Arranqué de un firme estirón el cable que me mantiene conectado a este, vuestro mundo. Tras el crujir inevitable del tirón propiamente dicho, se cubrió el cielo de calma. De pausa. De silencios sonoros. De tranquilidad.
Volví a detener mi corazón para cambiar el bombeo de sangre por el de gasolina. Hundí con fuerza mi pie derecho sobre el pedal del acelerador. Puse a dormir la aguja del cuentakilómetros con la almohada en su lado derecho. Subí el volumen. Bajé cuatro dedos la ventanilla. Encendí un cigarro. Y procuré mirar muy poco más allá del humo que salía de entre mis dedos. Lo justo para no estrellarme. Lo justo, también, para que el espejo retrovisor no diese abasto a borrar pasiajes.
He vuelto a dar una nueva vuelta de tuerca al reloj (que no tengo). Si el mundo se empeña en otrogar venticuatro horas a un día cualquiera, yo decidí concederle venticinco a un día especial. Nunca me he conformado con lo que se me ofrece. Es una especie de bulimia generalizada. Rara vez he tenido la sensación de saciarme en esta vida. Siempre quiero más. Incluso lo quiero todo. Lo quiero ya. Ahora.
He recuperado la flexibilidad en la parte interior de mis rodillas. He apuntalado las vertebras de mi columna vertebral. He erguido mi espalda. He aprendido. Me he empapado. He buceado dentro de mí. Me he reído conmigo. He llorado porque el nervio ocular no daba más de si. Me he desencajado la mandíbula como una boa constrictor. Me he reído del mundo también. No soy de nadie. No tengo nada. No vivo en ninguna parte. Justo ahora lo tengo todo. En todas partes.
En mi coche. Dentro de mí. En el aire. Flotaba, entre nubes de humo y una mueca de sonrisa ensalivada, The (International) Noise Conspiracy. Capitalism Stole My Virginity.
sábado, 6 de enero de 2007
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