro de un ataud, un difunto confeccionado con alambres y tapones de corcho de botellas de vino. Ahí te pudras. Ahí caigas en el más abosluto de los olvidos. Esconderé bajo mi almohada mis cuatro buenos recuerdos que hoy cuelgan de tu levita ya raída. Los esconderé confiando en que ninguna rágafa de aire me los arranque y los desperdigue por los suelos de esta Ciuda Monstruo que tú me has enseñado a odiar y a aborrecer.

Ayer fue el mejor de los días de tu bolsillo de horas. Y lo fue porque fui yo quien tomó las riendas de tus manecillas. Y no sé por qué no lo hice antes. Tuvo que venir Root con sus chispas de colores a retirar la venda de mis ojos. Tuvo que venir ella a pintar con sus plastidecores mi arco iris. Ódiala si quieres. Me da igual. Y seguro que a ella también. Nos estaremos riendo de ti mil noches con sus correspondientes amaneceres a la orilla del mar. Que si, también es nuestro.

Ayer compartí esa traición a tus tics y a tus tacs acompañado de una de las mejores personas que he conocido en mucho tiempo. Compartiendo risas y palabras. Amargando nuestra garganta y endulzando nuestras miradas. Burlándonos ambos de tu tiranía. Ódiala a ella tambien si quieres. Odia a todos los que no creemos en ti. Nos da igual. No es nuestro problema.

Y tú, Señor 2mil7. No tengo ni la más remota idea de que intenciones traes. Pero, de momento, te voy a conceder un voto de confianza. No sería justo condenarte sin conocerte. De momento, he de reconocerlo, hueles a pan recién hecho.

viernes, 29 de diciembre de 2006

Morfeo, ¿dónde te escondes?

Muy buenas noches, Señor Insomnio.

Ya hacía días que no pasaba a hacerme una visita. Y, si le soy sincero, yo tampoco le he echado de menos ni un sólo segundo. Ya sabe usted que no soy persona que guste de retorcerse entre las sábanas, a no ser que sea de placer en buena compañía. Así, solo, como que no me apetece demasiado. No gusto de dar vueltas sobre el colchón. Soy más de estirarme, encender la función sleep de mi radio, y al segundo parpadeo ya no despegarlos más. ¿Qué le voy a contar yo que usted no sepa?

Pero, por lo visto, hoy toca no dormir. Y lo peor del caso no es eso. Lo más jodido, y disculpe usted mi vocabulario pero entienda mi mala leche a estas horas y desvelado, es no poder conciliar el sueño sin motivo aparente. Y no será por problemas, no. No será por eso. Porque problemas tengo yo para hacer una feria de muestras. Pero el día que acabo de tachar en el calendario que no tengo ha sido de los más deliciosos que recuerdo en tiempo. Y no sólo eso, mi intuición femenina me dice que el día que está a punto de despuntar tras la montaña que preside mi ventana será aún más benigno. ¿No te lo crees? Mañana te lo cuento. O, si va muy bien, pasado mañana. Porque espero no tener tiempo ni para malgastarlo contigo.

El único problema va a ser que se me acabe el tabaco antes de que llegue Morfeo bajo mis sábanas. Eso si puede ser un inconveniente. Esperemos no sea así. Eso, si me acuerdo, mañana os lo cuento. O, a poder ser, pasado mañana.

miércoles, 27 de diciembre de 2006

La Edad del Sol

Hoy es la típica jornada de resaca. Y, como diría mi admirado Albert Plà parafraseando a Fonollosa, ayer me quedé en casa, no tomé ni una copita.

Ayer fue un día de los que tienen más horas de las que se le suponen. De los que cada vez que la manecilla larga da un pasito, nos ha costado un mordisco en el alma. Cuando lo da la grande llueve confetti del cielo a modo de celebración. Ayer engullí de un sólo trago mi botella de Soledad. Aún paladeo su regusto en mi boca. Su amargura. Aún puedo sentir la inflamación por sus espinas en mi garganta. Ayer lloré. Poco, pero lloré. Ya me es imposible recordar un día sin lágrimas entre los últimos que he vivido. Pero así, a bote pronto, creo que fue el sábado pasado. Ese día, por mi cuerpo, sólo fluía gasolina en modo diurno y cerveza en el nocturno. Pero hay que ser optimista. Hoy no he llorado. Y ya no creo que lo haga.

Hoy, para paliar mis daños colaterales, he optado por derramar todos los minutos del reloj que nunca tuve en compañía de mis dos sobrinos. Ladrones de sonrisas ajenas por parte de tío. Algo más que su hermano, el pequeño. Al que en este diario llamaremos Power a partir de ahora.

Y como la página de hoy del calendario (que tampoco tengo) ya empieza a descolgarse, puedo empezar a pensar en cómo será mañana. Y, mucho me temo, que mañana será parecido a hoy. Y lo prefiero. Prefiero eso a que mañana se parezca a ayer. Aunque en el fondo me da igual, lo que si deseo con todas mis fuerzas es que acabe este maldito 2mil6. Enterrarlo para siempre. En la fosa común de los desamparados. Para que no vuelva ni tan siquiera a mi memoria. Nunca. Jamás.

Y ya lo veo agonizar. Ya sólo le quedan cuatro latidos de vida. Cuatro suspiros. Luego cerraré su ataud con doce clavos blancos.

Regresión (Pt.I)

Yo empecé... Todo empezó... Oiga, deje de mover ese péndulo de izquierda a derecha y anote cosas en su libreta. Gracias.

Lo primero de todo que me viene a la cabeza, por pretender seguir un orden cronológico, aunque este dure tan sólo un capítulo, es la voz de mi hermano mayor. Ambos en la cama de mis padres. Me leía en voz alta una historia de Mortadelo y Filemón que se titula A las Armas. Aún conservo ese tebeo. En la casa del pueblo. Que es donde se conservan las cosas que uno quiere conservar pero que no gusta de encontrarse a diario en los cajones.

A partir de ahí los siguientes recuerdos de infancia se entremezclan. Pantalones cortos. Chaqueta con gorro a juego de aviación. Bendecir una Palma. Subir las escaleras de la casa del pueblo. Ese olor. El sonido del transistor a válvulas de mi abuelo. El porrón de vino en la mesa. Agacharme a acariciar al gato Pintxo. Meter la cabeza entre las rejas de su balcón. El Bar Lisboa, propiedad de mis padres. La gramola y el pinball. Un amigo de la guardería que se comía trozos de yeso del suelo diciendo que era queso. Un día que me vino a recoger mi madre y me trajo un camión de butano de juguete. Sesos con ajo y perejil para cenar. Y un almuerzo de mi abuelo un día cualquiera a base de sardinas de lata en aceite. Y cosas de se tipo. No le busquéis un sentido. Ya me iréis conociendo y lo entenderéis todo, no os preocupéis aún por eso.

También recuerdo comuniones de primos mayores. Y la de mi hermano mayor. Y recuerdo, como no, multitud de visitas a la Clínica Stauros para curar mis heridas callejeras. Cortes. Roturas. Esguinces. De todo un poco. Era mi forma de regular mi PH mucho antes de que éste último se diese a conocer. Recuerdo también rodillas peladas. Rodilleras en los pantalones. Coderas en las chaquetas. Y el olor de las gomas de borrar de nata. Bajar a comprar leche Ato en bolsa. Y yogures Danone de cristal.

Recuerdo hacer carreras contra el ascensor, y el sonido de mis botas de fútbol resonar por toda la escalera. Y picar a todos los timbres de todas las puertas (sin botas de fútbol, claro) y al llegar a la calle correr a ver cuantas cabezas veíamos asomadas, porque el portero aún no era automático. Era un señor oculto tras un ventanuco en la pared.

Aún no había sentido atracción por las mujeres. Ni por las drogas. Ni por el rock and roll más allá del que destilaban Tequila. Pero tenía una canica (en mi barrio, bola) francesa que era la envidia de toda la calle.

martes, 26 de diciembre de 2006

Debut (como el de Björk, pero con la calefacción a 21º)

Heme aquí ante el teclado. Para llegar hasta aquí me he visto en la imperiosa y sana necesidad de frotar con Cristasol mi pantalla. Me empeñaba en darle un aire tradicional a este blog y, creedeme, lo conseguí. Pero su repercusión era nula. Mi madre. De vez en cuando. Cuando se pasa por aquí para dejar un paquete de mortadela de olivas en mi nevera. Ignoro que tipo de trapitxeo mantiene con el charcutero del barrio para que, regularmente, aparezca un sobre envasado al vacío conteniendo dicho embutido de Serie B. Y prefiero no saberlo. Pero así es. Y, si, sabe que no me gusta. Sabe que lo detesto y mucho. Pero se empeña. En eso y en que me corte el pelo desde hace más de dos décadas. Madres... ¿Qué os puedo contar yo que no sepáis? ¿Eh?

A partir de hoy. Sin periodicidad alguna. Sin casuística requerida. Aquí iré dejando renglones que se han quedado huérfanos de mí. Lo más parecido a Mi Matadero Clandestino. Mi Big Station. Desde hoy, aquí, empieza mi Miedo y Asco en Nou Barris.