Parece que las horas van cumpliendo la función para la que fueron creadas. Poco a poco todo va asentando. Todo va volviendo a su cauce. Y la calma vuelve a situarse en lo más alto de la atalaya. Presidiendo mi reino. Mi mundo. Mi rincón.
He dedicado un ratito a mí. Y otro. Y otro trocito del pastel también me lo he comido yo. Y ayer hice lo mismo. Y me siento como hacía tiempo no me sentía. Ahora que nadie espera nada de mí, ahora que el mundo se arrastra ante mis ojos, ahora que es la inercia la que ha tomado las riendas; ahora me es todo mucho más sencillo. Me sabe mejor el vino. Dedico horas del reloj (que no tengo) a contemplar el mundo. Tan sólo he de elevar mis pupilas un centímetro por encima del libro que sujeto entre mis manos. Y allí estáis. Todos perfectamente alineados. Mis allegados, ninguno, perfectamente alienados.
En El Ascensor hoy me han dedicado dos gotas de vino más dulces que el resto. La primera ha sido una mirada cómplice desde otra mesa que he desechado. La segunda el Roads en voz de Portishead. He aprovechado para mecer mi libro sobre mi muslo. He dado otro sorbo a mi copa de tinto. Y he podido sentir las lágrimas de alcohol recorriendo mi graganta por dentro. He devuelto cortés la mirada cómplice. Creo que ella la ha guardado en su bolso, junto a las otras (supongo).
Al acabar la canción he dado el último de los tragos que quedaba en el interior del cristal. He apagado mi colilla en el cenicero, ya empezaba a rebosar. He dejado anclado en el lugar indicado al punto de lectura. Me he puesto mi americana y he sacado mi pelo, momentáneamente atrapado, al exterior. He guardado el libro de bolsillo en el lugar para el que fue diseñado. Y, sobre la mesa, junto a mi copa, dejé la mirada cómplice. Espero alguien la recoja. Y espero nunca marchite.
lunes, 8 de enero de 2007
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