Hoy es la típica jornada de resaca. Y, como diría mi admirado Albert Plà parafraseando a Fonollosa, ayer me quedé en casa, no tomé ni una copita.
Ayer fue un día de los que tienen más horas de las que se le suponen. De los que cada vez que la manecilla larga da un pasito, nos ha costado un mordisco en el alma. Cuando lo da la grande llueve confetti del cielo a modo de celebración. Ayer engullí de un sólo trago mi botella de Soledad. Aún paladeo su regusto en mi boca. Su amargura. Aún puedo sentir la inflamación por sus espinas en mi garganta. Ayer lloré. Poco, pero lloré. Ya me es imposible recordar un día sin lágrimas entre los últimos que he vivido. Pero así, a bote pronto, creo que fue el sábado pasado. Ese día, por mi cuerpo, sólo fluía gasolina en modo diurno y cerveza en el nocturno. Pero hay que ser optimista. Hoy no he llorado. Y ya no creo que lo haga.
Hoy, para paliar mis daños colaterales, he optado por derramar todos los minutos del reloj que nunca tuve en compañía de mis dos sobrinos. Ladrones de sonrisas ajenas por parte de tío. Algo más que su hermano, el pequeño. Al que en este diario llamaremos Power a partir de ahora.
Y como la página de hoy del calendario (que tampoco tengo) ya empieza a descolgarse, puedo empezar a pensar en cómo será mañana. Y, mucho me temo, que mañana será parecido a hoy. Y lo prefiero. Prefiero eso a que mañana se parezca a ayer. Aunque en el fondo me da igual, lo que si deseo con todas mis fuerzas es que acabe este maldito 2mil6. Enterrarlo para siempre. En la fosa común de los desamparados. Para que no vuelva ni tan siquiera a mi memoria. Nunca. Jamás.
Y ya lo veo agonizar. Ya sólo le quedan cuatro latidos de vida. Cuatro suspiros. Luego cerraré su ataud con doce clavos blancos.
miércoles, 27 de diciembre de 2006
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