lunes, 29 de enero de 2007

¿Qué te pasa, Power?

Hoy he ido a casa de Power. No le veía desde Reyes. Y tenía muchas ganas de él. Me dijo mi mamá que llevaba unos días un poco enfermito, y me he acercado con la intención de hacerle reír un rato.

He encontrado a Power bajo una manta. Estoy viendo Los Lunnis, me ha dicho. En la pantalla de su televisor estaban Los Goonies. ¿Qué sabrá él? Si tiene cuatro añitos sólo... Si realmente le interesase lo más mínimo lo que aparece en la pantalla estaría viendo otra cosa. No sé. ¿Reservoir Dogs? El caso es que tras las primeras risas y el principio del follón habitual entre los dos me ha dicho que está malito y que se tiene que portar bien. Le he dejado proseguir con su visionado en calma. La siguiente vez que le he visto deambular por la casa ha sido cabeza abajo por las escaleras que llevan al primer piso de su casa. Ahí le han gritado sus progenitores al unísono y ha vuelto a su habitación sin rechistar. Luego le he oído llorar desde abajo. He subido. Le he cogido en brazos. Y tenía la frente con una temperatura que no era ni medio normal. Fiebre. Medicamento con sabor a mandarina (o eso dice él) y vuelta a la cama.

Yo, tras soportar una chapa grandilocuente realcionada con mi futuro laboral (el mismo del que que no me gusta hablar demasiado) me he vuelto a mi casa. Le he dado un par de meneos a Fígaro antes de salir de su casa y he pisado el acelerador con ganas para llegar cuanto antes.

Ducha. Pijama. Coca-Cola con dos cubitos de hielo. Un Marlboro. Luego otro. Y he empezado la remezcla definitiva del cedé de Parroquianos. Tengo ganas de ir cerrando proyectos abiertos, que se me acumulan. Luego me liaré con el cedé de Colaboración Ciudadana. Luego vendrán los Sotovocces. Rematar algún guión que dejé a medias en su día. El proyecto de teatro con y Mo. Apuntarme a un gimnasio. Dejar de fumar. Aprender a ir en bici. Montar en globo. Lo de siempre, vamos. Seguir soñando.

Pero a estas horas poco puede hacer uno ya más que fumarse el último cigarro del día junto a Selene. Contarle mis confidencias hasta que se ruborice. Hablarle de ella. Luego meterme en la cama. Repasar una a una sus palabras. Cerrar los ojos. Cerrar los puños. Sentirla cerca. A mi lado. Sentir sus pies rozando los míos. Lo de siempre, vamos. Seguir soñando.

Antes de irme. La canción de hoy. Mis querídisimos Fantômas recreando el tema de Twin Peaks: Fire Walk With Me. Una auténtica delicia la voz aterciopelada de Mike Patton sumida en ese caos acústico que me transporta siempre lejos de aquí.

domingo, 28 de enero de 2007

Lonchas de Chorizo

Ayer fue jornada diabólica. Una más. Ayer tocaba descargar toda la ira en Viladecans. En el CSO Los Timbres. La velada empezó como suelen empezar todas las veladas de este tipo. Tres bandas. Trece personas en total. Ninguna batería en la sala. Y el consabido Ah! ¿Pero no la traíais vosotros?

Los organizadores se apremiaron en conseguir una batería y, tras la cena a base de embutidos y pà amb tomàquet, optamos por abrir nosotros mismos el recital. Por mi estado de salud más que nada...

Empiezo a tener la convicción de que cuando peor nos suena a nosotros cuatro, más lo disfruta la gente. Poco público, pero ojos como platos y bailoteos varios. Se portaron bien los chavales. Arriba, en el escenario, ambiente distendido y muy poco nerviosismo previo. Lo agradecí. Yo estaba para pocas ostias. Un par de revolcones. Otro par de empujones a desconocidos. Un garbeo por la sala micro en mano. Y un final de repertorio realmente demencial. No hay instante más dulce para mí que esos últimos estertores en la garganta. Ese tramo final de Los Lobos (Están Hambrientos) siempre me sabe a gloria. Tengo la certeza, aunque nunca lo haya visto con mis propios ojos, que en esos momentos abajo, la gente, tiene que estar gozando el show.

Tras el concierto empezó mi calvario. Si bien la garganta salió más que airosa del recital. No puedo decir lo mismo de mi cabeza. Salí de allí dentro con la cabeza a punto de estallar. Rozando la náusea. Las cervicales destrozadas. Sudor frío. Ganas de nada. Aproveché el momento en que me invitaron a golosinas para abandonar definitivamente la sala. Unos minutos de charla con El Señor X. Me monté en mi coche y puse rumbo a casa.

Iba a ochenta por la autopista y me parecía una temeridad. El sudor frío seguía recorriendo mi frente, incluso con la ventanilla bajada del todo. Cada vez más angustia. Más náuseas. Entre la salida número catorce y la trece de la Ronda de Dalt me vi obligado a detener mi vehículo. Warning. Arcén. El tiempo justo de dar la vuelta a mi coche por su parte posterior. Inclinar mi cuerpo hacia delante. Atrapar la melena con una mano. La otra apoyada en el capó. En dos empujes consecutivos saqué fuera de mi cuerpo toda la cena y todo el líquido engullido esa noche. Una cerveza, una Pepsi, un café con leche y casi un litro de agua. Vi salir volando desde mi boca las lonchas de chorizo de la cena como si fuesen shurikens. En ese momento pensé que debería hacer un esfuerzo por masticar más la comida. Engullo como un pavo. Siempre.

Tras el escupitajo de rigor que sucede a toda buena trallada, y habiéndome quedado como Dios, procedí a volver a entrar en mi coche. Fue justo en ese momento cuando vi al otro lado, en el sentido contrario de la Ronda, un sinfín de luces parpadeantes azules. Y más de cuarenta vehículos detenidos esperando para soplar en los tubitos de plástico de los agentes de Tráfico. Ignoro si me vieron, gracias a los arbustos que separan ambos sentidos. Si alguno me vio debió considerar que, tras esa potada, era de lerdos hacerme ningún control. Ya me encontrarían quinientos metros más adelante empotrado en algún túnel al más puro estilo Lady Di...

Llegada a casa. Limpieza bucal. Caí rendido bajo mi nórdico. O dejo de lado un poco el rocanrol, o empiezo a cuidarme un poquito. Creo que optaré por lo segundo.

sábado, 27 de enero de 2007

Espera, espera... Ya verás...

El día de hoy ha sido el primero de los que me he aventurado a salir a la calle desde el affaire de las anginas. Y puedo constatar que en mi barrio hace un frío que no es ni medio normal de buena mañana. He pensado que, un día de éstos, me levantaré a las siete como cuando curraba. Bajaré a la parada del autobús a reunirme con la gente de siempre. Con las mismas caras y las mismas solapas de chaqueta elevadas hasta las orejas. Me plantaré allí con las dos manos en mis mofletes, moviendo la cabeza levemenete de un lado al otro. Con mirada incrédula. Y cuando todos me miren les diré: ¿Qué hacemos? ¿Vamos a tomar un café o nos volvemos a la cama?

Eso lo haré un martes, que siempre fue mi peor día de la semana. Porque aún tienes toda la semana laboral por delante y todavía es martes. Sin embargo siempre adoré los lunes. Porque el lunes, tened ésto en cuenta, queda una semana justa para que sea lunes. Es una bendición del calendario como otra cualquiera.

Hoy he tenido que ir a Tráfico. Resulta que el sábado pasado un Guardia Urbano tuvo a bien requisar mi carné de conducir. Está caducado, ¿lo sabe? me dijo. Cómo no lo voy a saber, si es mío. El caso es que se lo quedó. Y no contento con eso me amenazó con inmovilizar mi coche. Mi Willie. No le dije nada por no liarla del todo. Pero pensé que eso no parece muy legal. No al menos habiendo en el interior del vehículo más ocupantes que pueden, todos ellos, tener el carné en vigor. Y como mi coche es mío se lo dejo a quien me sale de lo djembes. Pero supongo así se sentía más fornido y varonil, aquí, el Pitufo. Normal, se ha acabado la tregua y vuelven a estar con el asterisco posterior más tenso de lo habitual.

Tráfico es un sitio fenomenal de esos en los que te hacen esperar en muchas colas diferentes para hacer los mismos trámites una y otra vez. He empezado por el reconocimiento médico. Me apasionan. ¿Toma usted alcohol? ¿Consume usted drogas? He respondido con la misma cara que pongo cuando me ponen los auriculares y me dicen levante usted la mano por el lado que oiga el sonido. Le ha tenido que dar volumen al trasto porque yo permanecía ingrávido en mi sordera. Al salir me ha preguntado si trabajaba con maquinaria de alto volumen. He respondido con tan sólo tres palabras: Rock And Roll. La chica ha sonreído y he aprovechado para decirle que me he puesto los auriculares al revés. La letra L en la derecha y la R en la izquierda. Dice que no, que allí los ponen siempre así. Pues bueno. Pues vale. Pues me alegro.

Con el carné provisional que me impide viajar al extranjero, pero que aún así me iré a Zaragoza un día de éstos y si me paran que les den por el orto, en el bolsillo he ido con Mò a un bar de lingote de plata a tomarnos una Moritz. Nos han regalado una botella de Fritz-Kola. Una delicia de refresco, os lo recomiendo. Allí el camarero nos ha contado sus aventuras en Hamburgo y como llegó a Barcelona a bordo de un autocar en el que, efectivamente, rezaba un letrero con el nombre de Ciudad Monstruo. Todo un personaje. Volveré un día de éstos a charlar con él un rato. Me gusta mucho la gente como él. Y me ha prometido me guardará otra Fritz-Kola.

Por la tarde han vuelto a agarrar mi mano con fuerza. Todo el rato. A éste respecto ya no sé ni que escribir. Es todo tan especial que luzco una sonrisa con forma de plátano todo el día en mi boca. Me duermo cada noche con esa sonrisa. Y me despierto de igual forma. Es una de esas ironías que me apasionan tanto. Es la certeza de saber que vivo un sueño antes, durante y después del ratito de sábanas.

Y mañana concierto de [el.devil] en Viladecans. Tengo ganas de mañana. Tengo muchas ganas de berrear como un licántropo a mi luna de color rojo. Espero la garganta se comporte. Eso ya casi mejor os lo cuento mañana. De momento, antes de irme a dormir, voy a engullir la última canción del día. Hoy Espectáculo, de Iván Ferreiro.

jueves, 25 de enero de 2007

The Wolf Is Loose

Casi lo olvido... Hoy el Baobab precisa sustentarse sobre sus raíces. Hoy toca dormirse entre redobles y acordes demoníacos. Hoy toca Mastodon. Hoy, The Wolf Is Loose. Permitan me deleite en mi propio regazo. Delicioso...

Ósculo Oscilante

Hoy me ha venido a la cabeza un fogonazo. Un movimiento de caderas de llamas de chimenea. Una sombra de mi cuerpo que se alarga y se retuerce al ritmo del crepitar de la leña. Un inmenso calor.

No me quito de encima estas malditas anginas. Si no fuese tan cobarde me metería por la boca una maquinita de esas de hacer bolas de helado y me las extirparía yo mismo. Lo que los sajones llaman DIY (Do It Yourself). Al menos hoy ya he podido tragar saliva sin tener que apretar los puños de dolor.

Espero que cuando vuelva a pisar la calle, mi 2mil7 me esté esperando en el portal con los brazos abiertos. Justo donde lo dejé. Apretando mi mano con fuerza. Como jamás antes la agarró nadie en esta vida. Hasta que se me amoraten los nudillos. Todo el rato. Seguro que sí. No puede ser de ninguna otra forma.

Este fin de semana me asomaré a mi cajero automático y, si lo veo factible, me homenajearé a mí mismo en Los Asadores. Estoy de sopas y consomés hasta los mismísimos. Llevo media semana alimentándome con pajita. Que dicho así parece una muy buena opción, si, lo sé. Pero son pajitas de las otras. De las que te ponen en los bares de gafapastas barceloneses. Los mismos bares en los que las cervezas no las tiran, te las ponen, para que no se malgaste ni una gota de ese líquido elemento.

Hoy también la he visto bailar. Todo el rato. Ora cerca, ora lejos. Ora en mi regazo, ora diminuta en el horizonte. Y me encanta verla bailar. Me encanta imaginar su ceño fruncido corriendo por todas las opciones del abanico. Intentando buscar una explicación racional a todo. Incluso a lo que no tiene explicación, ni falta que le hace. Y así pasa todo el día. Todo el rato. Y puede que yo no esté para muchos bailes desde el día en que se fue de mi lado. Pero bailaré con ella. Tanto como haga falta. Todo el rato. Porque ella, no me cabe la menor duda, lo vale.

¿Y mañana? Pues no lo sé. Puede que esta noche me bese un ángel y mañana amanezca pletórico. O puede que engulla otra taza de consomé del que me hace mi mamá. No lo sé. Ni me importa demasiado ahora mismo. Sea como sea cerraré los ojos. Apretaré los puños. Arrugaré mis pies como lo haría ella. Y volveré a ensimismarme con su baile. ¿Hasta cuándo? Esa es la más fácil de todas las preguntas. Si. Lo haré todo el rato.

jueves, 18 de enero de 2007

[Magic] II

Un portal desconocido. Unas risas conocidas. Un pasillo desconocido. Unas risas conocidas. Una oscuridad desconocida. Unas risas conocidas. Y una música familiar. Y una iluminación familiar. Y un viejo que no lo es tanto. Y un bajista más que alto. Y un trocito de mi alma justo a mi lado. Y un licántropo, por el suelo, endemoniado. Y fuera, al otro lado, no a ese otro sino a mi otro lado, dos trocitos de alma sonriendo, abrazando. Cada una de ellas, con su varita en su mano. Unas risas conocidas.

Alguien ha pulsado un botón. Alguien tuvo que hacer algo. Alguien, algún ángel de la guarda o alguna hada madrina, ha apostado por mí en su casino. Alguien se tomó en serio mis burlas al calendario. Y lo rompió en mil pedazos. Y ese alguien se empeña, por activa y por pasiva, en tenderme sus brazos.

Y no soy de esas personas que dejan pasar la oportunidad de ser feliz. Me suelo agarrar a esos tablones de magia como lo haría un náufrago en su naufragio. Como lo haría un suicida al tendedero del primero segunda. Como lo haría una beata a su escapulario. Con la misma fuerza con la que ella coge mi mano.

Ya no sé si dar las gracias, o si no perder más tiempo y seguir caminando. Ya no sé si esta sonrisa que me ensalivé hace vente días tiene fecha de caducidad. Seguro la tiene. Seguro que sí. Pero también sé que mi bolsillo izquierdo está repleto de ellas. Creo que alguna de esas hadas se ha hecho una copia de mis llaves y, mientras duermo, rellena ese bolsillo una y otra vez. Puede que hasta me tape hasta el cuello. Puede que hasta bese mi mejilla en mitad de la noche.

Y yo cada vez duermo menos. Cada vez menos vueltas de la manecilla del reloj que no tengo. Porque no quiero perderme nada. Quiero tener los dos ojos bien abiertos. Quiero empaparme de todo lo bueno. De todos los colores que no veo. De mi saquito de grises.

Gracias a todos/as por todo. Gracias Mo. Gracias Mò. Mil gracias. Os quiero.

miércoles, 10 de enero de 2007

By-Pass en Standby

Pues parece que si. Parece que la vida me sigue regalando la mayor de sus sonrisas. Parece que mi Sol se ha inoculado una dobledosis de calor. Y yo debajo. Yo entre sus brazos. Entre sus rayos. Bebiendo calor.

Días de vinos. Días de risas. Días de todos y de mí. Días de entrar, salir, no avisar, no decir. Días de dibujar corazones en un papel y luego estrellar ese papel en el fondo de una papelera acostumbrada a engullir ceniza y colillas. Incinero mis recuerdos en cada calada. Lo convierto todo en humo. Y el humo en ceros. Entorno mis ojos para mirar hacia adentro. Para buscar mi reflejo sin espejo. Para encontrar a ese niño que solté de la mano no hace demasiado tiempo.

He dedicado muchos minutos de mi reloj (que, en efecto, no tengo) a pensar en cómo sería ese encuentro. En adornarlo con mil guirnaldas. En sonidos de trompetas flotando. En Jack Johnson sentado al borde del camino, justo en el punto intermedio entre él y yo, entonando Better Together con una media sonrisa ensalivada y pegada en su rostro.

Ya le veo llegar por el camino. Es él, no hay duda. La cabeza levemente torcida. Sus andares. Apreto mis manos cerrando mis puños para que, cuando le abrace, no me note los dedos ateridos por el miedo. Cada vez más cerca. Cada vez más Sol...

lunes, 8 de enero de 2007

Sedimentos

Parece que las horas van cumpliendo la función para la que fueron creadas. Poco a poco todo va asentando. Todo va volviendo a su cauce. Y la calma vuelve a situarse en lo más alto de la atalaya. Presidiendo mi reino. Mi mundo. Mi rincón.

He dedicado un ratito a mí. Y otro. Y otro trocito del pastel también me lo he comido yo. Y ayer hice lo mismo. Y me siento como hacía tiempo no me sentía. Ahora que nadie espera nada de mí, ahora que el mundo se arrastra ante mis ojos, ahora que es la inercia la que ha tomado las riendas; ahora me es todo mucho más sencillo. Me sabe mejor el vino. Dedico horas del reloj (que no tengo) a contemplar el mundo. Tan sólo he de elevar mis pupilas un centímetro por encima del libro que sujeto entre mis manos. Y allí estáis. Todos perfectamente alineados. Mis allegados, ninguno, perfectamente alienados.

En El Ascensor hoy me han dedicado dos gotas de vino más dulces que el resto. La primera ha sido una mirada cómplice desde otra mesa que he desechado. La segunda el Roads en voz de Portishead. He aprovechado para mecer mi libro sobre mi muslo. He dado otro sorbo a mi copa de tinto. Y he podido sentir las lágrimas de alcohol recorriendo mi graganta por dentro. He devuelto cortés la mirada cómplice. Creo que ella la ha guardado en su bolso, junto a las otras (supongo).

Al acabar la canción he dado el último de los tragos que quedaba en el interior del cristal. He apagado mi colilla en el cenicero, ya empezaba a rebosar. He dejado anclado en el lugar indicado al punto de lectura. Me he puesto mi americana y he sacado mi pelo, momentáneamente atrapado, al exterior. He guardado el libro de bolsillo en el lugar para el que fue diseñado. Y, sobre la mesa, junto a mi copa, dejé la mirada cómplice. Espero alguien la recoja. Y espero nunca marchite.

sábado, 6 de enero de 2007

[Magic]

Arranqué de un firme estirón el cable que me mantiene conectado a este, vuestro mundo. Tras el crujir inevitable del tirón propiamente dicho, se cubrió el cielo de calma. De pausa. De silencios sonoros. De tranquilidad.

Volví a detener mi corazón para cambiar el bombeo de sangre por el de gasolina. Hundí con fuerza mi pie derecho sobre el pedal del acelerador. Puse a dormir la aguja del cuentakilómetros con la almohada en su lado derecho. Subí el volumen. Bajé cuatro dedos la ventanilla. Encendí un cigarro. Y procuré mirar muy poco más allá del humo que salía de entre mis dedos. Lo justo para no estrellarme. Lo justo, también, para que el espejo retrovisor no diese abasto a borrar pasiajes.

He vuelto a dar una nueva vuelta de tuerca al reloj (que no tengo). Si el mundo se empeña en otrogar venticuatro horas a un día cualquiera, yo decidí concederle venticinco a un día especial. Nunca me he conformado con lo que se me ofrece. Es una especie de bulimia generalizada. Rara vez he tenido la sensación de saciarme en esta vida. Siempre quiero más. Incluso lo quiero todo. Lo quiero ya. Ahora.

He recuperado la flexibilidad en la parte interior de mis rodillas. He apuntalado las vertebras de mi columna vertebral. He erguido mi espalda. He aprendido. Me he empapado. He buceado dentro de mí. Me he reído conmigo. He llorado porque el nervio ocular no daba más de si. Me he desencajado la mandíbula como una boa constrictor. Me he reído del mundo también. No soy de nadie. No tengo nada. No vivo en ninguna parte. Justo ahora lo tengo todo. En todas partes.

En mi coche. Dentro de mí. En el aire. Flotaba, entre nubes de humo y una mueca de sonrisa ensalivada, The (International) Noise Conspiracy. Capitalism Stole My Virginity.

miércoles, 3 de enero de 2007

Química

Cogemos, por un lado un tubo de ensayo. Cogemos por otro lado un martillo de cabeza de acero. Golpeamos con firmeza el tubo con el martillo. Miramos hacia abajo. El suelo se cubre de cristales. Lanzamos el martillo hacia atrás por encima de nuestro hombro. Miramos hacia atrás. No vemos el martillo. La ventana estaba abierta.

Una vez efectuado este experimento de una forma mecánica. Sin pensar. Ni antes, ni durante, ni después. Ya podemos empezar a mezclar los ingredientes necesarios para efectuar el siguiente expermiento.

Cogemos una dobledosis de ternura. Una mirada firme de refilón. Una boca reflejada en un retrovisor. Cogemos también una sonrisa, dos carcajadas, y una bolsa llena de cáscaras de mandarina. Y una tijeras sin punta. Y un balancín sin punto de apoyo. Y la complicidad del silencio. Y el silencio de un preso. Y también una pizca de miedo. Y un dolor desconocido. Y una mirada efervescente. Y un gato de trapo. Y un susurro de bolsillo. Y no olvidemos un bolsillo para guardar ese susurro. Ni una mañana de Enero bajo el Sol. Ni mucho menos engullir un café con leche en la playa, para que entre por un agujero de la nariz el olor torrefacto y, por el otro, el del salitre. Cojamos también, por si acaso, un sacacorchos bien afilado. Y una espátula de zinc y una cuchara de palo. Un transistor. Un escalpelo oxidado. Una botella de nada. Y una silla de más para dejar los abrigos sentados. A nuestro lado.

Una vez tengamos todos los ingredientes, cogemos la sartén por el mango. Enfocamos las miradas para evitar distorsiones. Y nos miramos. Y nos olemos. Y nos tocamos. Y nos escuchamos. Y nos besamos (¿sino para qué diablos crearon el gusto?).

Y como todos sabemos que el corazón nunca miente.
Y que la cabeza se asusta como la de un caracol.
Y como todos sabemos que no hay papeles firmados.
Ni compromisos pagados.
Ni se suponen las cosas.
Ni se predica sin saldo.
Y como todos sabemos que la noche no es oscura, sino que nunca miramos.
Y que la suerte es esquiva y que por eso lloramos.
Y que mejillas saladas no suelen ser de tu agrado.
Y que el futuro es dorado, pero pisamos en falso.
Y que dejarlo fluir no es garantía de trato.
Pero me siento tan bien. Me siento bien a tu lado.
Que ni me planteo el mañana. Sería de necios, perderme este trago.
Y como todos sabemos que cuesta horrores ser fuerte.
Que cuesta una vida saltar de un acantilado.
Que duelen los golpes. Las piedras. Las costillas.
Pero que dulce es volar. Y aterrizar en regazo.
Pero que bueno es beber si hay vino tinto en tus labios.
Escuchar al mar. Ahogarlo de envidia. Tumbar encima de su espalda tu reflejo.
¿Cómo negarnos? ¿Dónde esconder la sonrisa?
¿Cómo negarle a la Luna este ratito de calma,
este silencio, esta brisa?
¿Cómo negarle un susurro de plata,
una sonrisa, un cuchillo de vida?
¿Cómo cerrar frente al pecho los brazos,
puediendo rodear, con las mías, tus manos?

lunes, 1 de enero de 2007

No sueltes mi mano, Power

He paseado por las calles del barrio que me vio nacer agarrado a la mano de Power. Antes de despedirse con un desconcertante Adéu Cutxi-Cutki, me ha hecho saber que este año los Reyes Magos le tienen que traer un sombrero raro con una flor. Y una planta carnívora.

Al llegar a mi humilde morada hipotecada he enganchado con imanes sus dibujos a mi nevera. Ayer fue un Calamar Gigante. Hoy ha sido un boceto de su planta carnívora engullendo una mosca. Y una especie de demonio con alas que se llama de una manera que ignoramos. Él y yo. Los dos. Xavi, su hermano, si sabe como se llama. Pero Power es incapaz de reproducir esa fonética en el orden correcto. Y yo me divierto distorsionando aún más ese nombre que ni a él ni a mí nos sirve para nada.

Me ha llamado la curiosidad, y mucho, que espere con anhelo la llegada de esos obsequios. He llegado a la conclusión de que él sabe mejor que nadie que no se ha portado demasiado bien, por lo que pedir un Caballero del Zodíaco sabe está muy por encima de sus posibilidades. Él con esquivar, con un grácil movimiento de cintura, la sempiterna postura de carbón ya se da con un canto en los dientes.

También he pensado que, a lo mejor Power, ya empieza de pequeño a reírse de su propio destino. Ya empieza a hacer burlas a los días venideros. Sube fuerte la criatura. Y mañana me toca ejercer de canguro en prácticas. Y mi misión para el día que ya empieza a dejarse entrever es acompañar a Power a buscar una carta de esas que dejan campos vacíos para rellenarlos de regalos. Y, como no sabe escribir, le va a tocar desempeñar esa función al paje contratado por ETT. Y ya sonrío entredientes pensando en cuando el paje escuche en voz de Power los requerimientos que les hace a sus Majestades subcontratadas. Creo que me debería llevar la cámara de fotos, ¿no os parece?

Bienvenidos/as al redil.

¿Ya estáis todos/as? ¿Si? Bien. Por empezar por algún sitio, quiero haceros saber que mientras engullíais una tras otra, al igual que lo haría un pavo, vuestra docena de uvas (que los más remilgados habían diseccionado para extrear sus pepitas) servidor estaba en el wc con el badajo en la mano. Y disculpen si les ha sonado grosero. Pero así ha sido.

Y no crean que me arrepiento. No, ni mucho menos. Para nada. Me he sentido como Gary Oldman tras ingerir una pastilla multicolor en León. He meado durante el impass que separa los cuartos que anuncia Ramón García y la camapanada número diez (a ojo de buen cubero). He sacudido el badajo para extraer hasta la última de sus gotas con la misma elegancia con la que Vincent Vega se prepara su chute en Pulp Fiction. Y he salido en el amable instante de besar y brindar. De repartir cariño entre los comensales más cercanos. Y mientras se saturaban las líneas telefónicas, yo he aprovechado para tirar de la cadena cuando nadie en toda esa franja horaria lo hace.

Os sigo llevando dos días de ventaja, amigos/as. Dos días que me han sabido a gloria. Y sus dos noches aún mejor que los días. Parece que, poco a poco, la Luna (mi Lluna) me vuelve a mostrar su cara más amable. Su rostro de plata. Sus hilos de argento. Hace días que no salgo a fumarme un cigarro a su lado. Hoy si lo haré. Hoy vuelvo a tener cosas que contarle. Hoy me vuelvo a sentir con las fuerzas necesarias para hacerla sonrojar de nuevo. En cuanto suicide este teclado procederé a ello. Me está esperando. Ya la oigo sonreir.

Alguien me dijo hace muy poco tiempo que el 2mil6 fue tan sólo un año para coger carrerilla. Y que el 2mil7 ha de ser el año del Gran Salto. Eso dijo. Me enganché de un salivazo una mueca de esas que hacer creer a la persona en cuestión que me he tragado el anzuelo. Eso fue entonces. Hoy he cambiado de opinión. Hoy he pensado en que no pierdo nada corriendo el riesgo de saltar de nuevo. Hoy he pensado en cogerme de su mano y no soltarme.

Pero no os quiero entretener más. Ni hacer esperar a la Luna (mi Lluna). Os dejo la primera de las pinceladas musicales que irán sangrando entre estos renglones.


* Ozzy Osbourne - Changes