Me levanté el sábado destrozado. Muy cansado. Salí a la calle. Me tomé un café en el mismo bar de los escudos de fútbol. Salí con todo mi equipaje imprescindible con la intención de ir a casa de Ira. Pero me perdí por el camino. Iba pensando en mis cosas. Y había delegado tanto esos días que no tenía ni la más reomota idea de hacia donde debía caminar. Llamadita de teléfono a Ira. Le dije las coordenadas dende me hallaba perdido. Vino a recogerme. Desayuno en un bar. Una lonchita de jamón ibérico durmiendo sobre una rebanada de pan. Y una tirita de pimiento verde asado a modo de edredón. Y energías recuperdas. Y coger un autobús, que sería el tres mil y pico también seguro, porque no estábamos para paseítos bajo un Sol de justicia.
Llegamos a casa de Ira. Pasamos las fotos de Björk de mi cámara a su portátil. Las miramos junto a Jone. Recogí mi chiringuito y vuelta al lado de Willie. Despedida de Ira. Abrazos. Muchos. Besos. Más. He pasado a su lado un par de días inolvidables. Le dejo en el bolsillo sin que se dé cuenta un trozo de mí. Y le robo un trocito de ella para llevármelo conmigo. A ver si la puedo convencer de que se venga al concierto que damos a finales de mes. Ya tengo ganas de volver a verla. Te Quiero, Ira.
Le pido a Willie que me lleve a Villarcayo. Que esta es una noche de rock and roll, como dirían los Barricada. Viajecito placentero. Con el mal rollito de despedirme de Ira en contraposición con las ganas de encontrarme con Adicto y familia. En una horita y media me planto en Villarcayo. A la misma hora exacta llega Adicto. Nos llamamos. Nos citamos en un parking con cesped. Abrazos. Besos a Eva (que luce brazo en cabestrillo). Sillas plegables. Bocadillos de atún. De queso. De jamón. Foie-Gras Mina. Un paraje cojonudo. Un café con hielo en el bar más cercano. Unas risas. Muchas.
Nos acercamos al recinto del concierto. Adquirimos la entrada. Nos ponen la pulserita del Morcilla Rock. Llamamos a los The Capaces. Aún en la carretera, dicen. Volvemos al césped. Me pongo el bañador. Nos tumbamos en lo que los lugareños llaman la playa. Me doy un bañito rejuvenecedor. Me sabe a gloria. A estas alturas del festival llevo el pelo como Pumuki pero me importa bien poco. Apalanque en la toalla. Medio dormido. Observo las púberes generaciones del entorno. La chavalada ya no se amenaza como antes. Antes con un "o paras o te parto la boca" quedaba más que aclarado el asunto en disputa. Ahora se dicen "o paras o te hago una foto y la culego en Internet". Igual de contundente y amenazante, cierto.
Horas más tarde nos acercamos al recinto. Y entramos. Ni rastro del olor a Morcilla. Por lo que no dudamos y pedimos las primeras cervezas del festival. Dentro nos encontramos a Francesc. Y luego a los Capaces. Saludos. Encaje de manos. Abrazo y besos a Martillo. Risas. Más cervezas. Muchas más. Más. Un no parar...
Retahila de conciertos con más bien poco interés. La fiesta la portábamos en nuestros vasos. Grupos de rock and roll más bien cansinos uno tras otro. No hay mejor definición que la dada por Adicto a esas alturas: "No se veía una txapa igual desde Woodstock". Y nosotros a lo nuestro, que eran cervezas ilimitadas, correrías al lavabo, volver, beber, volver al baño... Así hasta que a eso de la una de la madrugada subieron al escenario los Capaces. Nos acercamos vasos en mano a primera fila. Un conciertazo como suelen ellos. Brutales. Pero no tocaron "Born To Punk" y se lo tuve que reciminar al acabar. Ntchs. Ahí les va una foto conmemorativa.

Rondando las 4am, y a mitad de actuación de los Muletrain, despedidas y regreso a dormitar un ratito. Me tocó dormir en el techo de la furgo de Adicto. Se oía un jaleo en el exterior de la misma que no me dejaba conciliar el sueño. Habría salido a regalar dos bofetones, pero el sueño se acabó apoderando de mí.

No hay comentarios:
Publicar un comentario