Eufemia Rodríguez Pita. Así se llamaba ella. Pero todo el barrio la conocía como La Alondra.
La Alondra tenía encomendada una tarea de esas que nadie te encomienda pero que acabas asumiendo como propias. La Alondra esperaba agazapada tras las cortinas de su ventana hasta que dejaba de llover. Justo en ese momento bajaba las escaleras a toda velocidad (bueno, a la velocidad punta que puede coger una señora octogenaria, a no ser que salte desde un ático porque en ese caso su velocidad sería de nosecuantos metros por segundo al cuadrado...) y, gamuza amarilla por un lado y marrón por el otro, dedicaba su tiempo muerto a secar a las palomas que habían permanecido bajo la lluvia.
Se esmeraba en su trabajo. Pasaba su gamuza por todas y cada una de las plumas de las palomas. Ellas se arremolinaban a su alrededor. Incluso algún gorrión, disimulando entre sus saltitos, se ponía a la cola del zafarrancho de limpieza de La Alondra.
Sentada en un taburete de madera, idéntico a los que usan los limpiabotas de Las Ramblas de Barcelona, y con una sonrisa en sus labios se dedicaba a su labor entre gorgoritos y peleas de palomos en celo con el pecho tres tallas más grande de lo debido. Pensaba para si misma que seguro que su vida sería harto más relajada si no viviese en su Vigo natal. Pero así era. Y ya era tarde para lamentarse por ello.
Ese día en concreto era un martes. Un martes negro que empezó con lluvia y acabó con una bandera a media asta y un crespón negro colgando. Mientras La Alondra tarareaba un antiguo cuplé, un vehículo que circulaba a excesiva velocidad le pasó por encima. Un chico demasiado joven para tan magno desaguisado. Para tanta sangre. Era demasiado joven hasta para su edad. Se llevó las manos al rostro. Se encerró en sus lágrimas. No pudo ni oír, en su llanto desconsolado, el abrir de las ventanas del vecindario. Estaba roto por dentro. Y por fuera.
A ese chico, desde ese día, le llamaron El Farru. Pero eso... Eso ya es otra historia.
lunes, 9 de julio de 2007
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