viernes, 14 de diciembre de 2007

Zarpazos

Ya me parecía a mí extraño que tardase tanto en volver a aparecer. Ya tenía que volver a llamar a mi puerta esa bestia llamada insomnio. Y le odio. Le odio sobremanera. Pero hoy me importa un poquito menos. Tan poquito menos que he saltado de la cama. He llenado un vaso con Coca-Cola. Me he encendido un Marlborito. Y, ya que estamos, os voy a comentar una cosita... Con permiso. Procedo.

Tremendos zarpazos te da la vida. ¿No os parece? Tremenda gentuza te rodea perfectamente mimetizada con el terreno. Tremendas cuchilladas traperas en cuanto les das la espalda. Tremendas dosis de confianza lanzadas al fondo de un container. Tremendas mentiras vertidas con el único ánimo y pretexto de hacer daño. Tremendos borbotones de sangre formando tremendos charcos bajo los pies del asesino. Tremendas basuras humanas que se enmascaran de falsos amigos. Tremendas aves carroñeras que te clavan sus uñas en el pescuezo sin miramientos. Tremendas ansias de herir sin compasión. Tremenda locura la que baña las mentes de esas gentes. Tremenda bipolaridad.

Me repugnaría de asco si mi vida no fuese lo plena que cada día, con ardua tarea, consigo que sea. Pero ya no me das ni asco. Porque ya ni existes.

Abuf... Me he quedado como Dios.

Stup!

sábado, 1 de diciembre de 2007

365 Días

Un año. Hoy se cumple con exactitud un año desde que decidí darme un respiro. Un año desde que decidí no afeitarme. Un año de desmpleo. Un año de escuchar que me acabaré aburriendo de no hacer nada. Un año de mí. Un año zurdo en un mundo diestro. Un año coherente rodeado de entes siniestros.

Recuerdo firmar mi finiquito entre gritos de señores trajeados. Una mesa repleta de amenazas e improperios. Recuerdo también un par de lágrimas recorrer mis mejillas al salir de aquel despacho. Recuerdo un almuerzo con Slauka a base de croquetas de mi madre y terraza soleada. Recuerdo el retumbar del eco al detener mis pies y el engranaje que mueve todo lo demás. Recuerdo retomar los hilos de mi devenir y las riendas de mi ir y venir. Recuerdo dar un manotazo a un calendario y a un reloj. Lo recuerdo todo perfectamente. Como si fuese ayer. Y hace ya un año.

Un año breve. Intenso. Hace un año mi universo agonizaba, pero se enderezó con ayuda de Root. Para dar paso a la más brillante de las porciones en las que se divide mi peregrinaje entre estas olas saladas. Innumerables desayunos al Sol. Pasajes a todo color que se amontonan en mi bolsillo izquierdo (el derecho tiene un agujero).

Hoy lo celebraré como se merece. Con las mismas ganas con las que celebré aquella Nochevieja fuera del mapa. Hoy lo celebraré como me merezco. Mañana dará comienzo un nuevo año que procuraré se parezca al que hoy archivo. Gritaré al 2mil8 hasta convencerle de que es un 2mil7 más.

Hoy sentía la impersioa necesidad de decíroslo. Pese a que a nadie le pueda importar. Aquí os dejo esta docena de renglones. Me acabo mi cigarro y me voy a la cama a mecer un par de cervezas entre las sábanas. Mañana más. Hoy soñaré que soy un saltimbanqui y que miro hacia atrás. Por recordar. Por recrearme. Por abrigarme.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Don Diablo sigue planeando...

Sábado largo (demasiado, eterno, interminable) el pasado en el CSO La Papa. Sábado de retorno al escenario. Sábado de volver a prender la mecha. Sábado de volver a ver la llama recorrer el suelo entre silbidos. Y entre acoples. Y entre redobles, gritos e insultos. Sábado de sudor. De heridas. De cervezas. De droga. De rocanrol. Sábado de esos que no os podría expilcar, y mucho menos resumir. Sábado de esos que se han de vivir en primera persona. Asumiendo todos los posibles riesgos que ello conlleve. Todo lo que os puedo dejar aquí colgado, con chinchetas de color rojo, son docena y media de estampas congeladas. Retazos sudorosos. Filetes de ira. Jirones de nosotros. Bolitas de mercurio y trocitos de realidad.

viernes, 23 de noviembre de 2007

Mentira (Premisa Mayor)

Hoy he tenido una visión reveladora. Una de esas obviedades que nos suelen pasar por alto. A mí, en concreto, me ha pasado desapercibida durante algo más de 36 años.

Resulta que siempre he escuchado decir que no hacer nada es perder el tiempo. Y hasta hoy no me he dado cuenta que es mentira. Así, transcrito en medio renglón, puede parece muy obvio. Pero no lo es tanto. ¿Tú eres consciente de ello?

Yo creo que los que manejan los hilos atados a nuestras muñecas y pies nos la han metido doblada. Doblada y hasta el fondo. En su empeño en hacer de nosotros un bien para su propio provecho, se han salido conla suya. Nos han convertido en autómatas que somos capaces de caer en la más profunda de las depresiones si no nos sentimos productivos. Si no hacemos nada no somos nadie. Sólo se puede llegar a ser alguien dedicando nuestro tiempo a hacer algo.

Pero eso es mentira. Es mentira que si no haces nada acabarás por aburrirte. Es mentira que si no haces nada estás tirando tu porvenir por la borda. Es mentira que si dedicas tu tiempo a hacer algo de provecho serás alguien en esta vida. Todo es mentira. Porque tu vida les pertenece. Porque ellos dictan las normas. Porque son ellos lo que deciden lo que resulta provechoso, y lo que resulta pernicioso. Y lo que resulta inútil para ellos te lo atribuyen a ti. Tuya es la culpa. Suyo el rédito.

Yo hoy me he dado cuenta de todo. Y hoy, desde mi posición de parásito social, he sentido arcadas al entrever su larga sombra. Hoy empiezo una nueva vida al margen de sus caprichos. Y hoy, tras varios días de ausencia, traigo otra pequeña joyita musical de esas que considero imprescindibles en algún agujerito del corazón. De esas que explican con más sabias palabras lo que vine a contaros.


Rage Against The Machine - Sleep Now In The Fire

Vivo en un Tanatorio

Cada vez soy más consciente de ello. Y, ahora que el frío mueve sus caderas por mi barrio, lo noto con más fuerza.

Resulta que vivo desde hace poco más de diez años en uno de esos edificios gigantes de cemento. Un edificio que le saca dos cabezas a los que le rodean. Como ese chico tan alto que siempre se te ponde delante en un concierto. Una especie de rascacielos adaptado al estilo ye-ye predominante en la Barcelona de hace unas cuatro décadas.

Mi barrio fue el encargado de ausmir el mayor flujo de inmigración por aquellos tiempos. Españoles que se desplazaban a Barcelona para trabajar a cambio de un mísero salario. De hecho, mi barrio no fue el indicado para asumir ese flujo, sino que más bien mi barrio fue construido con esa intención. Antaño, cuando entrabas a trabajar en una gran empresa, se te adjudicaba una vivienda a bajo precio. Por ese motivo este edificio en el que vivo estaba habitado enteramente por trabajadores de la SEAT. El edificio en el que me crié por trabajadores de Telefónica. Y así pasaba con todos los edificios colindantes.

¿Y esta información era necesaria? A todas luces, no. Pero ya que me dedico poco a este blog, al menos cuando lohaga que sea de una forma un poco extensa, ¿no os parece?

El caso es que mi edificio está poblado, en su gran mayoría, por gente de muy avanzada edad. Muy mucho. Seguro que soy el propietario más joven de toda la finca. Yo no lo sé, porque no voy nunca a las reuniones de vecinos. Pero seguro que soy yo, sí. Y debido a esa media de edad más bien alta, es una constante que cada quince días alguien cuelgue medio folio escrito con Word en el que se nos propone una cita en la iglesia del barrio para rezar por el alma de algún/a vecino/a.

Siempre que leo con atención uno de esos flyers gótico-siniestros pienso que no tengo ni la más remota idea de quién es el finado. No conozco a nadie por su nombre. Por lo qu eno me queda otra opción que situarlo, semanas después, calculando a qué personaje no me cruzo en el ascensor desde hace tiempo. Y, hasta la fecha, aún no he sido capaz de relacionar ningún nombre con ningún señor que ya no está.

Lo peor de este asunto, en mis tribulaciones mentales, es que a este ritmo se va a quedar la finca sin afincados. Van a ir muriendo todos, uno tras otro. Y, a consecuencia de ello, se irá renovando el personal que ocupa la sinfimas viviendas a uno y otro lado del ascensor. Cuando eso suceda, yo seré sin duda el viejales del lugar. Con el miedo a vivir en un tanatorio y a ser consciente de ello. Con el filo de la guadaña rondando por el portal. Y viendo pasar a jovencitas por la calle entrando y saliendo del ascensor. No me parece un mal plan.

lunes, 22 de octubre de 2007

En mi tejado...

Vivo en una casa totalmente disléxica. Tanto que cuando asomo a mi ventana contemplo mi tejado. De color rojo (creo), con sus antenas y sus conductos del aire acondicionado. A veces, completamente vacío. Y, a veces, lleno de operarios. Hoy, que parece ser que ha llovido, salpicado por docena y media de charcos.

En mi tejado habitan un sinfín de seres descatalogados. Y unas palomas que revolotean. Y otras, las muertas, que no tanto.

Justo bajo mi ventana vive una colonia de palitroques de limpiarse las orejas. Son animalitos silenciosos. Animalitos poco problemáticos. Viven en gettos amontonados. Y cuando nace un nuevo palitroque de limpiarse las orejas en mi tejado, corre a juntarse con sus compañeros, familiares y amigos.

A mano derecha viven dos depredadoras. Dos maquinillas de afeitar desechables. Por eso los palitroques de limpiar la sorejas se amontonan en un rincón. Por miedo. Las dos maquinillas les miran amenazantes. Pero sólo cazan cuando les aprieta la gusa. Y ahora están saciadas de barbas, ingles, piernas y sobacos.

Acaban de llegar a mi tejado dos trozos de fuet. Con su cordel. Con su etiqueta. Cada noche, antes de acostarme, les observo. Y cada mañana veo que han cambiado de posición en mi tejado. Son cabezas de serpientes voraces que acabarán con la colonia de palitroques de limpiar las orejas. Y con las maquinillas de afeitar desechables. Y, si se despistan, con los operarios del aire acondicionado. Y, cuando tengan forma de boa comiéndose un elefante, sabré que se han tragado mi sombrero.

Siguen pasando cosas. Cosas en mi tejado. Siguen durmiendo las bestias. Se esconden del operario. Y yo no sé si acabarán nunca de arreglar ese maldito aire acondicionado. Los palitroques de limpiar los oídos, por si acaso, siguen agazapados. Las maquinillas, glotonas, a escasos pasos.

Como podréis observar todo sigue prácticamente tal y como lo dejamos. Pero han pasado dos cosas que, si bien eran previsibles, hoy se me antojan extrañas. Y es que uno de los dos trozos de fuet ha engullido a su hermano. Ya lo decía yo. Esas voraces alimañas no deparaban nada bueno. Ya sólo queda el cordel, durmiendo junto al hermano. Lo guardará de recuerdo, o como cebo para cuando el hambre haga de ella otra caníbal despiadada.

Un nuevo inquilino ha llegado. A medio camino de palitroques y cabezas de boas constrictor. Es un condón medio roto. Es un condón usado. Espera estirado a que el Sol se pose en us espalda. Ignoro de dónde ha salido. Ignoro cuál es su pasado. Pero seguro jugó a tejer telarañas entre amantes. Y una vez acabó el juego fue destronado. Fue despreciado. Y no lo sabe. Aún no se ha dado cuenta. Y sigue guardando en su vientre la semilla de lo que nunca será. Se abraza a un recuerdo. Y a dos esperanzas. Se abraza a un trozo de vida, la poca que le queda, completamente en vano. Lo que si podemos intuir, a simple vista en mi tejado, es que debían ir, ambos dos, rasurados. Y si me apuran, me jugaría todos los dedos de una de mis manos, a que se bañaron en susurros dentrode oídos inmaculados.

Por otro lado, y sin querer hacerme pesado, os hago saber que no encuentro mi sombrero. Y no me fío un pelo del fuet. No me fío ni un gramo.

Muévete, paloma. Muévete, que me estás preocupando. Que me empiezo a temer lo peor. Que las maquinillas de afeitar desechables te están mirando. Que esta no la cuentas. Que se te acabó eso de tomar el Sol. Y, de paso, se te acabó el pan mojado.

Han llegado al tejado, haciendo el relevo generacional a los dos operarios, dos ladrillos. Emparejados. Uno junto al otro. Con sus seis ojos per cápita. Lo miran todo. Lo escrutan todo. Ojo avizor. Desconfiados. No gustan, parece, del Sol. Se esperan, agazapados, a la sombra de una tubería gigante de esas de los conductos del aire acondicionado.

También ha llegado, como por arte de magia, una raqueta de squash. Partida en dos por algún ataque de rabia. Seguro que una vez rota, que no servía para nada. Optaron por lanzarla hacia el Cielo, y ella solita vino a dormir al tejado.

Muévete, paloma. Muévete, que me estás preocupando.

Algún día tenía que ocurrir. Y hoy ha sido el día hache. Hay revuelta en mi tejado. Está lloviendo. Gritos. Sangres. Y un sinfín de correcalles.

Han venido a pelear, por un mendrugo de pan mojado, una paloma y otro bicho un poco extraño. Yo no sé como se llama. Pero si vuela será un pajaro. Todos se han agazapado. Para no ser vistos. Para no ser engullidos en una guerra que ni les va ni les viene. Para no ser pasto de las llamas un día de lluvia que debería ser soleado.

Las maquinillas desechables ya no están. Prefirieron morder su hambruna a morir en el intento. Seguro se han escondido del batir de alas. Porque siempre es preferible, en mi tejado encharcado, un rugido en el estómago. Porque, al más mínimo descuido, puedes acabar muerto. Los palillos de limpiar los oídos, también han huído. Pensaron, creo yo, que saliendo de su ghetto sería más sencillo pasar desapercibidos. Ahora, en su rincón, ya sólo quedan, moribundos, tres palillos.

Los dos ladrillos, sus doce ojos, no salen de su asombro. Siguen escondidos bajo aquella tubería. Hoy no se protegen del Sol. Hoy, lo que temen, es esa histeria colectiva.

La cabeza de serpiente, que insiste en ser un trozo de fuet, no da crédito a esos gritos. Ella sabe que si el mundo supiese que es una cabeza de serpiente no salía ni uno vivo. Pero prefiere disimular. Hoy no tiene hambre. Todavía guarda restos de su hermano en su barriga. Y, en la boca, el regustillo de su sangre.

El condón sigue abrazado a su última esperanza. A que el líquido que guarda algún día deje de ser una semilla. Que salga alguien de dentro y le ayude a escapar de mi tejado. Sigue austente. Sigue autista. Ni siquiera se da cuenta de que, a escasos pasos, duerme agazapada esa cabeza de serpiente. Ignora por completo que él será su próxima víctima.

Y en medio de ese caos. Entre gritos, sangres y correrías. Permanece inalterable una chimenea de latón. La misma que me cuenta estas historias. Mi más fiel confidente. La que me pone al día. Bárbara Chimenea, dice llamarse. Bárbara por parte de abuela, porque su madre murió en el parto. Chimenea porque, por más que lo intenta, no hay manera, dice ella, de dejar de una puta vez el vicio del tabaco.

Bárbara, estás ahí? Bárbara, no veo nada...

Cuando cae la noche viene a cunarse en mi tejado. Todo se torna oscuro. Ni rastro de las palomas. Ni de los pájaros raros. No se escucha ni un ruido. Nada de nada. Todo en silencio. Todo a oscuras. Todo dormido alrededor del brillo de un charco que sueña con ser océano. Que regala su brillo al tejado.

Hoy todo está engalanado. Hoy luce noche estrellada. Hoy brilla, como pocas veces antes brilló, el charco de mi tejado. Hoy parpadea en el cielo un chorro de luz azul. Hoy puedo ver los doces ojos de los dos ladrillos. Todos los demás se han escondido. Hasta Bárbara mira hacia otro lado. Son las luces serpenteantes de un coche de los Cuerpos y Fuerzas de la Seguridad del Estado.

Y cuando ellos rondan, nadie quiere problemas. Sólo el charco reparte esas luces azules por los cuatro costados. El resto, Bárbara y sus bichejos, miran hacia otro lado.

Esta noche, cuando maulló el primero de los gatos pardos, sentí como me arrancaban, de cuajo, mi columna vertebral. La noche pasada oí bailar, reír y jugar a mis vértebras en mi tejado.

Ha llovido este verano. Y esas lágrimas sin sal arrastraron hasta el mar mis juguetes más preciados. No hay ni rastro del condón. El balón sigue rodando, cuando el viento caprichoso se reboza en esos charcos. Las palomas buscan Sol. Y se acabó la sequía en mi tejado. Los palitos de limpiar los oídos ya no están. Los dos ladrillos sí. Y sus doce ojos observando.

Y yo, ahora, me arrastro como un trapo. Pues mi columna vertebral ha tomado mi tejado. Se retuerze. Caracolea. Nadie mueve una pestaña, nadie dice una palabra, nadie se queja, por si acaso. El eje de mi tejado ha dado un Golpe de Estado. Y tan sólo los ladrillos, escondidos allí al fondo; y Bárbara, temblorosa y asustada; sólo ellos pueden liberar del miedo a mis juguetes más preciados. De momento hurden al Sol, a escondidas de mis vértebras, un plan para conquistar su jardín, que es mi tejado.

Han pasado algunos meses en la azotea de mi tejado. Han pasado días sucios, días rotos, días grises y días claros. He sacado la cabeza, justo después del cigarro, y todo parece estar igual, pero en el fondo, todo parece haber cambiado.

Alguien ha partido en dos a nuestro querido condón usado. La fundita allí tirada y la anilla al otro lado. Ya poca esperanza alberga de dejar algún legado. Anda buscando un culpable arrastrado, cojeando.

Una nueva vecinita se ha instalado en el tejado. Es el papel que algún día enfundó el torso de una magdalena. Dicen de ella que es un papel, y ella altiva se contonea mostrando a todo el mundo su porte. Asegura que hace un tiempo fue la faldita de tablilla de una magdalena adolescente. También maldice su suerte. Y grita por los rincones que fue violada en un café. Y que amaneció llorando junto a un tazón de café con leche.

Cuatro kleenex reotrcidos sobrevuelan el tejado. Inquietos y volátiles cruzan deprisa el tejado. Desde una esquina a la siguiente corretean dando bandazos.

Los aplitos de limpiar losoídos, desde lejos, se regocijan del espectáculo. Por ellos no parece pasar el tiempo. Se reproducen a millares. Y se apretujan en su rincón porque son, y siempre fueron, cobardes.

martes, 31 de julio de 2007

Mi salón lleno de cejas (perfiladas)

Sí, damas y caballeros. Lo he vuelto a hacer. Con mi piel empapada en agua fría, y tras reciente ducha a mis espaldas, me he sentado en mi sofá rojo borgogna. He cogido el mando a distancia con mi mano derecha, porque la izquierda sostenía un Marlboro humeante. He ido pasando canales de televisión. Todos huecos. Nada interesante. Hasta llegar al número seis. Que, en Catalunya, suele ocultar tras de sí a Antena 3. Sí, damas y caballeros, nuevamente ante mis ojos El Delirio de Patrizia.

Hoy han empezado por una señora. Madurita ella ya. Que resulta se ha enamorado de un señor. De su quinta aproximadamente. Las cosas del cibernovio y la misma cantinela de siempre. Ella entusiasmada. Expone sus anhelos, le ríen las gracias y la invitan a que abandone el plató. Hacen pasar al afortunado. Segurata. A la par que poeta (dicen). Muy romántico él empuñando la porra, intuyo. Van intercalando planos de una tercera persona cada vez más compungida. Interrogan al romántico portador de cejas perfildísimas. Cuando lo tienen a punto hacen pasar a la cibernovia. Cara de "tierra, trágame". El hombre justifica sus mentiras como buenamente puede. Ella, catalana juraría por su acento, dice que no pasa nada. Que es lo habitual. Que se ve que en esto del Internet lo normal es la mentira. Bueno saberlo. Luego abren pantalla con la cara de la pareja del segurata shakespeariano. Ella dice que ni aparece por plató. Que se acabó lo que se daba. Que no se esperaba eso de un segurata tan poéticamente humano. Y que adiós muy buenas. La presentadora le dice el impertérrito segurata que acaba de perder a dos mujeres un un santiamén. El público ríe y aplaude. ¿Siguiente?

Hacen pasar a un chico. Sevillano. Habla como un Electroduende. Muchos "tela". Muchos "digo". Y poco más. Eso sí, las cejas como pocas he visto en mi vida. Que viene porque resulta que es peluquero y, además, está enamorado de la mejor amiga de su madre. Unos 26 añitos de diferencia. Y que le encantaría pasársela por la piedra. (NdR: Es que el romántico era el segurata. Este es de los tradicionalistas) La presentadora lo ve fabuloso. Le pide se pire un rato, que va a entrar la susodicha. Y entra. Madurita ella. Luciendo palmito. Ojos claros. Uno de ellos, el izquierdo para más señas, se le va solo como a la Señorita Selastraga en South Park. Tiene autonomía propia (el ojo, la señora lo ignoro) como el de un camaleón. Charlan amistosamente presentadora e iguana. Hacen pasar al mancebo. Flores en mano. Le dije que a ver si hay lala, o a ver si hay poco lerele. La señora dice, en principio, que no. Que le ha cambiado los pañales y le da como cosa. Luego cambia y dice que sí. Que le da una oportunidad. Luego entra al teléfono la madre. Le dice a la presentadora que le diga al niño que haga el puto favor de volver a Sevilla. Que lleva todo el día fuera de casa. Y a otra cosa, mariposa.

Entra señora. Explica que tiene una hija tímida. Luego veremos que no es tímida, sino una freakie de mucho cuidado. Que no sale nunca de casa, porque es muy tímida. Y que los chats son su unión con el exterior, porque es muy tímida. Y, en estas, resulta que el otro día llegó de trabajar la señora a su casa (que dice que ella es de las que trabajan por la mañana y por la tarde, y puede que por ello se sienta especial) y se encontró a su hija (la tímida, ¿recuerdan?) hecha un mar de lágrimas. Nada, no se preocupen, que lo que le pasa a la niña tímida es que había discutido por primera vez con su cibernovio. Entonces, al ver a su hija tímida así, tuvo la brillante idea de llamar ella a su ciberyerno (¿se llama así al novio virtual de una hija tímida?). Dicho todo eso hacen pasar al ciberyerno, que no sabe quién es esa señora que hay sentada a su vera. Le interrogan solapadamente, hasta que la madre mustra el pulgar hacia abajo como hacía Nerón en las batallas de los gladiadores. La señora dice que no le mola un ápice ese chico para su hija tímida. Que nanay. Dicho eso le piden al ciberyerno salga de plató un momentito de nada. Obedece. Ignoro si han firmado algo que les impide salir del país en ese momento augurando la que se te puede avecinar. Pero, sea como sea, el ciberyerno sale de plano luciendo sus perfiladas cejitas. Entra la hija tímida. Acabáramos... No es tímida. Es fea. Muy fea. Le preguntan cosas. Pero como es una hija tímida responde sonriendo y mirando al suelo. La presentadora, sagaz ella, ve que de ahí no sacan tajada. Por tanto: Que entre el ciberyerno. Y entra. Va el tío y entra. El chico le dice que se niega a mantener una relación con una chica que se pasa el día encerrada en su habitación. Que nanay. La madre le dice a su hija tímida que no le conviene. Que es un mentiroso. Que ella merece más. La hija tímida mira al suelo haciendo un mohín. Es que es tímida la niña...

Y eso es todo. Se les echa el tiempo encima, dice la presentadora. Y musiquita de fin de programa. Y nada más. Yo he apagado la tele y he pensado que creo voy a dejar de flirtear a través del PC. Que una emboscada de esas y salgo en los periódicos. Que me da mucho miedo. Y que me niego a ir a un programa en el que se me han de perfilar las cejas de esa forma. Ruego también a las personas con las que haya flirteado, que no les den mi móvil a sus madres. Gracias por su atención. Seguiremos informando.

domingo, 29 de julio de 2007

Caer en Combate

Era viernes de Fiesta Mayor. En Monistrol de Montserrat. Era viernes y me apetecía que así fuese. Viernes noche. Noche de rocanrol. Procuré pasar los previos de la mejor forma posible. Sin estresarme demasiado, porque esas cosas luego me suelen pasar factura en el escenario. Y, efectivamente, así de calmadas transcurrieron las horas previas (que siempre son muchas por lo laborioso de montar un escenario y probar sonido y todos esos engorros). Unas cervezas por un lado. Una leve cenita por otro. Un vaso y medio de gazpacho, que temí se me repitiera toda la noche pero se portó de fábula con mi estómago y me sentó de lujo. Unos saludos por aquí. Otros por allá. Unas risas aquí. Otras con ese de allí. Contemplar a las señoritas del lugar. Volverlas a contemplar. Por delante y por detrás. Disfrutar la apertura del concierto con los 13 Pikas. Y subir a las tablas. Era nuestro momento.

Parece mentira que sólo seis precarios focos puedan inflingir tanto calor. Demencial. Fue pisar las tablas y notar una nube de fuego a la altura de las cejas. Me pasee por las tablas, de un lado a otro, mientras mis tres secuaces ponían en solfa sus instrumentos (esta frase puede parecer indicar lo que no es, malpensados/as).

Ahora sí. Todo preparado. Una escueta presentación. Un demandar un vodka con naranaja para mí. Y cervezas para el resto. Un mirar a los ojos al X. Y a Sergei. Y a Armando. Y un regalar nuestros Dos Minutos de Odio para abrir fuego.

Buena acogida, de entrada. Movimiento en las primeras filas. Rostros ojipláticos por la retaguardia. Siempre me pasa lo mismo tal y como arrancamos. Tengo la sensación de percibir fuera una mezcla de mieod y sorpresa a partes iguales. Y me gusta así. Me deja un buen margen de maniobra moverme entre esas dos cortinas.

Seguimos ahondando en el reperotrio previsto. El ambiente se iba animando. Bajar a liarla entre el público. Sembrar más miedo y más sorpresa. Que, a veces esa sorpresa se torna recíproca y por eso me vi berreando Plou Plom con el casco de Darth Vader en mi cabeza, supongo.

Así fue evolucionando el monstruo sobre el escenario. Así iba todo hasta que nos arrancamos el último jirón de la noche. Sobre las tablas al borde de la extenuación. Abajo la gente en pleno desmadre. Presenté, como la ocasión lo merece, el Kaos de R.I.P. y, como suele ser habitual, la gente lo recibe con ansia. Aceleramos la primera estrofa al máximo. Y al llegar al estribillo, la tragedia. Un chaval, en medio del pogo, recibe un fuerte impacto en su cara, y cae redondo al suelo. Aún estaba de pie y ya pude ver salir un chorro de sangre de su nariz y de su boca. Desde el golpe lo vi todo en cámara lenta. El chico quedó estirado en el suelo sin moverse ni un centímetro. Knock Out en toda regla. Espere unos cinco segundos a que se restableciese, pero no se movía. Cinco segundos que se me antojaron horas. Grité un "F-U-E-R-A" y se hizo el silencio a mi espalda. Silencio generalizado. Pedí a través del micrófono agua fría al Correa en la barra. Creo pedí el agua unas doce veces en diez segundos. Vi un remolino de gente atendiendo al chaval en el suelo, aún inconsciente. Vi a Lolo con las manos cubiertas de sangre tras darle la vuelta al chaval. Y me llevé la mano a los ojos para no ver nada durante un rato. No quería ver más.

Tiré el micro al suelo y bajé del escenario a coger aire que fuese un poquito menos impuro. Momento que aprovechó la gente para venir a felicitarme. Para decirme que eso de tirarme por el suelo les parece fenomenal. Para preguntarme si a una ambulancia se la llama en el 112. Para invitarme a una cerveza. No sé, yo tan sólo precisaba engullir aire fresco. Y un leve sentimiento de culpabilidad, muy leve, dormía sobre mis hombros tras lo ocurrido. En el paseo volví a acercarme al chaval. Ya había recuperado la conciencia. Aparté a tres o cutaro curiosos que se estaba fumando plácidamente su cigarrito a escasos palmos de su cara. Seguí deambulando. Charlando con unos y con otros. Recuperando la sonrisa poco a poco. Llegó la ambulancia. Lo atendieron in situ. Se lo llevaron con sus luces parpadeantes al hospital más cercano.

Correa nos pidió que acabasemos lo que habíamos empezado. Y así procedimos. Faltaban tres canciones por desparramar. Unos cinco minutos de actuación. Que procuraríamos vomitar en tres. La versión de R.I.P., La Balada del Mercurio y Los Lobos (Están Hambrientos). Fin del recital apoteósico en el escenario. Abajo un enorme vacío y un charco de sangre. Luego vinieron las felicitaciones. Las invitaciones a todo. El reposo del guerrero.

Valga decir, a modo de puntualización final, que a eso de las 3am volvió el chico. Puntos en los labios. Moratones por toda la cara. Pero bien por dentro. Esbozando la diminuta sonrisa que su maltrecha boca le permitía. Nos pidió disculpas. Le pedimos las nuestras. Le regalamos el CD, la samarra y la txapa. Abrazos. Y todo quedó en un susto. Y en un charco de sangre.

lunes, 16 de julio de 2007

Domingo, me vienes grande, chaval...

Domingo aterrador. Domingo de recoger el campamento y vuelta a casa. Domingo de coger al Willie e ir ambos a comprar unos croissants y desayunar bajo un árbol con sus ardillas y todo. Domingo de pactar parada técnica para comer en Logroño. Domingo de tapear en la Calle Laurel. Domingo de vuelta al coche y conducir con miedo a caer dormido en cualquier momento. Domingo de área de servicio de autopista. De comprar una lata de Burn. De beberla de dos tragos. De ojos abiertos como platos desde ese momento. Domingo de Willie con un ruido raro en los frenos. Domingo de decidir usar el acelerador y obviar el uso del freno hasta llegar a Bracelona. Domingo de entrar en la garganta del parking a las 7pm. Domingo de 1500 kilómetros en un fin de semana inolvidable. Domingo de ducha. Y pantalón de pijama. Domingo de tumbarme en el sofá y dormirme. Domingo de... Domingo... Eres un plasta, Domingo. Que lo sepas. Pero he sido terriblemente feliz estos días. Ahora ya puedes hacer lo que te dé la gana, Domingo. Me da igual. Nadie me quita lo que llevo tatuado en el paladar.


Björk - Earth Intruders

¿Ya estás aquí, Sábado?

Sábado de "todavía no hemos acabado". Sábado de "sal de la cama, date una ducha y vuelve al tajo". Säbado de "ya voy, coño, ya voy, sin empujar...".

Me levanté el sábado destrozado. Muy cansado. Salí a la calle. Me tomé un café en el mismo bar de los escudos de fútbol. Salí con todo mi equipaje imprescindible con la intención de ir a casa de Ira. Pero me perdí por el camino. Iba pensando en mis cosas. Y había delegado tanto esos días que no tenía ni la más reomota idea de hacia donde debía caminar. Llamadita de teléfono a Ira. Le dije las coordenadas dende me hallaba perdido. Vino a recogerme. Desayuno en un bar. Una lonchita de jamón ibérico durmiendo sobre una rebanada de pan. Y una tirita de pimiento verde asado a modo de edredón. Y energías recuperdas. Y coger un autobús, que sería el tres mil y pico también seguro, porque no estábamos para paseítos bajo un Sol de justicia.

Llegamos a casa de Ira. Pasamos las fotos de Björk de mi cámara a su portátil. Las miramos junto a Jone. Recogí mi chiringuito y vuelta al lado de Willie. Despedida de Ira. Abrazos. Muchos. Besos. Más. He pasado a su lado un par de días inolvidables. Le dejo en el bolsillo sin que se dé cuenta un trozo de mí. Y le robo un trocito de ella para llevármelo conmigo. A ver si la puedo convencer de que se venga al concierto que damos a finales de mes. Ya tengo ganas de volver a verla. Te Quiero, Ira.

Le pido a Willie que me lleve a Villarcayo. Que esta es una noche de rock and roll, como dirían los Barricada. Viajecito placentero. Con el mal rollito de despedirme de Ira en contraposición con las ganas de encontrarme con Adicto y familia. En una horita y media me planto en Villarcayo. A la misma hora exacta llega Adicto. Nos llamamos. Nos citamos en un parking con cesped. Abrazos. Besos a Eva (que luce brazo en cabestrillo). Sillas plegables. Bocadillos de atún. De queso. De jamón. Foie-Gras Mina. Un paraje cojonudo. Un café con hielo en el bar más cercano. Unas risas. Muchas.

Nos acercamos al recinto del concierto. Adquirimos la entrada. Nos ponen la pulserita del Morcilla Rock. Llamamos a los The Capaces. Aún en la carretera, dicen. Volvemos al césped. Me pongo el bañador. Nos tumbamos en lo que los lugareños llaman la playa. Me doy un bañito rejuvenecedor. Me sabe a gloria. A estas alturas del festival llevo el pelo como Pumuki pero me importa bien poco. Apalanque en la toalla. Medio dormido. Observo las púberes generaciones del entorno. La chavalada ya no se amenaza como antes. Antes con un "o paras o te parto la boca" quedaba más que aclarado el asunto en disputa. Ahora se dicen "o paras o te hago una foto y la culego en Internet". Igual de contundente y amenazante, cierto.

Horas más tarde nos acercamos al recinto. Y entramos. Ni rastro del olor a Morcilla. Por lo que no dudamos y pedimos las primeras cervezas del festival. Dentro nos encontramos a Francesc. Y luego a los Capaces. Saludos. Encaje de manos. Abrazo y besos a Martillo. Risas. Más cervezas. Muchas más. Más. Un no parar...

Retahila de conciertos con más bien poco interés. La fiesta la portábamos en nuestros vasos. Grupos de rock and roll más bien cansinos uno tras otro. No hay mejor definición que la dada por Adicto a esas alturas: "No se veía una txapa igual desde Woodstock". Y nosotros a lo nuestro, que eran cervezas ilimitadas, correrías al lavabo, volver, beber, volver al baño... Así hasta que a eso de la una de la madrugada subieron al escenario los Capaces. Nos acercamos vasos en mano a primera fila. Un conciertazo como suelen ellos. Brutales. Pero no tocaron "Born To Punk" y se lo tuve que reciminar al acabar. Ntchs. Ahí les va una foto conmemorativa.



Rondando las 4am, y a mitad de actuación de los Muletrain, despedidas y regreso a dormitar un ratito. Me tocó dormir en el techo de la furgo de Adicto. Se oía un jaleo en el exterior de la misma que no me dejaba conciliar el sueño. Habría salido a regalar dos bofetones, pero el sueño se acabó apoderando de mí.

Viernes, que te quiero viernes...

Despertar en cama extraña. Higiene personal. Interna y externa. Abro la nevera de la abuela y le robo un zumo, que me entero más tarde que era de Ibai (perdona tío, yo no sabía... ¿Eh?). Me recoge Ira y nos vamos a desayunar a un bar que luce un escudo del Athletic en una pared y otro del Real Madrid en la otra pared. Me pongo a mitad de camino de ambos. Café con la leche fría. Un par de cigarros. Le pido a Ira que me lleve al cementerio de Santurtzi, que tengo una asignatura pendiente desde hace muchos años.

Llegamos al cementerio. Damos un garbeo por su interior. Quiero visitar las tumbas de Josu y Jualma de Eskorbuto. Preguntamos a un señor y nos dice que ya se imaginaba que hacíamos por aquellos andurriales. Que todo el mundo viene a lo mismo. Que nadie recibe más visitas que ellos dos. Y nos acompaña. Josu Eskorbuto primero. Jualma Eskorbuto después. Me siento muy bien. Siempre les idolatré. Y me siguen pareciendo dos tipos sin igual. La columna vertebral de la banda más honrada que ha pisado la Tierra en millones de años. Ambos dos tras su losa de mármol. Que grandes fueron... Que grandes son...



De allí nos vamos a Algorta. A almorzar como Dios manda. Pintxo de tortilla de patatas y bonito. Ira dice que pasa, que las tortillas están hechas de huevina, que no es buena cosa comer ese tipo de historias... Por lo que ella se pide un pastel de arroz que, curiosamente, lleva de todo menos arroz. ¿Les dije que estamos en Bilbo, no? Ellos son así... De allí a Berango a darle la sorpresa de rigor a Yuka. Entro en su trabajo y me fundo en un enorme abrazo con ella. Adoro a esa cría. Nos contamos nuestras cosas en cinco minutos. Más abrazos. Y más besos. Y a tomar una caña, que hace mucho calor y tememos que nos dé un mareo o similar.

De allí a Getxo. Que Ira me prometió un chuletón y hemos de dar cuenta de ello. Antes otra caña para abrir el apetito. Desde la terraza avistamos un par de féminas que según Ira son dos pibones. Le advierto que tienen más pinta de travelos que de pibones. Se nubla un poco el cielo en Euskal Herria, y nos metemos en el Asador.

Nos atiende una chica de Donosti (dato que me invento) que se llama Amaia (dato que también me invento) que parece quedar fascinada con mi melena (este dato se lo inventa Ira). Muy guapa. Rubia. Guapa. En la mesa de detrás están sentadas las pibones que avistó Ira y que ahora se viene a mi terreno: Dos Travelos. Pedimos chuletón de buey para mí y solomillo para Ira. Charlamos. Nos reímos. Traen los platos. Madre del Amor Hermoso... Un palmo cuadrado de chuletón. Casi tres dedos de gordo. Delicioso. En su punto. Creo que debería haber sido cirujano. Apuro a mordiscos hasta llegar al hueso. Precisa disección. Delicioso. Tremendo. Luego compartimos una tarta de queso. Creo que en ese punto Amaia ve que compartimos la cuchara y deja de hacerme caso. Un café con hielo. Y vuelta a casa de Ira, que dice que se tiene que cambiar.

Allí recogemos de paso a Jone, prima de Ira. Señorita vasca por los cuatro costados. Cara de vasca. Risa de vasca. Yo, para mí, que debe ser vasca. Tremendamente agradable. Ponemos rumbo a Bilbo. Que hay concierto de la esquimal más célebre del mundo. Y por allí han de andar los amigos de Ira (de ella, míos no, y dice Jone que de ella tampoco). Yendo hacia allí me planteo la posibilidad de plantearles una disyuntiva muy de freakie: ¿Qué coño pintaban C3P0 y R2D2 en la Guerra de las Galaxias? Si sólo hacían que perderse por el maldito desierto y escacharrarse cada dos por tres... Tienen toda la cara de ser fans de ese tipo de elocubraciones, pero temo se me contagie algo si hablo muy cerca de ellos y dejo el tema en el tintero.

Llegamos al Guggenheim. Y aquello es un caos de los buenos. Todo en obras. Una especie de Operación Malaya aplicada al carácter euskaldún. La organización es de todo menos eso. Me envían de ventanilla en ventanilla. A un edificio azul. A una puerta. Que me pase por la Araña. Que mira el perrito de mierda ese de flores. Que otra vez arriba. Que no, que abajo. Que me espere. Que me siga esperando. Hasta que llega un momento en el que me preguntan si llevo una cámara de fotos. Respondo que sí. Y me dicen, pues entra y espera allí. Con lo cual deduzco que si en Bilbo te compras una cámara de fotos tienes acceso a todos los conciertos que desees sin pasar por taquilla. Tomen buena nota de ese consejo. Allí esperando Jone dedica su tiempo libre a organizar la cola de espera en los lavabos. Me acreditan. Y accedo a al zona VIP.

Tras un par de fotos al telonero más efímero del mundo (yo diría estuvo en el escenario algo menos de cinco minutos) que era el hermano o el primo o algo así del Farruquito; llega el momento de la actuación de Björk. Pero no voy a dejar aquí constancia de lo que aconteció sobre esas tablas. No es el lugar adecuado. Hice un centenar de fotos, se me pusieron los pelos como escarpias. Salí del foso a acurrucarme junto a Ira y Jone. Y disfrutamos como tres enanos dels espectáculo. Aunque no haya comentarios del concierto de Björk si os dejo un puñado de instantáneas. Todas vuestras.



Al acabar el concierto, y tras llamadita de móvil, corrí a fundirme en un abrazo con Root. Con mi querida Root. Con ese trocito de mí que vive en Sevilla y deambula por el mundo. Mi mundo. El nuestro. La adoro. En sus brazos podría fundirme si me reencarnase en cubito de hielo. Unas risas. Otras más. Y volvimos a bifurcar nuestros caminos con la certeza de que se volverán a cruzar mil veces más. Seguro. Tomo nota de tu invitación a Sevilla. Ya me muero de ganas de volver a verte, Root. Te Quiero.

Dejamos atrás el Guggenheim. Por un lado el reencuentro con los amigos de Ira (sí, tuyos, Ira, tuyos...). Si el chico de las dos cejas ya de serie porta el flequillo de cartón piedra, no les quiero hacer saber a ustedes el aspecto tras la sudada de un concierto. Me quise hacer foto con él, pero me corté. Por otro lado Jone dando la brasa con cenar algo. Yo tenía aún el chuletón a mitad de camino de su digestión. Por lo que mientras cenaba, Ira y servidor nos fuimos a tomar algo al bar más cercano. Una hora después reunión de tres de nuevo. Coger el tren. Rumbo a Santurtzi. En fiestas. Una Heineken sentados en un portal. Y de allí a la cama. Agotado. Una ampolla en un pie. Duchazo. Cigarrillo de rigor. Y dormir. Con el reloj y su tic-tac demoníaco en la otra punta de la casa.

Jueves, ya no eres un día cualquiera...

Nunca en mi vida había abortado misión con tanta celeridad. Salí de mi casa poco antes de las 10am. Un café en el bar de siempre. Un llenar el maletero con lo imprescindible. Un sacar a Willie de las tripas de mi parking. Un meterme en la Ronda de Dalt y verme atrapado en la telaraña de los que viven empecinados en ir a trabajar. Un salir de la Ronda de Dalt en la siguiente salida. Y abortar misión, de momento, engullendo el segundo café con hielo de la mañana.

Ahora sí. Serían las 10.30am aproximadamente. Subo a la grupa de Willie y ponemos rumbo al Norte. Táfico fluido. Acelerando. El iPod desgranando clásicos encadenados. Acelerando más. A sabiendas del asco que me produce España, y que me suele mermar la salud, opto por llenar el depósito en la última gasolinera de Catalunya. Y vuelta a acelerar. Y canturrear unas, y berrear otras. Y en poco menos de cinco horas Willie apoya su cabecita en la acera. Estamos en Santurtzi.

Llamar a Ira. Besar a Ira. Abrazar a Ira. Acompañar a Ira al cole a buscar a Ibai. Recoger a Ibai. Intuir que el pelo largo con barba en las guarderías causa un impacto demoledor. Sentarnos los tres a tomar algo. Un par de pinchos para mí. Ira, que vacila de entrada más de lo debido, no me trae una guindilla sino tres ensartadas en un palillo. Me veo obligado a demostrar mi hombría. Me como también, de refilón, un pintxo de tortilla. El café con hielo de Ira lleva en su interior una rodaja de naranja tamaño euskaldun y una de limón tamaño común. Son raros los vascos, muy raros... Ibai me sigue escrutando con sus dos ojazos. Le vacilo como suelo. Se me advierte que el vacile se me devolverá multiplicado por ene. Así será, en efecto. Ibai se toma su zumo de piña, que no de pizza, y ponemos rumbo a casa de Ira a dar de comer a un gato.

Hola gato. ¿Eso es un gato? Tiene el tamaño de una oveja. Tiene el pelo más largo que una oveja. Se tumba en el suelo con las patas hacia arriba. Maúlla. Es un gato. Precioso. Es El Gato. E Ibai se saca de la chistera un globo. Bien sabido es el asco que me producen los globos. Me dan dentera. Pero una sonrisa de niño bien merece el esfuerzo. Lo hincho repetidamente. Lo deposito en manos de Ibai. Lo suelta repetidamente. El globo vuela a lo loco repetidamente. Nos reímos repetidamente. Y nos vamos a tomar un café a Portugalete. No, Ibai no. Ibai se toma otro zumo y una bolsa de patatas, tranquilos/as. Ya nos hemos hecho amigos. Los escalofríos del látex en mi boca han valido la pena. El Gato no ha balado, pero no me habría extrañado lo más mínimo.

Camino a Portugalete me recreo en uno de esos detalles absurdos que me fascinan. Una auténtica bilbainada. Los autobuses que deambulan por las calles, lo hacen con el dorsal número 3.333, 3.335, 3.331... ¿Cuántos autobuses hay en Santurtzi? Si tengo toda la impresión de que en Barcelona el número más alto que he utilizado ha sido el 89... Son de lo que no hay. Llegamos a bordo de uno de ellos a Portugalete. Madre mía, lo primero que pienso al pisar sus calles en la cantidad de Speed que consumí en mi adolsecencia cuya Denominación de Origen era precisamente la de aquel lugar. "Tengo Speed de Portugalete, del rosita" decía mi proveedor habitual. Y allí estaba yo.

Fuimos a buscar unas llaves de una habitación de pensión para unos amigos de Ira (amigos suyos, yo no les conozco de nada, luego os cuento...). El hostalero gasta un aliento a Moriles de puta madre. Cojo a Ibai en brazos, pongo cara de atender unas indicaciones de como llegar a la habitación, de como encender las luces, de como activar una alarma; pero no hago mucho caso. Me estoy pegando unas risas con Ibai y delego ese asunto en manos de Ira. Luego se lo tenemos que explicar a los inquilinos. Eso lo delegaré también en ella. Nos tomamos dos cafés por barba. A modo de pintxo me tocó lidiar con los vaciles interminables de Ibai. Tiene la extraña costumbre de responder con un "¿Eh" a todas y cada una de las preguntas que se le formulen. Hasta la extenuación. Con tanta frecuencia que, cuando le preguntas algo, ya oyes en tu mente el "¿Eh?" un segundo antes de que salga de sus labios. Ya sale. Infinitamente. Sale. Seguro. Sí. Sale. Siempre sale. ¿Eh?

Vuelta a casa de Ira a dejar a Ibai en su abrevadero. Procedemos a ello. En el camino de regreso a su casa pasamos por debajo del puente colgante para atravesar la ría. Si coges la barquita te cuesta unos 27 céntimos. Si lo cruzas caminando casi cinco euros. Vascos... De allí a casa de su abuela. Lo que será mi campamento base. Dejo los bártulos. Nos fumamos unos cigarros en el balcón de la dueña de la casa. Y comparto con Ira la charla que nos debíamos desde hace unas semanas. Charla seria. Nos tocaba. Una delicia de charla. Espero que Ira sepa deshacer todos los nudos de su soga. Estoy convencido de que así será. Y de que le va a costar horrores también estoy seguro.

Vuelta a Portugalete. A recibir a los amigos de Ira (que míos no son, repito). Pueblo moribundo donde los haya un jueves por la noche. Cenamos un kebab cada uno. No está mal, pero comer un kebab en Bilbo no debe ser ni medio legal... Ntchs. Justo después llegan los amigos de Ira. Dios mío... Menuda banda de freakies se baja de la furgoneta que los transporta... Aspecto de jugadores de rol empedernidos. De esos que en Japón dicen tener el síndrome de hikikomori y viven parapetados en sus habitaciones con el ratón del ordenador en una mano y el mando de la Play en la otra. Dos de ellos se quedan en la habitación de la Pensión Moriles. El que tiene dos cejas luce un flequillo acartonado por el sudor. El que luce una ceja no quiero ni mirarlo de cerca. Banda...

Camino de regreso. Dirección cama. Una Heineken en terracita. La mar de agradable. Le comento a Ira que mañana compre una Tranchetes por si los dos que duermen en la Pensión Moriles se niegan a salir y hay que alimentarlos por debajo de la puerta. Y tras la caña, la charlita y las risas nos vamos a dormir. Subo a mi habitación. Me ducho. Me fumo un piti en el balcón de la abuela. Hago balance del día vivido. Me es favorable. Me meto en la cama. Acompañado por un tic-tac de reloj que no me permite dormitar. Echo de menos a Benito. Me gustaría tenerle en las mano para apretarle la tripita llena de serrín. Al final sí. Caigo dormido como un bebé. Suelto todas las zetas que guardaba en mis pulmones.

lunes, 9 de julio de 2007

Vidas Ejemplares: Abstemio Ruidrobos

Dejó la copa sobre la barra y dejó escapar un trago de aliento con olor a desinfectante. Cogió su bastón. Se clavó la gorra dando dos vueltas de tornillo sobre su frente. Y salió a la calle con la garganta en llamas. Y con su traje de los domingos.

Abstemio, ese era su nombre de pila. Toda una broma paterna que él, a lo largo de su vida, se había encargado de desacreditar. Y no sólo eso. También se había encargado él mismo de perpetuar. Bautizó a su primogénita con el nombre de Enfermedad. Y a la segundogénita como Congénita. Todos ellos formaban una familia de lo más peculiar. La madre se llamaba Sequoia. Y digo se llamaba porque se fue de casa hace casi quince años ya. No podía aguantar más las burlas del vecindario. Cada vez que leía la placa del buzón se venía abajo por dentro. Pobre mujer.

Abstemio gustaba de pasar las mañanas de su vida jubilada sentado al Sol. Con la solapa de su abrigo subida hasta las orejas. Por ese preciso motivo lo único que tenía un tono moreno en su piel era su frente. O, mejor dicho, el espacio que queda entre la gorra y las cejas. De lejos daba le impresión de que lucía sobre sus ojos un trozo de tela como el de Eva Nasarre. Pero eso es otra historia. No divaguemos.

Abstemio hoy no se sentó a tomar el Sol en el banco de siempre. Abstemio hoy tenía in mente acudir a un miting electoral que tenía lugar en su ciudad de adopción: Guarromán, provincia de Jaén. Los encargados de perpetrar ese miting eran, precisamente, los de la oposición de su partido de toda la vida. Pero eso poco importaba. Estaba seguro de que podría hacerse con un bocadillo de embutido y con un Trinaranjus de lata. Poco importaba el resto.

Y allí le tenemos. Con un trozo de salami entre dos piezas de su dentadura postiza (detalle que molesta harto más que en la dentadura habitual, y mucho menos que en una dentadura de dientes de leche porque de un estirón pueden volar tres piezas dentales con la consiguiente faena acumulada para el Ratoncito Pérez). Con una lata de Trinaranjus de limón en la mano. Sentado en tercera fila.

Uno tras otro los hombres-marioneta iban pasando por el púlpito para desgranar sus arengas. Todo mejoras para una sociedad que margina a hombres como Abstemio, pero que cada cuatro años reclaman su voto y lo defienden con uñas y dientes. Por eso el detalle del bocadillo de salami y el Trinaranjus de limón, ¿si no de qué? ¿eh?

Llovieron globos del techo del pabellón polideportivo. Y llovió confetti. Y Abstemio dejó en el suelo la lata de Trinaranjus de limón. Junto a sus pies. Se calzó la gorra con las dos vueltas de tornillo de rigor. Agarró su bastón. Y salió a la calle.

Abstemio gustaba de dar golpes de bastón al aire cuando pasaba junto a una bandada de palomas de las que picotean sobre el asfalto con la ilusión de que en uno de esos picotazos haya algo más que piedras en su pico. Abstemio pasó por encima de las palomas, que se abrieron a su paso, para cerrarse de nuevo a su espalda. El bastón todavía se movía ralentizado de un lado a otro por aquel entonces.

Al llegar a casa Enfermedad y Congénita le tenían la comida en la mesa. Lentejas. Como cada lunes. Se desnroscó la gorra y la dejó sobre la cómoda. El abrigo raído en el perchero con los hombros llenos de confetti. Se sentó en la mesa. Con la primera cucharada de lentejas encontró algo sólido en su boca. Era una piedra. De las piedras que vienen de serie en las lentejas de toda la vida. Esa piedra que no existe y que se añade a cada bote de Lentejas Cidacos por no perder tradiciones ancestrales. Como el haba en el Roscón de Reyes.

Abstemio se tomó ese acto como una venganza de las palomas. Y, como cada lunes, decidió seguiría molestando el ágape de éstas con su bastón. Abstemio, por culpa de las lentejas, se había convertido en colombocida. A su lado, en la mesa, Enfermedad y Congénita le miraban y movían los labios. Pero todo estaba en el más absoluto de los silencios. Fue justo en ese momento cuando Abstemio se dio cuenta de que se había dejado el sonotone sobre la mesita de noche aquella mañana de Febrero.

Vidas Ejemplares: Eufemia, La Alondra

Eufemia Rodríguez Pita. Así se llamaba ella. Pero todo el barrio la conocía como La Alondra.

La Alondra tenía encomendada una tarea de esas que nadie te encomienda pero que acabas asumiendo como propias. La Alondra esperaba agazapada tras las cortinas de su ventana hasta que dejaba de llover. Justo en ese momento bajaba las escaleras a toda velocidad (bueno, a la velocidad punta que puede coger una señora octogenaria, a no ser que salte desde un ático porque en ese caso su velocidad sería de nosecuantos metros por segundo al cuadrado...) y, gamuza amarilla por un lado y marrón por el otro, dedicaba su tiempo muerto a secar a las palomas que habían permanecido bajo la lluvia.

Se esmeraba en su trabajo. Pasaba su gamuza por todas y cada una de las plumas de las palomas. Ellas se arremolinaban a su alrededor. Incluso algún gorrión, disimulando entre sus saltitos, se ponía a la cola del zafarrancho de limpieza de La Alondra.

Sentada en un taburete de madera, idéntico a los que usan los limpiabotas de Las Ramblas de Barcelona, y con una sonrisa en sus labios se dedicaba a su labor entre gorgoritos y peleas de palomos en celo con el pecho tres tallas más grande de lo debido. Pensaba para si misma que seguro que su vida sería harto más relajada si no viviese en su Vigo natal. Pero así era. Y ya era tarde para lamentarse por ello.

Ese día en concreto era un martes. Un martes negro que empezó con lluvia y acabó con una bandera a media asta y un crespón negro colgando. Mientras La Alondra tarareaba un antiguo cuplé, un vehículo que circulaba a excesiva velocidad le pasó por encima. Un chico demasiado joven para tan magno desaguisado. Para tanta sangre. Era demasiado joven hasta para su edad. Se llevó las manos al rostro. Se encerró en sus lágrimas. No pudo ni oír, en su llanto desconsolado, el abrir de las ventanas del vecindario. Estaba roto por dentro. Y por fuera.

A ese chico, desde ese día, le llamaron El Farru. Pero eso... Eso ya es otra historia.

lunes, 2 de julio de 2007

Sin Noticias de Stup. Episodio I

Jesusito, el de mi vida, me ha regalado esta mañana un catarro. Es la primera vez que alguien me regala algo en la tierra. Me lo he bebido de un trago. He empezado a toser como un endemoniado. Jesusito se ha sonreído. A mí maldita la gracia que me ha hecho. Pero lo prefiero a los regalos que me hacen los cuatro chaperos que montan guardia en las cuatro esquinitas de mi cama que cuida Jesusito.

Sigo sin noticias de Stup. Me levanto de la cama. Me ducho con agua fría. Dejo el sudor perderse por el desagüe. Me materializo en una señora con rulos enfundada en bata de boatiné con kleenex asomando del puño. Y me tumbo ante el televisor.

En el televisor empieza un programa que se llama El Delirio de Patrizia. Es un programa en el que van gentes y les traen a su pareja ideal. Las hay de ambos sexos. Se diferencian en que los varones llevan las cejas mejor perfiladas que las hembras.

Aparecen dos varones. El uno es el ex del otro, y viceversa. Se asustan porque creen los van a liar de nuevo. Se niegan. Pero luego sacan dos varones más. Cejas perfectas. Caben los cuatro en un sofá de dos plazas. Pero ninguno de los cuatro se levanta por no dejar desprotegida su retaguardia. De los cuatro tres se lian entre ellos y el otro asevera que no vuelve al programa.

Sale una hembra. Cejas pintadas con boli. Dice que se ha enamorado de un abuelo que salió en la tele hace un mes. Le dicen que vale, que perfecto, pero que salga del plató cuanto antes. Se va. Entra un viejo. Le dice a la presentadora que era vecino suyo. La presentadora se desentiende. Dice también que llevaba camiones cargados de acero a Jaén. Ese dato nadie lo atiende y se sigue adelante con el programa. Acaba entrando la vieja. El viejo pone su mano en el muslo de ella para comprobar el género. Sorprendentemente dicen de ir a cenar juntos. Se llevan las dentaduras.

Sale una hembra. De buen ver. Que dice buscar novio. Está buena. Pero tiene pinta de fumar Camel Light en algún bar de carretera. Cejas pintadas con boli. Le traen a dos machos. Uno border-line. El otro viste chándal. Le inquieren para que elija uno. Acorralada opta por decir que se queda con los dos. El varón border-line sabe que su madre no le dejará llegar tarde a casa. El del chándal dice tener que arreglar unos papeles al día siguiente en Madrid y que se queda toda la noche de mambo. Dan paso a publicidad. Supongo la hembra pide explicaciones a la dirección del programa.

Entra un chico. Corpulento. Cejas perfiladas a las mil maravillas. Pendientes brillantes en una oreja. Se sienta y cuenta que tuvo una novia, que conoció en ese mismo programa, pero que al cabo de dos meses se le puso a tiro su ex y no pudo sino pasársela por la piedra. Que acto seguido su ex se desntendió del chico corpulento y ahora venía a recuperar a la otra. Tremendamente lógico el caso. Hacen pasar a la chica. Al ver al corpulento se le encoge el alma. Las cejas, eso sí, casi tan bien perfiladas como el varón. La chica escucha lo que le tiene que decir el fuertecito y le dice que fenomenal, pero que de eso nada. Que no. Y punto. Fin del programa.

Yo no sé si volverme a la cama o si hacerme un bocadillo de unas salchichas ahumadas que dejó Stup antes de irse. Temo me traigan recuerdos. Al final opto por lamer la puerta de la nevera. A ver si pierdo unos kilos.

Crónicas desde el sofá (Pt.I)

Desde el sofá el prisma varía un poco. Desde el sofá se rebaja el rasero hasta límites insospechados. Desde el sofá mi única ventana al exterior es mi televisor. ¿No les parece una tragedia? Lo es, se lo aseguro, lo es...

Llevo desde el viernes pasado tosiendo. Sí, no me vengan con la cantinela de siempre, se lo ruego. Ya sé que fumo mucho. Mi madre sabe que fumo mucho. Mi estanquero sabe que fumo mucho. Todo el mundo sabe que fumo mucho. Pero llevo un par de días de casi no fumar. Eso, mucho me temo, mi estanquero también lo debería saber a estas alturas. Y, claro, al fumar tanto, uno es bastante más que sensible a los procesos catarrales. Yo creo éste que nos ocupa hoy me lo traje a rastras desde Zaragoza. Eso de estar sudando la gota gorda en medio de unos millares de melenudos para salir luego al frío desértico de los Monegros con la ropa empapada no puede ser bueno para la salud.

Pero me estoy desviando del tema, creo. Tengo tos. Y punto. Es lo que hay. Y por eso de la tos fumo menos. Y por eso de la fiebre me ducho más. Hoy llevo ya tres duchas en lo que llevamos de día. Me vuelvo a desviar...

El caso es que asomado a mi única ventana, medio dormido o medio despierto, las noticias que me llegan del exterior hacen que las ganas de recuperarme sean más bien nulas. Me aportan más bien nada. Porque me importa bien poco lo que veo a través de mi ventana. Cada ratito despierto lo culmino con un parpadeo largo. Con un efecto secundario de las medicinas que ingiero. Con un sopor irrefrenable. Y despierto violentamente cuando en un plató se lian todos a gritar al unísono. Ya sea porque la ex de Julián Muñoz fuese puta en un pasado más o menos lejano. Ya sea porque finalice el juicio del 11-M. Ya sea por lo que sea. Porque sea como sea todos acaban gritando. Incluyendo la gaviota que atemoriza a todas las bestias de mi tejado. Ya me informará Bárbara Chimenea de cuanto acontezca allí.

miércoles, 27 de junio de 2007

Dinamita (de dentro a fuera)

Amaneció el día en mi planeta nublado. No esperaba menos de él. Amaneció mi tejado con un charco en su corazón. Y mi piel desnuda, sobre mi cama, con el vello erizado. Abrí los ojos. Los dos. Cogí el móvil para cerciorarme de en que hora terrestre nos encontrábamos. Y justo en ese preciso instante sonó la alarma que había diseñado para mí la noche previa a la de mis cristales rotos.

Un escueto paseíto hasta mi cocina. Un abrir la nevera con mi mano derecha. Un coger una botella de agua de su interior. Un engullir dos tragos de agua gélida. Un sentarme en mi sofá. Un encender un Marlboro. Un pensar en que estoy harto de fumar. Un pensar en no fumar nunca más engullendo humo. Un contrasentido más de los que campan a sus anchar por mi humilde morada. Un levantarme para clavar mis codos en mi ventana. Un sentir el frío en mi pecho desnudo. Un par de toses mal administradas. Un seguir tragando humo. Un pensar en ayer. Un borrar con la mano sobre la pizarra. Un sacudirme la mano contra mi muslo. Un ya no querer saber. Un no darle más vueltas ya a la misma canción. Un pensar en la canción de mi verano. Un apurar el cigarro hasta ahogarlo, como hace él conmigo. Un volver a la cama. Un desnudarme. Un meterme bajo la ducha. Un enjabonar mi piel como si me hubiesen violado. Un secarme a latigazos de toalla. Un enjabonar mi dentadura. Unas gárgaras y un escupir sobre el desagüe. Un vestirme. Un meter las llaves del coche en un bolsillo y la radio en otro. Un entrar al parking con el segundo cigarro colgando de mis labios. Unas gafas de sol grapadas a mis orejas en un día no tan soleado como merezco. Un arrancar. Un empezar a sonar The Dwarves. Un conducir a través de mi ciudad de mierda hasta llegar a mi mar. Un pedirle a un camarero un café con leche. Y un camarero que ya lo sabía sin que se lo dijese. Un sorber mi café con diminutos sorbos. Un entremezclar el aroma torrefacto con el olor a salitre. Una playa desierta. Un señor que pasea a su perro. Y un perro que pasea a su señor. Un ojear la prensa sin prestar atención a ninguna noticia. Un no saber si el periódico es el de hoy o el de ayer. Una firme convicción de que las noticias habitan en un bombo del que van saliendo aleatoriamente y de forma cíclica. Un pensar que siempre es la misma canción. Una radiofórmula informativa sin sentido alguno. Unos soldados abanderados. Y unas banderas soldadas. Y una nube de mentiras que no deja asomar sus mejillas sonrojadas a mi Sol. Un vacío enorme en el pecho. Una sensación de alivio. Una propina no demasiado generosa. Y un volver al coche. Un descaminar el camino para volver al punto de partida sin pasar por la salida y sin cobrar 20.000 pesetas del Monopoly. Un fumar con el codo en la ventanilla del coche. Un pie derecho acelerando y un pie izquierdo marcando el bombo de The Dwarves. Un entrar en casa y vaciar mis bolsillos sobre el mueblecito del salón. Un sentarme a escribir. Un no saber qué decir. Una duda respecto a si todo está ya dicho. Un no encontrar respuesta a mis preguntas. Un arrugar mis preguntas y lanzarlas a mi papelera de Ikea. Un encender otro cigarro y volver a pensar que fumo demasiado.

Amanecer con un reloj entre las manos. Un tic-tac y dinamita. Mala combinación. Una explosión de dentro a fuera. Un muro de hormigón que permanece en silencio ante mis ojos. Destruido. Derruido. Defenestrado. Roto. Por fin soy libre. Por fin he salido de la jaula. Y sigo viendo barrotes bailando por todas partes. Creo que seguiré rompiendo jaulas. Una tras otra. Y, creo también, que seguiré fumando.


The Dwarves - Over You

Enésima Resurrección

Procedimiento rutinario. Me acabo de bajar el nuevo disco de uno de los grupos que más me gusta saborear en directo. Es un directo en Oslo de los The (International) Noise Conspiracy. Me enciendo un Marlboro. Y ahora toca engullir con la nariz tapada un día como el pasado.

Me he vuelto a estrellar contra la misma pared de siempre. Contra el mismo muro de hormigón en el que ya se dibuja, sanguinolenta, mi silueta. Pero hoy no ha sido como el resto de las veces. Hoy ha sido la más dura de todas ellas. Hoy, Camaradas, he atravesado el muro de mis lamentos. Como en los dibujos animados en los que me abstraía de pequeño con un bocata de Nocilla bicolor entre las manos. Hoy el muro se ha partido en mil. Y ahora permanezco arrodillado al otro lado de lo que, hasta hoy, desconocía.

Hoy, ella, ha pasado del bolsillo izquierdo al derecho. Ha vertido mentiras y calumnias (que no creo ni que piense, si soy del todo sincero) sobre mi persona. Ha dicho cosas del todo denunciables. Ha olvidado quién soy. Y, lo que es peor, ha olvidado quién es. Pero ya no me atañe. Ya ha caído por el agujero de mi bolsillo derecho, y ahora repta entre los charcos a los que nunca miro. Entre los charcos donde me gusta chapotear. Hoy ha caído en el océano del olvido. Para siempre. Eso, ella, también lo sabe. Este es su último renglón. También lo sabe.

¿Y dónde estoy yo ahora? Nadie me dijo que ese muro de hormigón se podía desplomar. Nadie me dijo que a este otro lado también había un enorme campo de amapolas. Y, durmiendo encima, otro campo aún más grande. Nadie me dijo que a este otro lado todo era del color rojo que sólo yo puedo ver. Nadie me dijo que si lo rompía Clàudia montaría una fiesta. Una fiesta de esas en las que Guirlatxe y Benito bailan hasta caer rendidos entre lágrimas de risa. Una fiesta de esas en las que todos mis pelutxes saltan sobre mi cama.

Puede que nadie me lo dijese porque debía descubrirlo por mí mismo. Y así ha sido. De momento voy a permanecer aquí sentado. Apoyando sobre mis rodillas todo el peso de mi mundo. No en vano hoy es el primer día de un mañana más dulce. Hoy es el primer día, continuación de mi Nochevieja disléxica. Hoy sigue siendo una porción más de mi 2mil7 del alma. Hoy sigo avanzando hacia dentro de mí. Sigo esbozando una sonrisa en mis labios que me ha prestado mi niña de los cabellos rojizos.

Hoy vuelvo a nacer. Hoy me vuelvo a mecer. Hoy doy media vuelta sobre mi almohada y sigo dormido en mis propios brazos. Me acuno en mi propio regazo. Hoy le doy vueltas al melón que porto sobre mis hombros pensando en un nuevo tesoro que acabo de encontrar.

Y ahora me voy a la cama. A retorcerme de placer. A navegar sobre las arrugas de mis sábanas. Creo de justicia cerrar hoy este regreso con un tema de los anteriormente citados T(I)NC. Su Capitalism Stole My Virginity.

miércoles, 16 de mayo de 2007

Banda sonora

Hoy no tengo ya, a estas horas, demasiadas ganas de aporrear el teclado. Más bien pocas o ninguna. Pero desde los primeros albores del día pretendía asomar a mi rincón un ratito para compartir algo con nadie. Han sido dos detalles absurdos concatenados. Dos detalles de esos que pasan tan desapercibidos que me fascinan sobremanera.

Hoy he ido a pasar el día a la playa. A mi playa. A mi cala preferida. Mi cala duerme en Tossa de Mar. Y siempre guarda en su bolsillo salado un par de olas a mi nombre. Hoy he besado a ambas.

Pero el hecho que me ha parecido relevante y que he querido compartir con nadie, es el siguiente: Resulta que en mi labor de copiloto pasivo he avistado una señal de esas de carretera en la que rezaba la inscripción: Precaución, bandas sonoras. ¿Qué haría yo pululando por esta vida sin mi banda sonora? Sin la pasada. Sin la presente. Sin la futura. No hay que tener precaución antes las bandas sonoras. Lo que hay que hacer es educar el oído. Con eso es suficiente, Señor Agente.

En el momento en el que he avistado la señal, una canción ha sonado dentro del coche. Una canción de unos tal Pereza. Que no me gustan más bien nada. Una canción en la que colabora Iván Ferreiro, que sí me gusta y mucho. Una canción titualda Todo. La he escuchado entera y me ha parecido una canción preciosa. Perfecta en su elaboración. Y muy bien interpretada. Además, la letra, viene como anillo al dedo. Como dedo al culo. Os la dejo aquí. Disfrutadla.

viernes, 11 de mayo de 2007

Back to the Basics

¿Qué tal? ¿Seguimos vivos? ¿Sí? Bien. Buenas noticias esas, sin duda. Yo bien. Yo también bien. Sigo bien. Sigo moldeando con mis dedos esta vida de arcilla que gira y gira en el torno sin parar. Pero antes de seguir, permitidme deje colgado en esta página de corcho una fotografía. Una foto de mi regreso a mi hogar. Al centro de la pista de baile de mis amapolas. Perderme para encontrarme. Sentirme vivo. Muy vivo.

Photo Sharing and Video Hosting at Photobucket

¿Os gusta? A mí me encanta... Y bien, como os iba diciendo, aquí ando de vueltas conmigo mismo. Me enciendo un cigarro y sigo. Un momento. [Calada honda]. Disculpad. Continuemos...

Mi vida ha dado una serie de tumbos que hoy, apresado por un insomnio causado por la ingesta de dos latas de Coke visionando Supervivientes, he creído interesante relatar en un par o tres de renglones.

Os conté hace un tiempo que cogí con fuerza la mano de Laü. Es una chica estupenda. Una gran PERSONA. Así, con mayúsculas. Y, espero, una amiga para toda la vida. Sin embargo, a nivel pareja, la cosa no ha funcionado o no hemos sabido hacerla funcionar. Eso quiere decir dos cosas: Que en este tiempo he ganado una amiga. Y que sigo en el mercado de Cupido. Cuidado con el Seductor.

Otro detalle es que hace casi un año me vi sumergido en un proceso judicial del todo ajeno a mi persona. Pero me vi involucrado en el mismo. Bien. Dicho proceso ha finalizado, por fin. Se me entregarán 200 Tazos correspondientes a una sanción y se acabó la pesadilla.

Más cosas... Ah, si. Existen muchas posibilidades de que en breve, muy en breve, me incorpore al maravilloso mundo del currante. La idea de volver a trabajar no me satisface en absoluto. Antes al contrario. Pero en breve me reducen mis ingresos por ser un desempleado legal, y mucho me temo que no podré sostener mi modus vivendi con la placidez deseada. Es una buena oferta laboral. Digna de ser aprovechada. Ya os contaré qué dice mi posible futuro jefe cuando me llame para decirme si sí o si no...

Y no sé si me dejo algo en el tintero. Ahora mismo no se me ocurre nada más. Dedicaré unos minutos a llenar un par de folios de renglones medio torcidos y poquita cosa más. Igual sería interesante cerrar este regreso con alguna canción. Y hoy me apetece mucho Type O Negative. Su Everything Dies.



Un placer reencontrarles... Salut!

domingo, 4 de febrero de 2007

La Noche de mis Cristales Rotos

Hay noches más largas que otras. No nos damos cuenta de ese detalle porque la mayoría de las veces aprovechamos para dormir un ratito. Esas pasan volando todas. Nos las perdemos. Ésta de estos precisos momentos es de las otras. De las largas. De las en vela. De esas que siempre me llevan a pensar que me gustaría estar en mi paraíso pirenaico para oler a pan recién hecho. Para, con este frío, ver salir bocanadas de vaho de entre mis labios. Y bocanadas de humo de la chimenea del horno.

Ha sido el primer guiño de este 2mil7 con sabor de 2mil6. Ha sido tumbrame en el sofá y sentirme como un fakir. Tumbarme un momento en mi cama y sentirme como si se hubiesen metido entre las sábanas mil erizos de mar. Hoy era noche de no dormir. La secuela lógica a un día con quebraderos de cabeza. Día de volver a fumar mucho. Día de centrifugado. De lanzamientos de boomerangs. De lanzar contra la pared una pelota de goma y cubrirme el rostro con las manos para prevenirme de un posible impacto. Día de contraer los músculos del vientre para vomitar sin nada en el estómago. Nervios.

Lo único positivo del día que yace a mis espaldas es que me he dado cuenta que me he desacostumbrado a esas sensaciones. Que me son extrañas. Cuando, sé a ciencia cierta, que antaño me fueron tan y tan familiares. Eso me alegra. Y si no sonrío hoy es porque no me apetece, pero me parece un motivo digno de descorchar la botella de cava que duerme en mi nevera. Pero no lo haré. Lo haré cuando ella llegue. Es lo mínimo que puedo hacer porque es ella la que me ha iluminado el camino que ha hecho borrar esos recuerdos del ayer.

He decidido tras todas estas elocubraciones internas que hoy no dormiré. He llegado hasta aquí y no me pienso detener. Este guiño de 2mil6 será debidamente eliminado y luego vaciaré la papelera de reciclaje. Me voy a fumar un cigarro en mi balcón junto a mi Lluna. Me voy a duchar con agua caliente. Me haré una mascarilla en el pelo. Cuando amanezca subiré al asiento que siempre guarda para mí Willie. Le llevaré conmigo cerca del mar. Le dejaré descansar mientras me tomo un café con leche con aroma torrefacto y de salitre. Y, cuando vea el fondo de la taza, lanzaré ese guiño maldito al fondo del mar. También lanzaré allí dentro todos los erizos que ahora campan a sus anchas por mi cama. Y a ese día, si no os importa, lo llamaremos Domingo.

Me pregunto cuando desaparecerán esos recuerdos que no me gustan. Me pregunto cuantas patas tiene esa araña. Y si su telaraña es muy pegajosa o no. Me pregunto muchas cosas de esas que la pereza hace que uno no busque ni las respuestas. La pereza por un lado, y lo innecesario de malgastar neuronas en esa dirección por otro. Sé de sobras que cuantas más luces iluminan un objeto más sombras generan. Siempre ha sido una imagen muy gráfica tatuada en mi cerebro. Una imagen que Los Piratas definieron muy bien con su encender la luz para ver las sombras de Fecha Caducada.

Don Diablo sigue sobrevolando el Infierno

Otra defunción. Otra resurrección. Otro picadillo de mi alma desparramado por un escenario de tablones resbaladizos a causa del sudor y la cerveza. Otro vacíarme por dentro para volver a llenarme al completo. Otro reciclaje de mí. Otro dolor. Otro concierto.

Empezó mal la cosa. Todo muy profesional. Todo muy controlado. Pretensiones de grabar el concierto en audio. Y en video. Y todo debía regirse por los parámetros que más odiamos. No somos músicos. Ni queremos serlo. Y ampararnos en esos patrones profesionales se convierte en una jaula de barrotes acústicos. Y no nos gusta estar encerrados. Nunca. Y nada sonaba como tenía que sonar. Y eso nos incomoda. Mucho. Demasiado. Ni la guitarra aúlla. Ni el bajo zumba. Y en la prueba de sonido ambos vomitaron su rabia en el escenario en el que yo me tenia que retorcer en escasos minutos. Cogí mi cerveza y me desentendí del problema. Es mi única forma de no contagiarme de malos humores ajenos. Juegan en mi contra.

Cena a base de bocadillo de chorizo y caña. Cena con The Capaces. Risas. Muchas risas. Mucha camaradería. Como pez en el agua. Como cubito en el whisky. Y después la llegada de todo el mundo. De mi mundo. De mis gentes. De mis muletas. De las cremalleras que blindan mi corazón.

Subimos al escenario. Yo sorprendentemente tranquilo. Muy calmado. Intentando las tensiones de la prueba de sonido se esfumasen. No era fácil. Cogí mi micro y me dediqué a los presentes. Que serían, calculo, un centenar y medio de ellos. Cantidad más que ideal para la sala. Bona Nit, somos La Pantorrilla de Irene Villa, y venimos de Alcorcón. Y empezó el repertorio.

Durante todo el concierto me sentí al cien por cien. Con mucha seguridad. Con la garganta funcionando a pleno rendimiento. Con todo de nuestra parte para volver a conmocionar a los asistentes. Y, por las palabras del post concierto, así fue. Por enésima vez. Tras la primera bajada, micro en mano, a liarla abajo ya me di cuenta que ese público no era el acostumbrado a ese tipo de excesos. Y al volver a subir al escenario pude contemplar que mi bajada había generado un enorme agujero en el público. Opté por desmelenarme sobre las tablas para que todo el mundo recuperase la tranquilidad. Cuando eso sucedió, volví a bajar. Por última vez esa noche.

Tras nuestro sudor, vino el de The Capaces. Inconmensurables. Como siempre. Una de las mejores bandas que me he tirado a la cara en mi vida. No entiendo como nadie les brinda el apoyo que merecen. Maldito país. Nunca lo entenderé...

Fin de fiesta en compañía de los míos. En compañía de los suyos. En compañía de otros a los que desconozco. Visitas para ingerir golosinas en backstage. Risas con Martillo. Y con Adicto. Y con Snfuer. Y con . Y con Mo. Y con Slauka. Y sentirme vivo. Más vivo que nunca. Poco me faltó la noche de ayer. Sólo Laü. Y Ultra. Y David. Y poco más.

Creo que me he enamorado de ti, 2mil7.


sábado, 3 de febrero de 2007

Adoquines...

Nada me hace más feliz que gozar de la flexibilidad necesaria para dibujar fines de semana en mi calendario a mi antojo. Pinto los días negros de rojo. Y los rojos de gris. Y así pasan los días. bajo mi estricta batuta.

Este último fin de semana, que empezó el jueves y acabó el viernes a altas horas de la madrugada ha sido una verdadera delicia.

El primer evento social del mismo fue un recorrido de Barcelona a Zaragoza en coche. Ya con mi iPod funcionando a pleno rendimiento. Cantando a gritos cientos de canciones. Engullendo cada kilómetro hasta que se me hinchó la papada como la de un hámster que come más de lo que precisa. Con los bolsillos llenos de gula. Como a mí más me gusta.

Llegar, ver y vencer. Perderme en un abrazo sin fin. Dejar de respirar durante un par de minutos a través de mis pulmones. Hacerlo con los de ella. Mucho más saludables que los míos. Y más dulces. Menos alquitranados y con ese aroma que desprenden mis amapolas (y sólo las mías). Todo bañado en ese rojo que sólo puedo ver yo. Son esos momentos en los que mi daltonismo deja de ser una tara visual para convertirse en una delicia impregnada de mis colores distorsionados. Borrosos, pero tan míos...

Y como ambos somos un poco gafapastas, aunque nos empeñemos en disimularlo a ojos externos, empezamos un día especial (de esos de ventisiete horas y media) almorzando unos bocadillos de autor. Y, de postre, una negativa del Sieso. Y un hotel nuevo. Sin [Magic]. Ni gel de baño. Pero con Petit Suisse. Y con mucho A-M-O-R. Más que suficiente para subsistir en ese mundo que pretende engullirnos y que es del todo incapaz de conseguirlo. Y, tras el A-M-O-R, la siesta.

Y unas cañas desperdigadas en una ciudad imantada que siempre te arrastra al mismo sitio. Por eso de los imanes hicimos la última en La Casa Magnética. De allí al hotel de nuevo. A ver La Casa De Tu Vida. A limpiar bien los restos de amargura en el espejo para ver bien su reflejo. A sumirnos en un estado de agustera cuasi indescriptible. Nadie lo podría definir mejor que Kike Babas: Hay que acariciar los vicios...

Al amanecer ducha. Y volver a comer pizza en Il Principale. Y un carajillo de Bayley's junto al Willie. Y un abrazo de los fuertes. De los que se te corta la respiración durante unos segundos. Los que tardas en hallar los pulmones del otro para poder respirar a través de ellos. Y un hasta pronto. Un hasta la semana que viene. Un te llevo dentro todo el rato. Y, enfrente, un lo sé. Y un yo también.

Deshacer el camino gritando canciones aleatorias. Regalitos sorpresa que me brinda mi iPod cuando estamos contentos. De Piratas a Discharge. De Gotam Project a Motörhead. De HHH a Björk.

lunes, 29 de enero de 2007

¿Qué te pasa, Power?

Hoy he ido a casa de Power. No le veía desde Reyes. Y tenía muchas ganas de él. Me dijo mi mamá que llevaba unos días un poco enfermito, y me he acercado con la intención de hacerle reír un rato.

He encontrado a Power bajo una manta. Estoy viendo Los Lunnis, me ha dicho. En la pantalla de su televisor estaban Los Goonies. ¿Qué sabrá él? Si tiene cuatro añitos sólo... Si realmente le interesase lo más mínimo lo que aparece en la pantalla estaría viendo otra cosa. No sé. ¿Reservoir Dogs? El caso es que tras las primeras risas y el principio del follón habitual entre los dos me ha dicho que está malito y que se tiene que portar bien. Le he dejado proseguir con su visionado en calma. La siguiente vez que le he visto deambular por la casa ha sido cabeza abajo por las escaleras que llevan al primer piso de su casa. Ahí le han gritado sus progenitores al unísono y ha vuelto a su habitación sin rechistar. Luego le he oído llorar desde abajo. He subido. Le he cogido en brazos. Y tenía la frente con una temperatura que no era ni medio normal. Fiebre. Medicamento con sabor a mandarina (o eso dice él) y vuelta a la cama.

Yo, tras soportar una chapa grandilocuente realcionada con mi futuro laboral (el mismo del que que no me gusta hablar demasiado) me he vuelto a mi casa. Le he dado un par de meneos a Fígaro antes de salir de su casa y he pisado el acelerador con ganas para llegar cuanto antes.

Ducha. Pijama. Coca-Cola con dos cubitos de hielo. Un Marlboro. Luego otro. Y he empezado la remezcla definitiva del cedé de Parroquianos. Tengo ganas de ir cerrando proyectos abiertos, que se me acumulan. Luego me liaré con el cedé de Colaboración Ciudadana. Luego vendrán los Sotovocces. Rematar algún guión que dejé a medias en su día. El proyecto de teatro con y Mo. Apuntarme a un gimnasio. Dejar de fumar. Aprender a ir en bici. Montar en globo. Lo de siempre, vamos. Seguir soñando.

Pero a estas horas poco puede hacer uno ya más que fumarse el último cigarro del día junto a Selene. Contarle mis confidencias hasta que se ruborice. Hablarle de ella. Luego meterme en la cama. Repasar una a una sus palabras. Cerrar los ojos. Cerrar los puños. Sentirla cerca. A mi lado. Sentir sus pies rozando los míos. Lo de siempre, vamos. Seguir soñando.

Antes de irme. La canción de hoy. Mis querídisimos Fantômas recreando el tema de Twin Peaks: Fire Walk With Me. Una auténtica delicia la voz aterciopelada de Mike Patton sumida en ese caos acústico que me transporta siempre lejos de aquí.

domingo, 28 de enero de 2007

Lonchas de Chorizo

Ayer fue jornada diabólica. Una más. Ayer tocaba descargar toda la ira en Viladecans. En el CSO Los Timbres. La velada empezó como suelen empezar todas las veladas de este tipo. Tres bandas. Trece personas en total. Ninguna batería en la sala. Y el consabido Ah! ¿Pero no la traíais vosotros?

Los organizadores se apremiaron en conseguir una batería y, tras la cena a base de embutidos y pà amb tomàquet, optamos por abrir nosotros mismos el recital. Por mi estado de salud más que nada...

Empiezo a tener la convicción de que cuando peor nos suena a nosotros cuatro, más lo disfruta la gente. Poco público, pero ojos como platos y bailoteos varios. Se portaron bien los chavales. Arriba, en el escenario, ambiente distendido y muy poco nerviosismo previo. Lo agradecí. Yo estaba para pocas ostias. Un par de revolcones. Otro par de empujones a desconocidos. Un garbeo por la sala micro en mano. Y un final de repertorio realmente demencial. No hay instante más dulce para mí que esos últimos estertores en la garganta. Ese tramo final de Los Lobos (Están Hambrientos) siempre me sabe a gloria. Tengo la certeza, aunque nunca lo haya visto con mis propios ojos, que en esos momentos abajo, la gente, tiene que estar gozando el show.

Tras el concierto empezó mi calvario. Si bien la garganta salió más que airosa del recital. No puedo decir lo mismo de mi cabeza. Salí de allí dentro con la cabeza a punto de estallar. Rozando la náusea. Las cervicales destrozadas. Sudor frío. Ganas de nada. Aproveché el momento en que me invitaron a golosinas para abandonar definitivamente la sala. Unos minutos de charla con El Señor X. Me monté en mi coche y puse rumbo a casa.

Iba a ochenta por la autopista y me parecía una temeridad. El sudor frío seguía recorriendo mi frente, incluso con la ventanilla bajada del todo. Cada vez más angustia. Más náuseas. Entre la salida número catorce y la trece de la Ronda de Dalt me vi obligado a detener mi vehículo. Warning. Arcén. El tiempo justo de dar la vuelta a mi coche por su parte posterior. Inclinar mi cuerpo hacia delante. Atrapar la melena con una mano. La otra apoyada en el capó. En dos empujes consecutivos saqué fuera de mi cuerpo toda la cena y todo el líquido engullido esa noche. Una cerveza, una Pepsi, un café con leche y casi un litro de agua. Vi salir volando desde mi boca las lonchas de chorizo de la cena como si fuesen shurikens. En ese momento pensé que debería hacer un esfuerzo por masticar más la comida. Engullo como un pavo. Siempre.

Tras el escupitajo de rigor que sucede a toda buena trallada, y habiéndome quedado como Dios, procedí a volver a entrar en mi coche. Fue justo en ese momento cuando vi al otro lado, en el sentido contrario de la Ronda, un sinfín de luces parpadeantes azules. Y más de cuarenta vehículos detenidos esperando para soplar en los tubitos de plástico de los agentes de Tráfico. Ignoro si me vieron, gracias a los arbustos que separan ambos sentidos. Si alguno me vio debió considerar que, tras esa potada, era de lerdos hacerme ningún control. Ya me encontrarían quinientos metros más adelante empotrado en algún túnel al más puro estilo Lady Di...

Llegada a casa. Limpieza bucal. Caí rendido bajo mi nórdico. O dejo de lado un poco el rocanrol, o empiezo a cuidarme un poquito. Creo que optaré por lo segundo.

sábado, 27 de enero de 2007

Espera, espera... Ya verás...

El día de hoy ha sido el primero de los que me he aventurado a salir a la calle desde el affaire de las anginas. Y puedo constatar que en mi barrio hace un frío que no es ni medio normal de buena mañana. He pensado que, un día de éstos, me levantaré a las siete como cuando curraba. Bajaré a la parada del autobús a reunirme con la gente de siempre. Con las mismas caras y las mismas solapas de chaqueta elevadas hasta las orejas. Me plantaré allí con las dos manos en mis mofletes, moviendo la cabeza levemenete de un lado al otro. Con mirada incrédula. Y cuando todos me miren les diré: ¿Qué hacemos? ¿Vamos a tomar un café o nos volvemos a la cama?

Eso lo haré un martes, que siempre fue mi peor día de la semana. Porque aún tienes toda la semana laboral por delante y todavía es martes. Sin embargo siempre adoré los lunes. Porque el lunes, tened ésto en cuenta, queda una semana justa para que sea lunes. Es una bendición del calendario como otra cualquiera.

Hoy he tenido que ir a Tráfico. Resulta que el sábado pasado un Guardia Urbano tuvo a bien requisar mi carné de conducir. Está caducado, ¿lo sabe? me dijo. Cómo no lo voy a saber, si es mío. El caso es que se lo quedó. Y no contento con eso me amenazó con inmovilizar mi coche. Mi Willie. No le dije nada por no liarla del todo. Pero pensé que eso no parece muy legal. No al menos habiendo en el interior del vehículo más ocupantes que pueden, todos ellos, tener el carné en vigor. Y como mi coche es mío se lo dejo a quien me sale de lo djembes. Pero supongo así se sentía más fornido y varonil, aquí, el Pitufo. Normal, se ha acabado la tregua y vuelven a estar con el asterisco posterior más tenso de lo habitual.

Tráfico es un sitio fenomenal de esos en los que te hacen esperar en muchas colas diferentes para hacer los mismos trámites una y otra vez. He empezado por el reconocimiento médico. Me apasionan. ¿Toma usted alcohol? ¿Consume usted drogas? He respondido con la misma cara que pongo cuando me ponen los auriculares y me dicen levante usted la mano por el lado que oiga el sonido. Le ha tenido que dar volumen al trasto porque yo permanecía ingrávido en mi sordera. Al salir me ha preguntado si trabajaba con maquinaria de alto volumen. He respondido con tan sólo tres palabras: Rock And Roll. La chica ha sonreído y he aprovechado para decirle que me he puesto los auriculares al revés. La letra L en la derecha y la R en la izquierda. Dice que no, que allí los ponen siempre así. Pues bueno. Pues vale. Pues me alegro.

Con el carné provisional que me impide viajar al extranjero, pero que aún así me iré a Zaragoza un día de éstos y si me paran que les den por el orto, en el bolsillo he ido con Mò a un bar de lingote de plata a tomarnos una Moritz. Nos han regalado una botella de Fritz-Kola. Una delicia de refresco, os lo recomiendo. Allí el camarero nos ha contado sus aventuras en Hamburgo y como llegó a Barcelona a bordo de un autocar en el que, efectivamente, rezaba un letrero con el nombre de Ciudad Monstruo. Todo un personaje. Volveré un día de éstos a charlar con él un rato. Me gusta mucho la gente como él. Y me ha prometido me guardará otra Fritz-Kola.

Por la tarde han vuelto a agarrar mi mano con fuerza. Todo el rato. A éste respecto ya no sé ni que escribir. Es todo tan especial que luzco una sonrisa con forma de plátano todo el día en mi boca. Me duermo cada noche con esa sonrisa. Y me despierto de igual forma. Es una de esas ironías que me apasionan tanto. Es la certeza de saber que vivo un sueño antes, durante y después del ratito de sábanas.

Y mañana concierto de [el.devil] en Viladecans. Tengo ganas de mañana. Tengo muchas ganas de berrear como un licántropo a mi luna de color rojo. Espero la garganta se comporte. Eso ya casi mejor os lo cuento mañana. De momento, antes de irme a dormir, voy a engullir la última canción del día. Hoy Espectáculo, de Iván Ferreiro.

jueves, 25 de enero de 2007

The Wolf Is Loose

Casi lo olvido... Hoy el Baobab precisa sustentarse sobre sus raíces. Hoy toca dormirse entre redobles y acordes demoníacos. Hoy toca Mastodon. Hoy, The Wolf Is Loose. Permitan me deleite en mi propio regazo. Delicioso...

Ósculo Oscilante

Hoy me ha venido a la cabeza un fogonazo. Un movimiento de caderas de llamas de chimenea. Una sombra de mi cuerpo que se alarga y se retuerce al ritmo del crepitar de la leña. Un inmenso calor.

No me quito de encima estas malditas anginas. Si no fuese tan cobarde me metería por la boca una maquinita de esas de hacer bolas de helado y me las extirparía yo mismo. Lo que los sajones llaman DIY (Do It Yourself). Al menos hoy ya he podido tragar saliva sin tener que apretar los puños de dolor.

Espero que cuando vuelva a pisar la calle, mi 2mil7 me esté esperando en el portal con los brazos abiertos. Justo donde lo dejé. Apretando mi mano con fuerza. Como jamás antes la agarró nadie en esta vida. Hasta que se me amoraten los nudillos. Todo el rato. Seguro que sí. No puede ser de ninguna otra forma.

Este fin de semana me asomaré a mi cajero automático y, si lo veo factible, me homenajearé a mí mismo en Los Asadores. Estoy de sopas y consomés hasta los mismísimos. Llevo media semana alimentándome con pajita. Que dicho así parece una muy buena opción, si, lo sé. Pero son pajitas de las otras. De las que te ponen en los bares de gafapastas barceloneses. Los mismos bares en los que las cervezas no las tiran, te las ponen, para que no se malgaste ni una gota de ese líquido elemento.

Hoy también la he visto bailar. Todo el rato. Ora cerca, ora lejos. Ora en mi regazo, ora diminuta en el horizonte. Y me encanta verla bailar. Me encanta imaginar su ceño fruncido corriendo por todas las opciones del abanico. Intentando buscar una explicación racional a todo. Incluso a lo que no tiene explicación, ni falta que le hace. Y así pasa todo el día. Todo el rato. Y puede que yo no esté para muchos bailes desde el día en que se fue de mi lado. Pero bailaré con ella. Tanto como haga falta. Todo el rato. Porque ella, no me cabe la menor duda, lo vale.

¿Y mañana? Pues no lo sé. Puede que esta noche me bese un ángel y mañana amanezca pletórico. O puede que engulla otra taza de consomé del que me hace mi mamá. No lo sé. Ni me importa demasiado ahora mismo. Sea como sea cerraré los ojos. Apretaré los puños. Arrugaré mis pies como lo haría ella. Y volveré a ensimismarme con su baile. ¿Hasta cuándo? Esa es la más fácil de todas las preguntas. Si. Lo haré todo el rato.

jueves, 18 de enero de 2007

[Magic] II

Un portal desconocido. Unas risas conocidas. Un pasillo desconocido. Unas risas conocidas. Una oscuridad desconocida. Unas risas conocidas. Y una música familiar. Y una iluminación familiar. Y un viejo que no lo es tanto. Y un bajista más que alto. Y un trocito de mi alma justo a mi lado. Y un licántropo, por el suelo, endemoniado. Y fuera, al otro lado, no a ese otro sino a mi otro lado, dos trocitos de alma sonriendo, abrazando. Cada una de ellas, con su varita en su mano. Unas risas conocidas.

Alguien ha pulsado un botón. Alguien tuvo que hacer algo. Alguien, algún ángel de la guarda o alguna hada madrina, ha apostado por mí en su casino. Alguien se tomó en serio mis burlas al calendario. Y lo rompió en mil pedazos. Y ese alguien se empeña, por activa y por pasiva, en tenderme sus brazos.

Y no soy de esas personas que dejan pasar la oportunidad de ser feliz. Me suelo agarrar a esos tablones de magia como lo haría un náufrago en su naufragio. Como lo haría un suicida al tendedero del primero segunda. Como lo haría una beata a su escapulario. Con la misma fuerza con la que ella coge mi mano.

Ya no sé si dar las gracias, o si no perder más tiempo y seguir caminando. Ya no sé si esta sonrisa que me ensalivé hace vente días tiene fecha de caducidad. Seguro la tiene. Seguro que sí. Pero también sé que mi bolsillo izquierdo está repleto de ellas. Creo que alguna de esas hadas se ha hecho una copia de mis llaves y, mientras duermo, rellena ese bolsillo una y otra vez. Puede que hasta me tape hasta el cuello. Puede que hasta bese mi mejilla en mitad de la noche.

Y yo cada vez duermo menos. Cada vez menos vueltas de la manecilla del reloj que no tengo. Porque no quiero perderme nada. Quiero tener los dos ojos bien abiertos. Quiero empaparme de todo lo bueno. De todos los colores que no veo. De mi saquito de grises.

Gracias a todos/as por todo. Gracias Mo. Gracias Mò. Mil gracias. Os quiero.