El día de hoy ha sido el primero de los que me he aventurado a salir a la calle desde el affaire de las anginas. Y puedo constatar que en mi barrio hace un frío que no es ni medio normal de buena mañana. He pensado que, un día de éstos, me levantaré a las siete como cuando curraba. Bajaré a la parada del autobús a reunirme con la gente de siempre. Con las mismas caras y las mismas solapas de chaqueta elevadas hasta las orejas. Me plantaré allí con las dos manos en mis mofletes, moviendo la cabeza levemenete de un lado al otro. Con mirada incrédula. Y cuando todos me miren les diré: ¿Qué hacemos? ¿Vamos a tomar un café o nos volvemos a la cama?
Eso lo haré un martes, que siempre fue mi peor día de la semana. Porque aún tienes toda la semana laboral por delante y todavía es martes. Sin embargo siempre adoré los lunes. Porque el lunes, tened ésto en cuenta, queda una semana justa para que sea lunes. Es una bendición del calendario como otra cualquiera.
Hoy he tenido que ir a Tráfico. Resulta que el sábado pasado un Guardia Urbano tuvo a bien requisar mi carné de conducir. Está caducado, ¿lo sabe? me dijo. Cómo no lo voy a saber, si es mío. El caso es que se lo quedó. Y no contento con eso me amenazó con inmovilizar mi coche. Mi Willie. No le dije nada por no liarla del todo. Pero pensé que eso no parece muy legal. No al menos habiendo en el interior del vehículo más ocupantes que pueden, todos ellos, tener el carné en vigor. Y como mi coche es mío se lo dejo a quien me sale de lo djembes. Pero supongo así se sentía más fornido y varonil, aquí, el Pitufo. Normal, se ha acabado la tregua y vuelven a estar con el asterisco posterior más tenso de lo habitual.
Tráfico es un sitio fenomenal de esos en los que te hacen esperar en muchas colas diferentes para hacer los mismos trámites una y otra vez. He empezado por el reconocimiento médico. Me apasionan. ¿Toma usted alcohol? ¿Consume usted drogas? He respondido con la misma cara que pongo cuando me ponen los auriculares y me dicen levante usted la mano por el lado que oiga el sonido. Le ha tenido que dar volumen al trasto porque yo permanecía ingrávido en mi sordera. Al salir me ha preguntado si trabajaba con maquinaria de alto volumen. He respondido con tan sólo tres palabras: Rock And Roll. La chica ha sonreído y he aprovechado para decirle que me he puesto los auriculares al revés. La letra L en la derecha y la R en la izquierda. Dice que no, que allí los ponen siempre así. Pues bueno. Pues vale. Pues me alegro.
Con el carné provisional que me impide viajar al extranjero, pero que aún así me iré a Zaragoza un día de éstos y si me paran que les den por el orto, en el bolsillo he ido con Mò a un bar de lingote de plata a tomarnos una Moritz. Nos han regalado una botella de Fritz-Kola. Una delicia de refresco, os lo recomiendo. Allí el camarero nos ha contado sus aventuras en Hamburgo y como llegó a Barcelona a bordo de un autocar en el que, efectivamente, rezaba un letrero con el nombre de Ciudad Monstruo. Todo un personaje. Volveré un día de éstos a charlar con él un rato. Me gusta mucho la gente como él. Y me ha prometido me guardará otra Fritz-Kola.
Por la tarde han vuelto a agarrar mi mano con fuerza. Todo el rato. A éste respecto ya no sé ni que escribir. Es todo tan especial que luzco una sonrisa con forma de plátano todo el día en mi boca. Me duermo cada noche con esa sonrisa. Y me despierto de igual forma. Es una de esas ironías que me apasionan tanto. Es la certeza de saber que vivo un sueño antes, durante y después del ratito de sábanas.
Y mañana concierto de [el.devil] en Viladecans. Tengo ganas de mañana. Tengo muchas ganas de berrear como un licántropo a mi luna de color rojo. Espero la garganta se comporte. Eso ya casi mejor os lo cuento mañana. De momento, antes de irme a dormir, voy a engullir la última canción del día. Hoy Espectáculo, de Iván Ferreiro.
sábado, 27 de enero de 2007
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