Ayer fue jornada diabólica. Una más. Ayer tocaba descargar toda la ira en Viladecans. En el CSO Los Timbres. La velada empezó como suelen empezar todas las veladas de este tipo. Tres bandas. Trece personas en total. Ninguna batería en la sala. Y el consabido Ah! ¿Pero no la traíais vosotros?
Los organizadores se apremiaron en conseguir una batería y, tras la cena a base de embutidos y pà amb tomàquet, optamos por abrir nosotros mismos el recital. Por mi estado de salud más que nada...
Empiezo a tener la convicción de que cuando peor nos suena a nosotros cuatro, más lo disfruta la gente. Poco público, pero ojos como platos y bailoteos varios. Se portaron bien los chavales. Arriba, en el escenario, ambiente distendido y muy poco nerviosismo previo. Lo agradecí. Yo estaba para pocas ostias. Un par de revolcones. Otro par de empujones a desconocidos. Un garbeo por la sala micro en mano. Y un final de repertorio realmente demencial. No hay instante más dulce para mí que esos últimos estertores en la garganta. Ese tramo final de Los Lobos (Están Hambrientos) siempre me sabe a gloria. Tengo la certeza, aunque nunca lo haya visto con mis propios ojos, que en esos momentos abajo, la gente, tiene que estar gozando el show.
Tras el concierto empezó mi calvario. Si bien la garganta salió más que airosa del recital. No puedo decir lo mismo de mi cabeza. Salí de allí dentro con la cabeza a punto de estallar. Rozando la náusea. Las cervicales destrozadas. Sudor frío. Ganas de nada. Aproveché el momento en que me invitaron a golosinas para abandonar definitivamente la sala. Unos minutos de charla con El Señor X. Me monté en mi coche y puse rumbo a casa.
Iba a ochenta por la autopista y me parecía una temeridad. El sudor frío seguía recorriendo mi frente, incluso con la ventanilla bajada del todo. Cada vez más angustia. Más náuseas. Entre la salida número catorce y la trece de la Ronda de Dalt me vi obligado a detener mi vehículo. Warning. Arcén. El tiempo justo de dar la vuelta a mi coche por su parte posterior. Inclinar mi cuerpo hacia delante. Atrapar la melena con una mano. La otra apoyada en el capó. En dos empujes consecutivos saqué fuera de mi cuerpo toda la cena y todo el líquido engullido esa noche. Una cerveza, una Pepsi, un café con leche y casi un litro de agua. Vi salir volando desde mi boca las lonchas de chorizo de la cena como si fuesen shurikens. En ese momento pensé que debería hacer un esfuerzo por masticar más la comida. Engullo como un pavo. Siempre.
Tras el escupitajo de rigor que sucede a toda buena trallada, y habiéndome quedado como Dios, procedí a volver a entrar en mi coche. Fue justo en ese momento cuando vi al otro lado, en el sentido contrario de la Ronda, un sinfín de luces parpadeantes azules. Y más de cuarenta vehículos detenidos esperando para soplar en los tubitos de plástico de los agentes de Tráfico. Ignoro si me vieron, gracias a los arbustos que separan ambos sentidos. Si alguno me vio debió considerar que, tras esa potada, era de lerdos hacerme ningún control. Ya me encontrarían quinientos metros más adelante empotrado en algún túnel al más puro estilo Lady Di...
Llegada a casa. Limpieza bucal. Caí rendido bajo mi nórdico. O dejo de lado un poco el rocanrol, o empiezo a cuidarme un poquito. Creo que optaré por lo segundo.
domingo, 28 de enero de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario