Yo empecé... Todo empezó... Oiga, deje de mover ese péndulo de izquierda a derecha y anote cosas en su libreta. Gracias.
Lo primero de todo que me viene a la cabeza, por pretender seguir un orden cronológico, aunque este dure tan sólo un capítulo, es la voz de mi hermano mayor. Ambos en la cama de mis padres. Me leía en voz alta una historia de Mortadelo y Filemón que se titula A las Armas. Aún conservo ese tebeo. En la casa del pueblo. Que es donde se conservan las cosas que uno quiere conservar pero que no gusta de encontrarse a diario en los cajones.
A partir de ahí los siguientes recuerdos de infancia se entremezclan. Pantalones cortos. Chaqueta con gorro a juego de aviación. Bendecir una Palma. Subir las escaleras de la casa del pueblo. Ese olor. El sonido del transistor a válvulas de mi abuelo. El porrón de vino en la mesa. Agacharme a acariciar al gato Pintxo. Meter la cabeza entre las rejas de su balcón. El Bar Lisboa, propiedad de mis padres. La gramola y el pinball. Un amigo de la guardería que se comía trozos de yeso del suelo diciendo que era queso. Un día que me vino a recoger mi madre y me trajo un camión de butano de juguete. Sesos con ajo y perejil para cenar. Y un almuerzo de mi abuelo un día cualquiera a base de sardinas de lata en aceite. Y cosas de se tipo. No le busquéis un sentido. Ya me iréis conociendo y lo entenderéis todo, no os preocupéis aún por eso.
También recuerdo comuniones de primos mayores. Y la de mi hermano mayor. Y recuerdo, como no, multitud de visitas a la Clínica Stauros para curar mis heridas callejeras. Cortes. Roturas. Esguinces. De todo un poco. Era mi forma de regular mi PH mucho antes de que éste último se diese a conocer. Recuerdo también rodillas peladas. Rodilleras en los pantalones. Coderas en las chaquetas. Y el olor de las gomas de borrar de nata. Bajar a comprar leche Ato en bolsa. Y yogures Danone de cristal.
Recuerdo hacer carreras contra el ascensor, y el sonido de mis botas de fútbol resonar por toda la escalera. Y picar a todos los timbres de todas las puertas (sin botas de fútbol, claro) y al llegar a la calle correr a ver cuantas cabezas veíamos asomadas, porque el portero aún no era automático. Era un señor oculto tras un ventanuco en la pared.
Aún no había sentido atracción por las mujeres. Ni por las drogas. Ni por el rock and roll más allá del que destilaban Tequila. Pero tenía una canica (en mi barrio, bola) francesa que era la envidia de toda la calle.
miércoles, 27 de diciembre de 2006
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