Era viernes de Fiesta Mayor. En Monistrol de Montserrat. Era viernes y me apetecía que así fuese. Viernes noche. Noche de rocanrol. Procuré pasar los previos de la mejor forma posible. Sin estresarme demasiado, porque esas cosas luego me suelen pasar factura en el escenario. Y, efectivamente, así de calmadas transcurrieron las horas previas (que siempre son muchas por lo laborioso de montar un escenario y probar sonido y todos esos engorros). Unas cervezas por un lado. Una leve cenita por otro. Un vaso y medio de gazpacho, que temí se me repitiera toda la noche pero se portó de fábula con mi estómago y me sentó de lujo. Unos saludos por aquí. Otros por allá. Unas risas aquí. Otras con ese de allí. Contemplar a las señoritas del lugar. Volverlas a contemplar. Por delante y por detrás. Disfrutar la apertura del concierto con los 13 Pikas. Y subir a las tablas. Era nuestro momento.
Parece mentira que sólo seis precarios focos puedan inflingir tanto calor. Demencial. Fue pisar las tablas y notar una nube de fuego a la altura de las cejas. Me pasee por las tablas, de un lado a otro, mientras mis tres secuaces ponían en solfa sus instrumentos (esta frase puede parecer indicar lo que no es, malpensados/as).
Ahora sí. Todo preparado. Una escueta presentación. Un demandar un vodka con naranaja para mí. Y cervezas para el resto. Un mirar a los ojos al X. Y a Sergei. Y a Armando. Y un regalar nuestros Dos Minutos de Odio para abrir fuego.
Buena acogida, de entrada. Movimiento en las primeras filas. Rostros ojipláticos por la retaguardia. Siempre me pasa lo mismo tal y como arrancamos. Tengo la sensación de percibir fuera una mezcla de mieod y sorpresa a partes iguales. Y me gusta así. Me deja un buen margen de maniobra moverme entre esas dos cortinas.
Seguimos ahondando en el reperotrio previsto. El ambiente se iba animando. Bajar a liarla entre el público. Sembrar más miedo y más sorpresa. Que, a veces esa sorpresa se torna recíproca y por eso me vi berreando Plou Plom con el casco de Darth Vader en mi cabeza, supongo.
Así fue evolucionando el monstruo sobre el escenario. Así iba todo hasta que nos arrancamos el último jirón de la noche. Sobre las tablas al borde de la extenuación. Abajo la gente en pleno desmadre. Presenté, como la ocasión lo merece, el Kaos de R.I.P. y, como suele ser habitual, la gente lo recibe con ansia. Aceleramos la primera estrofa al máximo. Y al llegar al estribillo, la tragedia. Un chaval, en medio del pogo, recibe un fuerte impacto en su cara, y cae redondo al suelo. Aún estaba de pie y ya pude ver salir un chorro de sangre de su nariz y de su boca. Desde el golpe lo vi todo en cámara lenta. El chico quedó estirado en el suelo sin moverse ni un centímetro. Knock Out en toda regla. Espere unos cinco segundos a que se restableciese, pero no se movía. Cinco segundos que se me antojaron horas. Grité un "F-U-E-R-A" y se hizo el silencio a mi espalda. Silencio generalizado. Pedí a través del micrófono agua fría al Correa en la barra. Creo pedí el agua unas doce veces en diez segundos. Vi un remolino de gente atendiendo al chaval en el suelo, aún inconsciente. Vi a Lolo con las manos cubiertas de sangre tras darle la vuelta al chaval. Y me llevé la mano a los ojos para no ver nada durante un rato. No quería ver más.
Tiré el micro al suelo y bajé del escenario a coger aire que fuese un poquito menos impuro. Momento que aprovechó la gente para venir a felicitarme. Para decirme que eso de tirarme por el suelo les parece fenomenal. Para preguntarme si a una ambulancia se la llama en el 112. Para invitarme a una cerveza. No sé, yo tan sólo precisaba engullir aire fresco. Y un leve sentimiento de culpabilidad, muy leve, dormía sobre mis hombros tras lo ocurrido. En el paseo volví a acercarme al chaval. Ya había recuperado la conciencia. Aparté a tres o cutaro curiosos que se estaba fumando plácidamente su cigarrito a escasos palmos de su cara. Seguí deambulando. Charlando con unos y con otros. Recuperando la sonrisa poco a poco. Llegó la ambulancia. Lo atendieron in situ. Se lo llevaron con sus luces parpadeantes al hospital más cercano.
Correa nos pidió que acabasemos lo que habíamos empezado. Y así procedimos. Faltaban tres canciones por desparramar. Unos cinco minutos de actuación. Que procuraríamos vomitar en tres. La versión de R.I.P., La Balada del Mercurio y Los Lobos (Están Hambrientos). Fin del recital apoteósico en el escenario. Abajo un enorme vacío y un charco de sangre. Luego vinieron las felicitaciones. Las invitaciones a todo. El reposo del guerrero.
Valga decir, a modo de puntualización final, que a eso de las 3am volvió el chico. Puntos en los labios. Moratones por toda la cara. Pero bien por dentro. Esbozando la diminuta sonrisa que su maltrecha boca le permitía. Nos pidió disculpas. Le pedimos las nuestras. Le regalamos el CD, la samarra y la txapa. Abrazos. Y todo quedó en un susto. Y en un charco de sangre.
domingo, 29 de julio de 2007
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