lunes, 16 de julio de 2007

Jueves, ya no eres un día cualquiera...

Nunca en mi vida había abortado misión con tanta celeridad. Salí de mi casa poco antes de las 10am. Un café en el bar de siempre. Un llenar el maletero con lo imprescindible. Un sacar a Willie de las tripas de mi parking. Un meterme en la Ronda de Dalt y verme atrapado en la telaraña de los que viven empecinados en ir a trabajar. Un salir de la Ronda de Dalt en la siguiente salida. Y abortar misión, de momento, engullendo el segundo café con hielo de la mañana.

Ahora sí. Serían las 10.30am aproximadamente. Subo a la grupa de Willie y ponemos rumbo al Norte. Táfico fluido. Acelerando. El iPod desgranando clásicos encadenados. Acelerando más. A sabiendas del asco que me produce España, y que me suele mermar la salud, opto por llenar el depósito en la última gasolinera de Catalunya. Y vuelta a acelerar. Y canturrear unas, y berrear otras. Y en poco menos de cinco horas Willie apoya su cabecita en la acera. Estamos en Santurtzi.

Llamar a Ira. Besar a Ira. Abrazar a Ira. Acompañar a Ira al cole a buscar a Ibai. Recoger a Ibai. Intuir que el pelo largo con barba en las guarderías causa un impacto demoledor. Sentarnos los tres a tomar algo. Un par de pinchos para mí. Ira, que vacila de entrada más de lo debido, no me trae una guindilla sino tres ensartadas en un palillo. Me veo obligado a demostrar mi hombría. Me como también, de refilón, un pintxo de tortilla. El café con hielo de Ira lleva en su interior una rodaja de naranja tamaño euskaldun y una de limón tamaño común. Son raros los vascos, muy raros... Ibai me sigue escrutando con sus dos ojazos. Le vacilo como suelo. Se me advierte que el vacile se me devolverá multiplicado por ene. Así será, en efecto. Ibai se toma su zumo de piña, que no de pizza, y ponemos rumbo a casa de Ira a dar de comer a un gato.

Hola gato. ¿Eso es un gato? Tiene el tamaño de una oveja. Tiene el pelo más largo que una oveja. Se tumba en el suelo con las patas hacia arriba. Maúlla. Es un gato. Precioso. Es El Gato. E Ibai se saca de la chistera un globo. Bien sabido es el asco que me producen los globos. Me dan dentera. Pero una sonrisa de niño bien merece el esfuerzo. Lo hincho repetidamente. Lo deposito en manos de Ibai. Lo suelta repetidamente. El globo vuela a lo loco repetidamente. Nos reímos repetidamente. Y nos vamos a tomar un café a Portugalete. No, Ibai no. Ibai se toma otro zumo y una bolsa de patatas, tranquilos/as. Ya nos hemos hecho amigos. Los escalofríos del látex en mi boca han valido la pena. El Gato no ha balado, pero no me habría extrañado lo más mínimo.

Camino a Portugalete me recreo en uno de esos detalles absurdos que me fascinan. Una auténtica bilbainada. Los autobuses que deambulan por las calles, lo hacen con el dorsal número 3.333, 3.335, 3.331... ¿Cuántos autobuses hay en Santurtzi? Si tengo toda la impresión de que en Barcelona el número más alto que he utilizado ha sido el 89... Son de lo que no hay. Llegamos a bordo de uno de ellos a Portugalete. Madre mía, lo primero que pienso al pisar sus calles en la cantidad de Speed que consumí en mi adolsecencia cuya Denominación de Origen era precisamente la de aquel lugar. "Tengo Speed de Portugalete, del rosita" decía mi proveedor habitual. Y allí estaba yo.

Fuimos a buscar unas llaves de una habitación de pensión para unos amigos de Ira (amigos suyos, yo no les conozco de nada, luego os cuento...). El hostalero gasta un aliento a Moriles de puta madre. Cojo a Ibai en brazos, pongo cara de atender unas indicaciones de como llegar a la habitación, de como encender las luces, de como activar una alarma; pero no hago mucho caso. Me estoy pegando unas risas con Ibai y delego ese asunto en manos de Ira. Luego se lo tenemos que explicar a los inquilinos. Eso lo delegaré también en ella. Nos tomamos dos cafés por barba. A modo de pintxo me tocó lidiar con los vaciles interminables de Ibai. Tiene la extraña costumbre de responder con un "¿Eh" a todas y cada una de las preguntas que se le formulen. Hasta la extenuación. Con tanta frecuencia que, cuando le preguntas algo, ya oyes en tu mente el "¿Eh?" un segundo antes de que salga de sus labios. Ya sale. Infinitamente. Sale. Seguro. Sí. Sale. Siempre sale. ¿Eh?

Vuelta a casa de Ira a dejar a Ibai en su abrevadero. Procedemos a ello. En el camino de regreso a su casa pasamos por debajo del puente colgante para atravesar la ría. Si coges la barquita te cuesta unos 27 céntimos. Si lo cruzas caminando casi cinco euros. Vascos... De allí a casa de su abuela. Lo que será mi campamento base. Dejo los bártulos. Nos fumamos unos cigarros en el balcón de la dueña de la casa. Y comparto con Ira la charla que nos debíamos desde hace unas semanas. Charla seria. Nos tocaba. Una delicia de charla. Espero que Ira sepa deshacer todos los nudos de su soga. Estoy convencido de que así será. Y de que le va a costar horrores también estoy seguro.

Vuelta a Portugalete. A recibir a los amigos de Ira (que míos no son, repito). Pueblo moribundo donde los haya un jueves por la noche. Cenamos un kebab cada uno. No está mal, pero comer un kebab en Bilbo no debe ser ni medio legal... Ntchs. Justo después llegan los amigos de Ira. Dios mío... Menuda banda de freakies se baja de la furgoneta que los transporta... Aspecto de jugadores de rol empedernidos. De esos que en Japón dicen tener el síndrome de hikikomori y viven parapetados en sus habitaciones con el ratón del ordenador en una mano y el mando de la Play en la otra. Dos de ellos se quedan en la habitación de la Pensión Moriles. El que tiene dos cejas luce un flequillo acartonado por el sudor. El que luce una ceja no quiero ni mirarlo de cerca. Banda...

Camino de regreso. Dirección cama. Una Heineken en terracita. La mar de agradable. Le comento a Ira que mañana compre una Tranchetes por si los dos que duermen en la Pensión Moriles se niegan a salir y hay que alimentarlos por debajo de la puerta. Y tras la caña, la charlita y las risas nos vamos a dormir. Subo a mi habitación. Me ducho. Me fumo un piti en el balcón de la abuela. Hago balance del día vivido. Me es favorable. Me meto en la cama. Acompañado por un tic-tac de reloj que no me permite dormitar. Echo de menos a Benito. Me gustaría tenerle en las mano para apretarle la tripita llena de serrín. Al final sí. Caigo dormido como un bebé. Suelto todas las zetas que guardaba en mis pulmones.

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